Yo opino
Créditos: El Mostrador.
Habitarme para gestar: Mi maternidad neurodivergente frente al sistema de salud
Gestando entre el TEA y el TDAH, relato cómo el entorno hospitalario y la incomprensión sensorial pueden transformar el momento más especial de la vida en una experiencia traumática.
Llevo semanas intentando explicarle a mi entorno que se siente gestar siendo autista y teniendo TDAH. La respuesta corta es que se siente como intentar sintonizar la radio en medio de un huracán. Mi cuerpo cambia cada día a una velocidad que a mi cerebro le cuesta procesar, mientras mis sentidos captan absolutamente todo con una intensidad multiplicada por mil. Personalmente en mi embarazo me ha costado acostumbrarme a las innumerables citas médicas, y al principio me costó acostumbrarme a los movimientos fetales que mi bebe hacia dentro de mi.
Sin embargo, no es el embarazo en sí lo que me abruma; es lo que me espera al cruzar las puertas a la sala de parto.
Cuando convives con la neurodivergencia, la previsibilidad no es un capricho ni un privilegio: es la estructura básica que nos sostiene para no desregularnos. Y el sistema de salud parece estar diseñado meticulosamente en nuestra contra. Las luces neón que encandilan, monitores con pitidos continuos, puertas que se abren sin previo aviso y diversos profesionales como médicos o matronas tocando mi cuerpo numerosas veces.
Para un cerebro neurotípico, esto puede ser un entorno simplemente molesto o incómodo. Para mí, es una receta directa al colapso sensorial (meltdown) o a la disociación (shutdown).
Ahí radica una de las formas más invisibles y crueles de la violencia obstétrica. Ocurre cuando mi parálisis sensorial ante el dolor o la sobreestimulación es leída por el personal de salud como “exageración”, “falta de voluntad”, “rebeldía” o un simple “no querer cooperar”. Ocurre cuando el miedo y la sobrecarga me invalida la capacidad de hablar, y la respuesta médica es la prisa, el juicio o la frialdad. Cuando tuve que ser hospitalizada por Síndrome de Parto Prematuro a mis 32 semanas de embarazo, tuve que tolerar que una variedad de médicos y matrones me realizaran tacto para ver si dilataba, y aparte de doloroso, era incómodo, al mencionar mi Condición del Espectro Autista, fue peor, como si por el hecho de ser gestante, debía olvidar mi condición y aguantar los malos tratos de ellos. A raíz de eso tuve un colapso sensorial y una disociación hacia el personal de salud, lo que llevó a que tuviera que solicitar el alta voluntaria ya que me hacían sentir incómoda y fuera de sí.
No pido privilegios ni un trato preferencial; pido respeto por la forma que mi mente ve el mundo. Necesito que me miren a los ojos, que me expliquen cada paso con palabras simples antes de tocarme o realizarme cualquier procedimiento, y sobre todo que respeten mi tiempo para procesar las decisiones sobre mi propio cuerpo.
Gestos tan sencillos como estos son la frontera entre atravesar un parto seguro y respetado o cargar con un parto traumático toda mi vida. La salud gineco-obstétrica no puede seguir ignorando a las mentes que funcionan distinto. Merecemos parir en paz, conectando con nuestro cuerpo, tomando nuestras decisiones y sobre todo, merecemos que nuestra neurodivergencia sea respetada.
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