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Anatomía de un buen amor Yo opino Créditos: El Mostrador.

Anatomía de un buen amor

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Sabemos reconocer red flags, ghosting y vínculos que hacen daño. Pero hablamos bastante menos de algo aparentemente más sencillo y, quizás, mucho más difícil de describir: qué hace que un amor sea bueno.


El Mostrador Fuente Preferida

Llega la primavera, empiezan a alargarse los días y hasta quienes llevan meses explicando que están demasiado bien solos desarrollan una curiosidad sospechosamente darwiniana por el prójimo. Y salimos a buscar armados con un vocabulario que hace unos años no teníamos: red flags, ghosting, love bombing, breadcrumbing, gaslighting y unas cuantas palabras más que probablemente obligarían a nuestros abuelos a pedir traducción antes de poder contarnos qué hacían ellos cuando todavía ninguna de esas cosas tenía nombre en inglés. Llama la atención la rapidez con que nos familiarizamos con todo aquello de lo que deberíamos arrancar apenas aparezca. Una demora en WhatsApp puede encender las alarmas, demasiada intensidad al comienzo nos hace levantar una ceja y una expareja excesivamente presente amerita, como mínimo, una pequeña investigación privada.

Algo de todo esto ha sido necesario. Poner nombre a ciertas experiencias permite reconocer conductas que durante mucho tiempo se confundieron con formas inevitables de amar: controlar, humillar, desaparecer sin explicación, manipular, castigar con silencio. El problema aparece cuando sabemos describir con precisión casi forense aquello que no queremos, pero nos cuesta mucho más explicar qué estamos buscando cuando no estamos huyendo.

Porque del buen amor hablamos menos. Y cuando lo hacemos, solemos recurrir a fórmulas algo pobres para algo tan complejo: “me da paz”, “me deja ser”, “no me hace dudar”. Todo eso puede formar parte de una buena relación, pero no alcanza para describirla. Un vínculo importante también puede inquietarnos, frustrarnos, hacernos sentir rabia o miedo. Amar a alguien no garantiza una vida emocional perfectamente regulada. A veces hace exactamente lo contrario.

Después de cuestionar, con razón, modelos de pareja donde amar significaba fusionarse, perder autonomía o convertir al otro en el centro absoluto de la vida, pareciera que nos fuimos al extremo contrario: necesitar empezó a parecer un síntoma. Queremos vínculos profundos, pero sin depender demasiado; intimidad, pero sin perder libertad; permanencia, siempre que exista una salida de emergencia convenientemente señalizada. Nos gusta imaginar que dos personas completamente autosuficientes se eligen cada mañana desde la más absoluta libertad. Suena muy sano. También puede ser agotador, porque obliga a demostrar constantemente que uno podría irse sin que le pase demasiado. Y eso no solo desgasta a quien intenta mostrarse invulnerable: también puede dejar al otro sin saber cuánto importa, cuánto puede apoyarse o cuánto espacio tiene para necesitar sin sentirse una carga.

Por más vocabulario que hayamos adquirido para detectar peligros, seguimos buscando algo que cuesta mucho más definir. ¿Qué hace bueno a un amor? Probablemente no que nunca nos haga sufrir. Eso dejaría fuera casi todos los vínculos importantes de nuestra vida. Tampoco que nos complete, porque pedirle a otra persona que venga a llenar todo aquello que nos falta es una tarea injusta para cualquiera.

Existen vínculos que, en vez de reducir nuestro mundo, nos lo devuelven. Después de pérdidas, humillaciones o experiencias difíciles, una relación puede ofrecer una forma distinta de estar con otro: volver a confiar, arriesgarse un poco más, depender sin sentir que eso nos vuelve débiles. El amor no borra las heridas ni reescribe mágicamente el pasado, pero a veces ofrece algo mucho más importante: una experiencia distinta desde la cual continuar la propia historia.

Un buen vínculo deja espacio para amigos, intereses, proyectos y una vida propia, pero también para esa experiencia profundamente humana de saber que hay alguien a quien queremos contarle primero una buena noticia, alguien cuya presencia importa y cuya ausencia se nota. Ahí está una de las paradojas del amor: sentirse suficientemente seguro con alguien como para poder alejarse, y suficientemente unido como para tener ganas de volver.

El problema es que enamorarse al principio suele ser la parte fácil. Cada uno completa los espacios vacíos con material bastante conveniente: proyectamos cualidades, anticipamos compatibilidades y suponemos que ciertos detalles encantadores seguirán pareciéndonos encantadores cuando lleven siete años ocurriendo. El amor más difícil comienza después, cuando aparece la persona completa: sus limitaciones, sus contradicciones, sus zonas egoístas, sus hábitos irritantes y aquello que, sencillamente, nunca va a poder darnos. Y también aparece algo todavía más incómodo: nosotros dejamos de ser la versión estupenda que mostramos durante los primeros meses.

Un amor maduro no es aquel en que nunca nos enojamos ni nos decepcionamos. Es aquel en que esas experiencias no borran todo lo demás. Podemos estar furiosos con alguien y seguir sabiendo que lo queremos; sentirnos decepcionados sin convertirlo de inmediato en una mala persona; necesitar distancia sin concluir que la relación está condenada. Eso no significa aguantar cualquier cosa. Hay conductas frente a las cuales irse es precisamente lo más saludable. Pero entre tolerarlo todo y convertir cada decepción en una red flag existe una zona enorme donde viven las relaciones reales.

Un buen amor se reconoce ahí: cuando podemos descubrir defectos sin sentir que fuimos engañados por completo; discutir sin convertir cada desacuerdo en amenaza de ruptura; pedir algo sin vivir la necesidad como humillación; escuchar un no sin interpretarlo siempre como rechazo; conservar una vida propia sin utilizar la independencia como barricada. Y también cuando hay lugar para el deseo, sabiendo que no permanece idéntico a lo largo de una historia y que también necesita ser cuidado.

Una relación profunda también necesita reparación, y reparar es bastante más que pedir perdón para terminar una discusión. Supone poder reconocer que algo que hicimos hirió al otro sin apresurarnos a explicar por qué teníamos razón, escuchar qué produjo nuestra conducta, hacernos cargo de nuestra parte y cambiar algo cuando corresponde. La confianza no siempre vuelve porque alguien diga “perdón”; muchas veces vuelve porque después de ese perdón empieza a ocurrir algo distinto. Dos personas que pasan suficiente tiempo juntas inevitablemente van a equivocarse, decir cosas mal, llegar tarde emocionalmente, olvidar algo importante, herir sin querer y alguna vez también queriendo un poco. El amor no está en evitar para siempre esas escenas, sino en lo que ocurre después: en poder volver a mirarse sin llevar un archivo histórico de todos los delitos cometidos desde 2014, pero tampoco fingiendo que nada pasó.

Por eso el buen amor resulta más difícil de explicar que el malo. Lo dañino suele ofrecer señales claras y nombres que caben bastante bien en una publicación de diez diapositivas. Lo bueno tiene menos espectáculo. Nos hemos vuelto buenos aprendiendo de qué escapar; tal vez nos falta aprender a reconocer aquello por lo que vale la pena quedarse. Un buen amor no nos vuelve autosuficientes ni elimina la necesidad del otro. Hace algo menos grandioso y quizá más difícil: permite necesitar a alguien, conocer sus imperfecciones, dejar que conozca las nuestras y, aun así, seguir teniendo ganas de encontrarse.

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.
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