Opinión
Archivo (AgenciaUno)
Bachelet vuelve a Chile
Bachelet tiene hoy el liderazgo y la autoridad. Por eso puede desempeñar un papel insustituible para renovar y reconstruir una izquierda y una centroizquierda capaces, nuevamente, de hablarle a Chile.
Finalmente, Michelle Bachelet retiró su candidatura a la Secretaría General de la ONU, traicionada por el Gobierno de Chile, utilizado por mano mora extranjera a la que la ultraderecha le debe obediencia ideológica. Dio una batalla difícil y digna, sostenida hasta el final por Brasil y México.
Sí, traición. Uso deliberadamente esa palabra, aunque podría usar la expresión infamia.
No quiero hablar de votos, vetos ni procedimientos. Quiero hablar de quién es Michelle Bachelet y de su envergadura histórica: hija de un general constitucionalista muerto después de ser torturado, detenida junto a su madre, exiliada, médica, Ministra de Salud y de Defensa, primera mujer elegida Presidenta de Chile, dos veces Presidenta de la República, primera directora de ONU Mujeres, Alta Comisionada de las Naciones Unidas para los Derechos Humanos. Finalmente, candidata a conducir la ONU.
Bachelet encarna y sigue encarnando parte de nuestra historia reciente, historia de la que se avergonzó días después, ante la Asamblea de la ONU, el Presidente de Chile, renegando de los logros de su propio país, que además han sido admirados por el mundo entero, pero pudieron más las ganas de hacer buena letra ante la comunidad de los que no creen en la democracia, dentro y fuera de Chile.
Así hay que entender la palabra traición del Iscariote. Porque, más allá de la envidia que se nota por todos lados, hay aquí una operación política del gobierno de Trump que requirió ayuda interna para prosperar.
Dicho lo anterior, en esta columna no quiero hablar de votos, vetos ni procedimientos. Quiero hablar de quién es Michelle Bachelet y de su envergadura histórica e internacional.
Ella no solamente es la máxima figura de la izquierda y la centroizquierda chilena, sino que hace mucho tiempo que desbordó esas fronteras. Convoca también a quienes no hemos estado siempre de acuerdo con sus decisiones y, sin embargo, sentimos una profunda admiración por su servicio al país.
Su poder hace mucho tiempo dejó de depender del poder.
Su batalla en defensa de la ONU llegó precisamente cuando algunos gobiernos y países caminan en dirección contraria a lo que ella representa. Trump en Estados Unidos, Milei en Argentina, Bukele en El Salvador, Meloni en Italia y Kast en Chile expresan, con diferencias evidentes, el avance de las extremas derechas radicales.
En esta columna lo advertimos hace un año, en plena campaña presidencial y parlamentaria. Yo veo allí los rasgos de un fascismo del siglo XXI: nacionalismos extremos, pulsiones supremacistas, desprecio por las instituciones y una concepción económica donde demasiadas veces termina imponiéndose la ley del más fuerte.
Michelle Bachelet, Secretaria General de Naciones Unidas, resultaba inaceptable para el mundo que representa Donald Trump y para sus acólitos de extrema derecha, dondequiera que se encuentren.
No era solamente Bachelet. Era lo que Bachelet representaba: multilateralismo frente a la prepotencia de las potencias, derechos humanos frente al poder sin límites, cooperación frente a las zonas de influencia, derecho internacional frente a la fuerza y una convicción elemental: la paz no nace de la fuerza; comienza poniendo límites a la fuerza.
Por eso la traición fue todavía más grave.
¿Dónde está entonces el patriotismo?
Estados Unidos quiere nuestros recursos naturales, como los quieren China y las demás grandes potencias. La administración Trump ha recuperado explícitamente la Doctrina Monroe como orientación para el hemisferio. Mientras tanto, Chile firma documentos con Washington que profundizan una alianza hemisférica y declaran estratégicos para los dos países los minerales críticos y las llamadas tierras raras que se encuentran en nuestro territorio.
En ese contexto está también la intención de EEUU de instalar con Argentina una base conjunta que supervise el Estrecho de Magallanes desde Tierra del Fuego. Milei no firmó el decreto esperado para despejar la controversia sobre el Estrecho y nuestros patriotas de pacotilla prefirieron callar.
Mano dura con Bachelet. Mano blanda con Trump y Milei. No basta envolverse en la bandera ni cantar el himno más fuerte que los demás. Patriotismo es defender los intereses permanentes de Chile, especialmente frente al poderoso.
¿No habría sido del mayor interés de Chile, en este escenario, que la Secretaría General de la ONU estuviera encabezada por una chilena?
Y esta traición no se va a olvidar.
El mundo es redondo y da vueltas rápido. Hay decisiones que acompañan durante años a quienes las toman. Retirarle el respaldo de Chile a Michelle Bachelet cuando estaba dando una batalla de esta envergadura será una de ellas.
No lo olvidaremos.
Pero sería un error quedarnos atrapados en la indignación. Porque, mientras algunos celebran que Bachelet no llegará a la Secretaría General de Naciones Unidas, quizás todavía no comprenden la consecuencia política más inmediata de lo ocurrido: Bachelet vuelve a Chile.
Vuelve después de haber dado una batalla mundial, con una estatura internacional acrecentada y con una autoridad política que, después de años fuera del poder, pocos dirigentes chilenos pueden exhibir.
La puerta de Naciones Unidas se cerró. Se abre, en cambio, una enorme puerta en Chile.
Porque el país al que regresa tampoco es el mismo que dejó.
Regresa a un Chile gobernado por una derecha y una ultraderecha que necesitan una oposición democrática firme; encontrará una izquierda y una centroizquierda dispersas, golpeadas y necesitadas de renovación; partidos demasiado ocupados en sus propias supervivencias y millones de personas que necesitan volver a creer que es posible construir una alternativa política seria, moderna, democrática y mayoritaria.
Chile necesita una oposición de verdad.
Bachelet tiene hoy el liderazgo y la autoridad. Por eso puede desempeñar un papel insustituible para renovar y reconstruir una izquierda y una centroizquierda capaces, nuevamente, de hablarle a Chile.
Y seguirá, sin duda, desempeñando un papel importante más allá de nuestras fronteras: en la defensa de la paz, de los derechos humanos y de un mundo democrático y plural. Ese mundo en el que, estoy convencido, sigue creyendo la mayoría de los chilenos.
Yo le daría plenos poderes.
Plenos poderes para convocar, unir, renovar y recordarnos que Chile es mucho más grande que esta temporada de odios y mentiras.
¿Y usted, que ha llegado hasta estas líneas, va a seguir derrotado, pesimista, entristecido por una traición que parecía inimaginable?
Vamos.
Levantemos la vista.
Bachelet vuelve a su casa.
Como siempre, con el cariño del pueblo.
- El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.
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