Yo opino
Créditos: AGENCIA UNO.
La trastienda del debate sobre el aborto
Si la sociedad actual fuera una obra de teatro, la trama comenzaría con mujeres que deben escuchar los latidos del corazón del embrión antes de interrumpir su embarazo. En escena aparecerían personajes que aluden a la religión, la medicina y las leyes. Sin embargo, lo que realmente está en juego es una pregunta mucho más profunda: ¿cuál es el lugar que la sociedad asigna a las mujeres y quién decide sobre su cuerpo?
En la sociedad existen distintas formas de subordinación de las mujeres. Algunas son evidentes y brutales; otras, más sutiles, incluso revestidas de protección o reconocimiento. En todos los casos, se sostiene una misma lógica: la de reducir a las mujeres a un objeto y —en sus formas más extremas—, a la deshumanización; es decir, a dejar de reconocerlas como sujetos.
Durante siglos ha estado presente la creencia de que las mujeres son seres guiados por la emoción más que por la razón. Por eso, el proyecto de que las mujeres deban escuchar el corazón antes de decidir si interrumpir su embarazo, pareciera apelar a la emoción y la intuición, más que a la razón. Otra muestra de esta trama, en otros países, es que haya revivido la antigua discusión acerca de si las mujeres debían tener derecho a voto, bajo el argumento de que no contaban con el criterio o la racionalidad suficiente para tomar esa decisión.
Desde distintas perspectivas, Aristóteles, Kant y Schopenhauer, entre muchos otros, contribuyeron a consolidar una visión que justificó la exclusión de las mujeres de la vida política y la subordinación de sus decisiones. Aunque hoy esas afirmaciones resultan difíciles de sostener de manera explícita, si estuviéramos en un teatro podríamos decir que siguen presentes en la trastienda. Aparecen cuando se cuestiona la capacidad de las mujeres para decidir autónomamente sobre sus propios cuerpos o, como ocurrió durante siglos, para ejercer derechos políticos tan básicos como el voto.
El escenario cambia, la trama parece otra, pero la trastienda no. Detrás del telón permanecen las mismas estructuras, las mismas creencias y los mismos actores de siempre, quienes continúan detentando el poder.
Por eso, entre otras cosas, es tan polémico hablar del aborto, porque la discusión toca la esencia de la visión que una sociedad tiene sobre el rol y la función de la mujer y, por supuesto, sobre su cuerpo. Cuando el destino de la mujer es procrear y su identidad queda fijada a la maternidad, quienes sostienen discursos machistas se sienten amenazados por ideas distintas y riesgosas. Estas ideas se relacionan con los derechos sexuales y reproductivos de las mujeres, con el hecho de que su cuerpo les pertenece. Si es así, se las puede controlar menos. Si la maternidad deja de ser un destino impuesto, se cuestiona una concepción histórica que definió la identidad de las mujeres a partir de su capacidad reproductiva. Todo el orden se derrumba.
Por eso, una y otra vez, aparece la reflexión acerca del aborto como un eje fundamental. Parece ser el mismo escenario de hace siglos. No estamos discutiendo un proyecto de ley, estamos discutiendo quién escribe la obra, quién dirige la escena y quién decide el destino de sus protagonistas. Mientras esa pregunta siga teniendo la misma respuesta, el escenario podrá cambiar, pero la trastienda seguirá siendo la misma. Y, mientras tanto, el corazón del patriarcado sigue latiendo, cada día con más fuerza.
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