Yo opino
Créditos: El Mostrador.
Mina
En Chile, mina puede ser un yacimiento minero o una mujer. Las dos palabras no necesariamente comparten origen, pero evocan una misma forma de mirar el mundo: valen porque son atractivas y se les puede extraer algo, son explotables. Las casualidades no existen, tampoco las lingüísticas, esto es más una metáfora cultural.
Nos repiten hasta el agotamiento que somos un país minero, no un país glaciar, ni un país de mares y desiertos. Minero y eso nos marca como si fuera destino. Mientras tanto, se instala un relato de destrucción: a ríos, salares, bosques, montañas, playas, humedales y cualquier lugar deseable se le llama recurso natural. Esa acepción en el lenguaje hace un trabajo terrorífico: la naturaleza deja de ser una comunidad de la que formamos parte y pasa a ser una bodega de materias primas.
Las palabras importan. No llamamos recurso a una hija, a un amigo o al aire que respiramos. Sin embargo, nombramos recursos naturales precisamente a aquello sin lo cual ninguna economía, ninguna sociedad y ninguna vida serían posibles.
Durante décadas se nos vendió que el crecimiento sería infinito. Pero la geología y otras disciplinas terminaron imponiendo límites que la economía prefería negar: los minerales son cada vez más difíciles de extraer. En especial el cobre, requiere yacimientos cada vez más profundos y el procesamiento utiliza más agua y energía. Hasta los antiguos relaves —que hasta hace poco se consideraban desechos y una amenaza constante a las comunidades— hoy son codiciados porque aún contienen minerales que se pueden extraer.
El sistema hegemónico siempre necesita más: crecer, extraer, producir, siempre más, sin importar el costo. Esa lógica no es solo de la megaminería, es parte de una cultura extractivista. Extraemos minerales de las montañas, agua de las cuencas, peces del mar y madera de los bosques. Pero también extraemos tiempo de las personas, datos de nuestra vida cotidiana y productividad de cuerpos que deben rendir hasta el agotamiento. No olvidemos que, durante siglos, se ha tomado como base del crecimiento el trabajo no remunerado de las mujeres para criar, cuidar, alimentar y sostener vínculos.
Pero la Tierra ya no resiste esa ambición sin límite y las consecuencias del cambio climático, la pérdida de biodiversidad y los altos niveles de diversas contaminaciones, los padecemos a diario. En este contexto, es difícil de comprender que ante la pregunta de cuáles son los temas a los que el gobierno debe dedicar mayor esfuerzo, medioambiente y derechos humanos sean los que ocupan los últimos lugares, según la encuesta CEP de abril-mayo 2026.
Resulta paradójico que justo en este tiempo en que conceptos como sostenibilidad, transición ecológica y desarrollo verde se repiten hasta el cansancio, se aprueban con holgura proyectos que profundizan el mismo modelo extractivo. La misma Megarreforma, que se presenta como una respuesta a la urgencia de crecer y destrabar inversiones, lo hace reduciendo los imprescindibles resguardos socioambientales.
Es falso el dilema de proteger la naturaleza o desarrollarnos. Ninguna sociedad prospera destruyendo las condiciones que hacen posible su propia existencia. Por lo tanto, la única pregunta no es cuánto más vamos a crecer o cuánto más somos capaces de extraer, sino cómo, cuándo, para qué lo haremos, de manera que esas decisiones cuiden la vida.
Quizás por eso la doble acepción de mina resulta tan inquietantemente negativa. Refleja un imaginario que persiste: uno que valora montañas, ríos, cuerpos y mujeres principalmente por aquello que pueden entregar, no por lo que son.
Afortunadamente, los cambios no piden permiso y comienzan con gestos pequeños que se expanden como el micelio. Hace unos días, un grupo de niños y niñas de Mejillones descubrió a una colibrí anidando en un aro de básquetbol. En lugar de mover el nido para continuar con las actividades, se cerró la cancha durante sesenta días para protegerla. Esa decisión nos muestra que la esperanza empieza cuando cambiamos la pregunta de cuánto podemos sacar del mundo y comenzamos a actuar en conjunto para saber qué necesita de nosotros para seguir vivo.
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