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Cultura - El Mostrador

Crítica de teatro: "El Cañaveral", el naufragio de un futuro incierto

por 10 julio, 2015

Crítica de teatro: “El Cañaveral”, el naufragio de un futuro incierto
Es un buen texto, con algunas escenas bien construidas y diálogos que tienen, precisamente, la riqueza de la ambigüedad, donde lo no dicho parece más importante que lo dicho. Sin embargo, a la hora de pensar la obra como un todo, esta tiende a desarmarse, a repetir algunos conceptos y a no completar un camino que logre organizar un acción dramática que permita vivir la propuesta como un todo bien acabado.
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El intento de generar obras cuyo carácter central sea poético, metafórico y que busquen utilizar el lenguaje escénico, incluyendo una dramaturgia de texto, siempre será un trabajo de interés, en la medida que exponen un estilo que tiene una larga historia en Chile y en Latinoamérica; cuando la obra de nuevos creadores manifiesta un estilo que se enlaza con los trabajos artísticos con tradición, pero intentando resignificarlo desde la época, cultura y sociedad en la que nos encontramos, vale la pena prestarle atención y este es el caso, creo yo, de “El Cañaveral”, escrita y dirigida por José Luis Cáceres.

“El Cañaveral” en pocas palabras, es la historia de un barco donde cinco personajes, aparecidos sin un pasado específico y con un futuro aún más incierto, se instalan en el tópico del viaje; emergen allí un capitán de barco alcohólico, un niño/aprendiz de marino y de hombre, un buzo parco, romo en lo humano  y un matrimonio con un marido cobarde y egótico, cuyo complemento perversamente perfecto es una esposa histérica (en el sentido más psicologísta del término) dotada, como buena histérica, de un desequilibrio entre su eros y thanatos que la obliga a actuar como una suerte de diva decadente.

Juntos, hacen un viaje  fantasmagórico, existencial en el sentido de cómo es que a través del recorrido que se proponen (nunca claro, nunca preciso, más mental que geográfico, a pesar de algunas referencias), van encontrándose a sí mismos y, paralelamente, perdiéndose en el intento; esta paradoja puede darse porque dichos personajes parecen poseer una esencia autodestructiva.

Precisamente por ello es que la dramaturgia se construye en un tono poético, la metonimia del viaje, se transforma en un tropo efectivo para la historia que se quiere exponer. Los personajes hacen un viaje físico que tiene poca importancia, en la medida que es un reflejo mucho más profundo de un viaje interno que los enfrenta a un Gran Otro -como dijera Lacan- y en tal enfrentamiento, se ven obligados –casi- a encontrar su lugar, descentrado, enfermo, perdido, en el mundo. De ahí que aspectos estéticos del texto como la noche, la luna, la mar, funcionen como un paisaje pertinente a la historia.

Es un buen texto, con algunas escenas bien construidas y diálogos que tienen, precisamente, la riqueza de la ambigüedad, donde lo no dicho parece más importante que lo dicho y cuando esto es bien logrado (casi nunca sucede) se enriquece la puesta en escena.

Por otra parte, quizá el problema de esta dramaturgia es que  la totalidad de la obra, en términos textuales, no se observa bien construida, así como hay escenas notablemente bien construidas, a la hora de pensar la obra como un todo, esta tiende a desarmarse, a repetir algunos conceptos y a no completar un camino que logre organizar un acción dramática que permita vivir la propuesta como un todo bien acabado.

La escenografía, por su parte, aunque termina siendo pertinente a la obra, no está del todo lograda en su relación con los actores, lo que no deja de resultar paradójico: a menudo se ven obras con falencias en este aspecto y observamos a actores y actrices casi avergonzados intentando sostener su actuación con el “obstáculo” de la escenografía, cosa que aquí no sucede, en absoluto; lo que llama la atención, en tanto no es una escenografía en que los propios actores y actriz (tal vez allí esté el problema) no se relacionan de un modo particularmente certero con ella, más bien la usan accesoriamente, así como podrían usar casi cualquier otro elemento para hacer lo que hacen con ella. Sin embargo, la iluminación y la sonoridad de la obra, funcionan de excelente modo con la puesta en escena.

Si bien en este sentido la dirección puede tener un escollo, el resto del trabajo en este ámbito parece bastante bien logrado, José Luis Cáceres permite que los personajes se manifiesten a través de sus palabras y acciones, les da espacio para articular su discurso y se encarga que cada escena se trabaje con precisión y este, posiblemente, sea uno de los ámbitos mejor cuidados de su trabajo, cada escena de la obra está bien instalado y, estéticamente hablando, hay un preciosismo por permitir desarrollar el gesto, la palabra y la expresividad en los instantes que en este trabajo se manifiestan, este preciosismo nunca llega a ser empalagoso (podría pasar), porque al mismo tiempo hay un hálito de sencillez, de naturalidad en la obra que logra convencer, sin caer tampoco en un estilo realista, lo que habría sido funesto para una trabajo cuyo centro discursivo gravitante es lo metafórico.

Las actuaciones, evidentemente son la base estructural de una puesta en escena de este tipo y, aunque con niveles dispares, en casi todas ellas se observa competencia y precisión, aunque, me pareció (en la función que yo vi), ver una falta de fiato entre ellos, como si cada uno de los actores fuese un buen solista que no logran encajar como conjunto; insisto: esta observación es una impresión personal y respecto de una función en particular y, por más que intento lo contrario, toda crítica tiene un nivel discrecional.

Luis “Tato” Dubó es un actor con una extensa trayectoria y su trabajo es eficiente, instala la figura del “Capitán” como un ser de contradicciones, duro a momentos y al mismo tiempo ingenuo, cayendo en una trampa que, aunque previsible, no es menos cruel. En la función que yo vi, Dubois tuvo un par de furcios textuales que salvó con la experiencia que solo un actor que conoce verdaderamente las tablas logra desarrollar, digo esto, precisamente porque a pesar de esos (mínimos) errores, logra un personaje sólido, un personaje que no es fácil en tanto va desde la amargura, hasta la ridiculez, desde el odio a la ternura y desde la fuerza del macho hasta la perdida casi total de su orgullo; todas cosas que escénicamente él logra con precisión y sobre todo, con profundidad, entregándonos una actuación consistente.

Renata Casale, la única mujer del elenco, también logra hacer de su rol, un personaje que sostiene humanidad, diversas emociones y complejidad. Digo esto con especial precisión porque, en lo personal, me pareció que el personaje que ella escenifica, la “esposa”, está constituido en el texto más bien como un rol, organizado en virtud de ciertos lugares comunes y heredero de una tradición vinculada a la idea de “mujer fatal”, de ahí la estructura algo histérica de su carácter y su necesidad de vincularse desde la manipulación narcisista con los otros; en este sentido, Renata Casale logra sacar de la obviedad a su personaje, contruyéndola con múltiples matices, modulando el discurso que posee en el texto para decir sus frases con dobles lecturas, internando al espectador en un personaje más complejo y perverso que el que parece estar escrito, Casale genera una biografía latente en su personaje, una biografía que no es necesaria ser contada porque emerge en sus gestos, su voz, el modo en que presta corporizacióna  esta “esposa”.

Sebastián Rivera como el marido lleva a cabo su trabajo de manera pertinente, corporiza al personaje que se le ha encargado con competencia y se instala en escena para movilizar la acción, sin embargo, hay una cierta frialdad en él que no permite aceptar al marido como alguien que podamos comprender, una cierta distancia con los textos o con los modos de decirlo que le quitan algo de profundidad a su personaje.

Benjamín Rivas y Diego Salvo como el buzo y el niño, respectivamente, dan en la tecla a la hora de accionar escénicamente, sus cuerpos se movilizan en virtud de la acción dramática y dan sustento a las escenas de los otros personajes (sus roles están construidos para eso), de manera que dan una base a los acontecimientos, por otra parte, su relación con el texto hablado es más baja al momento de dialogar, no logran generar la misma relación con el resto de la escena hablando que como lo hacen corporalmente.

“El Cañaveral” es una obra absolutamente recomendable, interesante a nivel textual y de puesta en escena, con una dirección inteligente y si bien a momentos la obra como totalidad se pierde, construye, en esencia, un montaje que potencialmente, puede hacernos pensar y plantear la propia cartografía de nuestras vidas en un mundo ambiguo y descentrado como el que hoy vivimos.

Ficha:

"El Cañaveral"  desde el 8 al 30 de julio, a las 20.30 horas, días martes, miércoles y jueves.  Teatro Camilo Henríquez, ubicado en Amunátegui 31, Santiago Centro.

Adhesión: $3000 menores de 26 años y tercera edad - $5000 Entrada General

Dirección y Dramaturgia: Jose Luis Cáceres.

Elenco:

Luis Dubó: el capitán

Renata Casale: Clara

Sebastián Rivera: Enrique, su marido

Diego Salvo: el niño

Benjamín Rivas: el buzo

Asistente de Dirección: Elena Orueta.

Diseño Escenográfico: Eugenio González y Tere Echeverría.

Diseño de Iluminación: Belén Abarza.

Vestuario: Mónica Cortés

Gráfica: Eduardo Cerón.

Fotografía: Javier Virseda.

Universo Sonoro: Sebatián Errázuriz

Producción: Teatro de la Luz.

 

 

 

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