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Mes del orgullo, familias y personas LGBTI+ Yo opino Créditos: El Mostrador.

Mes del orgullo, familias y personas LGBTI+

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Pablo Astudillo Lizama
Por : Pablo Astudillo Lizama Académico Facultad de Educación de la Universidad Alberto Hurtado y Presidente del Directrorio de Fundación Todo Mejora.
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¿Es verdad que el lobby gay quiere destruir la familia? No. Al contrario, más bien trata de promover familias que se muestren orgullosas de sus integrantes LGBTI+. También en Chile.

Más allá de cualquier diferencia cultural, religiosa o política, la gran mayoría de los individuos en nuestro país comparten un mismo deseo: que su vida familiar garantice salud, seguridad y felicidad. Pese a ello, para muchas personas que se identifican como parte de la comunidad LGBTI+, experimentar dicho bienestar sigue siendo un anhelo.

Tal como lo demuestra la publicación It would be a problem for the family’: queerness, family honour and familism in Chile (Ramm et al., 2024), en el caso de nuestro país persiste cierta ambigüedad al convivir con alguien que rompe con las normas tradicionales de género y sexualidad. Aun cuando existe cierta voluntad de no rechazar y excluirle de la familia, permanece la idea de que esa aceptación debe ser discreta, vigilada y consciente de los eventuales problemas que la visibilidad LGBTI+ puede causar en el entorno familiar.

Frases como “cuidado con tu tío homofóbico”, “no le digas a la abuela que se muere”, “piensa en tus sobrinos que no están preparados” o “no es necesario que se hagan cariño delante de los demás”, pueden parecer anecdóticas, pero representan muy bien una idiosincrasia que privilegia un supuesto equilibrio de la familia y traslada la responsabilidad al individuo LGBTI+. En el proceso de algún modo quedan desprotegidos quienes enfrentan una sociedad donde persisten formas de discriminación y exclusión debido al género y la sexualidad. Y esto tiene consecuencias concretas: de acuerdo con datos de la Fundación Todo Mejora con base a la Encuesta Nacional de Salud, Sexualidad y Género 2022-2023, 26,5% de entre ellas experimenta sintomatología depresiva contra un 15% del resto de la población.

¿Es legítimo entonces pedirle a la persona que más incomprensión social enfrenta que comprenda los supuestos límites de su familia? ¿No debería ser al revés?, ¿que quien está más protegido, proteja a quien lo necesita? ¿Qué se sienta orgullosa de aquel como también de sus demás integrantes?

Quizás, para ofrecer una buena respuesta a esta última pregunta, es necesario comprender que el problema no es solo cultural o actitudinal, sino también educativo. Que, ante la falta de información, de redes y de conocimiento de experiencias positivas, las familias necesitan educarse. Y no con una regla moral que dicte qué es lo que hay que hacer o decir. Más bien, es necesario mirar más allá de lo que se ha aprendido, saber que no todo se entiende de inmediato, pero también comprender que la educación comienza por escuchar sin prejuicios y reflexionar sobre las propias prácticas. El duelo, la incomprensión, el no saber qué hacer, no pueden transformarse en rechazo o indiferencia, porque nada más dañino que el silencio para lograr el bienestar familiar, especialmente si esto afecta a niños, niñas y adolescentes. 

Las familias no existen desancladas de un entorno social que se extiende entre comunidades, organizaciones sociales, instituciones académicas, aparatos del Estado y tantos más, incluidas las organizaciones LGBTI+. Por ese mismo motivo, en este Mes del Orgullo es importante recordar al menos tres cosas: que las familias se necesitan también entre sí, que su misión de proteger y educar no se resuelve con fórmulas estrechas y que las familias van también cambiando conforme cambian las vidas de quienes la integran.

Se necesitan más familias, no menos. Y, sobre todo, familias se eduquen, dialoguen y se sientan orgullosas de enfrentar el desafío que tienen entre sus manos: reconocer que el anhelo de felicidad familiar se consigue cuando no se deja a nadie detrás.

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.
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