Yo opino
Créditos: El Mostrador.
Cuando “comer sano” se convierte en la enfermedad
Hay frases que escucho cada vez más seguido en consulta: “Empecé a cuidarme. Dejé el azúcar, el gluten, los procesados. Entreno todos los días. Como sano”. La persona que lo dice no viene buscando ayuda por eso. Llega por ansiedad, aislamiento o un cansancio que no cede. Pero cuando revisamos cómo se fue instalando ese malestar, muchas veces aparece el mismo antecedente: una decisión que, en apariencia, buscaba ser saludable.
Esto no es una paradoja. Es una de las formas más invisibles y preocupantes en que hoy están apareciendo los trastornos de la conducta alimentaria.
Durante años, nuestra comprensión de los TCA estuvo marcada por imágenes muy definidas sobre cómo se ven y quiénes los padecen. Sin embargo, hoy estamos observando otra puerta de entrada: la búsqueda de una alimentación “perfecta”, validada por el entorno y amplificada por las redes sociales. Una conducta que no parece enfermedad. Muchas veces se confunde con disciplina, fuerza de voluntad o autocuidado.
El problema no es querer alimentarse mejor. El problema aparece cuando esa búsqueda deja de ser una elección y se transforma en una obligación; cuando el “prefiero” pasa a ser un “tengo que”. Cuando comer algo considerado “prohibido” genera una culpa que dura todo el día, cuando una aplicación para contar calorías tiene más peso que las señales de hambre y saciedad, o cuando descansar produce más angustia que entrenar lesionado.
La evidencia es clara: realizar dietas restrictivas que derivan en una baja de peso, especialmente cuando esa pérdida es celebrada por el entorno, puede aumentar hasta dieciocho veces el riesgo de desarrollar un trastorno alimentario en personas vulnerables. Y, aun así, vivimos en una cultura que suele premiar exactamente esas conductas.
Una de las mayores dificultades para detectar estos cuadros es que el lenguaje del daño se parece mucho al lenguaje del cuidado. Hablamos de salud, bienestar y hábitos. Las redes sociales profundizan esta lógica al normalizar la eliminación de grupos completos de alimentos sin indicación médica y presentar cuerpos extremadamente delgados como el resultado esperable de “hábitos saludables”.
Mientras más rígida es la conducta, más se interpreta como compromiso. Mientras más restrictiva es la alimentación, más elogios recibe. Pero cuando la comida empieza a organizar la vida cotidiana, a limitar espacios sociales o a imponerse por sobre las necesidades del propio cuerpo, ya no estamos hablando de bienestar.
Cuidarse es importante. Pero el autocuidado no debiera traducirse en rigidez, culpa o aislamiento. Hablar de salud también es hablar de equilibrio, flexibilidad y bienestar integral. Y mientras antes logremos reconocer cuándo ese equilibrio se pierde, mayores serán las posibilidades de intervenir y acompañar adecuadamente.
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