CULTURA|OPINIÓN
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La potencia sin fin del cine de Patricio Guzmán
Quizá siempre se trató, en el cine de Patricio Guzmán, de construir, frente a la nada, una memoria capaz de volver presentes las ausencias, de darle una forma a lo que él llamaba “el álbum familiar” de un país, una nación.
Cuando “Mediapart”, medio independiente francés, me entrevistó para rendir homenaje a Patricio Guzmán, me encontraba aún sumergida en esa tristeza que cada 11 de septiembre nos habita. El pasado no pasa. Se vuelve a sentir la realidad brutal del golpe cívico-militar que aplastó la experiencia luminosa de los mil días de Salvador Allende. En ese contexto se realizó la conversación con el periodista cuyo contenido inspira esta columna.
El Antaño y el Ahora. El presidente de Chile, José Antonio Kast, heredero de la dictadura de Augusto Pinochet, opta por guardar silencio sobre el 11 de septiembre. Pero la muerte de Patricio Guzmán despierta una memoria que José Antonio Kast quisiera enterrar.
Su obra es más fuerte que el mutismo y las censuras que quisieran ocultarla. Su muerte actúa como un último saludo que trae un mensaje: la memoria siempre acaba imponiéndose al olvido. Si los muertos, como escribía John Berger, nunca permanecen donde los enterramos, la noticia del fallecimiento de Patricio saca a relucir una obra más viva que nunca. Su cine irrumpe: abre una brecha por la que nos llegan esas imágenes y esos sonidos, ese archivo sensible de la historia de Chile. Recordamos, volvemos a ver sus películas y el pasado se pone a circular libremente por nuestro sombrío presente. Como un soplo de vida, reaviva la esperanza. Pero su muerte –y el momento en que se produce– también nos recuerda que la democracia chilena se equivocó en ceder en el terreno de la batalla de los relatos al no otorgar al trabajo de Patricio, ni al de otros cineastas, el lugar que se merecía. Al no difundir más sus obras como herramientas de transmisión y enseñanza de la verdadera historia del pueblo chileno.
Su gran película, La batalla de Chile, que filmó entre 1972 y 1973, y cuya edición terminó cuando tuvo que exiliarse, solo fue proyectada por primera vez en una sala de cine en Santiago en 1997. Ello sucedió en el marco de FIDOCS, el festival de cine documental que él mismo creó para que, por fin, nuestro cine pudiera verse en Chile. Ese espacio de encuentro, reflexión y solidaridad cumplirá treinta años en noviembre. ¿Sobrevivirá bajo este gobierno de extrema derecha? Aquella muestra de 1997, siete años después del retorno de la democracia, fue un acontecimiento magnífico. Sin embargo, no fue seguida de ninguna difusión real en la televisión nacional. Hubo que esperar hasta 2021, y a que lo hiciera un canal privado, para que la película fuera vista por fin por un público más amplio. Los gobiernos de la democracia post dictadura cometieron un error gigantesco al no movilizar la memoria y la vivacidad de la experiencia de Salvador Allende, tal y como la retrata la película de Patricio. Al negarse a librar esa batalla de los relatos, esa batalla cultural, dejó el terreno de la memoria de Allende en manos del relato amnésico. Sin embargo, el cine de Patricio disponía de lo necesario para abrir un camino totalmente diferente: romper las temporalidades congeladas, arrancar el pasado de la inmovilidad para convertirlo en una fuerza activa en el presente.
Es un cine creado desde el pueblo. Lo percibimos con claridad en La batalla de Chile, en particular en la tercera parte de la trilogía, El poder popular, filmada lo más cerca posible de los cuerpos y las luchas. No se trata de una epopeya estática ni de una forma de “realismo socialista”, sino de una inmersión en el corazón del movimiento social. Esto es posible, gracias al rodaje junto a Jorge Müller, militante del MIR y extraordinario fotógrafo quién fue secuestrado, torturado, un detenido desaparecido. Aquí, el documental se construye a partir de los seres, las voces, las miradas y las palabras de aquellos y aquellas que son los auténticos protagonistas de esta historia aún incierta. Se trata de un cine político que no incurre ni en la propaganda ni en el discurso demostrativo: un cine lo más cercano posible al movimiento, a sus contradicciones, sus esperanzas y su verdad.
La potencia de ese cine debe ser liquidada. Sabemos que es el odio a la igualdad lo que rige la política de la derecha y la extrema derecha en todo el mundo. Lo sabemos desde hace mucho tiempo: o el socialismo o la barbarie. Ahí, en 1973, fue la barbarie. Pero esas imágenes, esas “imágenes-luciérnagas” del tiempo de Salvador Allende y ese recuerdo de la masacre que narra La batalla de Chile, circularon en plena dictadura. Muchas personas muy jóvenes descubrieron estas imágenes, como Marcelo Morales, director de la Cineteca Nacional de Chile, quien contribuyó a la restauración de La batalla de Chile y organizó, en 2023, una proyección excepcional de la película con motivo del cincuentenario del golpe de Estado.
Desde hace mucho tiempo, nosotros, los que nos dedicamos a la cultura en todas sus formas, somos enemigos para la derecha y los fascistas: es tangible, en todo el mundo, la amenaza crece. Las fuerzas destructoras de la vida avanzan a cara descubierta. Ellas saben lo que implica transmitir la historia de las luchas a las nuevas generaciones. El cine no cambia el mundo, por supuesto, pero puede mostrarlo de otra manera, alimentar nuestros imaginarios. El documental chileno, impulsado hoy en día por nuevas generaciones de mujeres y hombres cineastas, sigue trabajando sobre el presente y librando la batalla de la memoria entre vencedores y vencidos. Este cine puede tomar la melancolía de nuestras derrotas y convertirla en algo más: un material para el mañana. Porque reestablece emociones intensas. Porque narra lo que fue posible. Porque busca, entre las ruinas, lo que no ha desaparecido. Eso es, en sí mismo, esperanza.
Y me detengo en Nostalgia de la luz que en su forma poética murmura lo que el historiador Enzo Traverso denomina la “melancolía de izquierda”: una melancolía que no renuncia al futuro y que reaviva las promesas inconclusas haciendo volver a los desaparecidos, incluso en el rastro que la memoria busca en las estrellas. Quizá siempre se trató, en el cine de Patricio Guzmán, de construir, frente a la nada, una memoria capaz de volver presentes las ausencias, de darle una forma a lo que él llamaba “el álbum familiar” de un país, una nación.
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