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“El turco en Italia”, una apología lírica de principio a fin

“El turco en Italia”, una apología lírica de principio a fin

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El estreno de la cuarta fecha de la temporada 2015 del género, en el Teatro Municipal de Santiago, presentó el mejor evento artístico en lo que va del año, si consideramos la totalidad de los espectáculos que ofrece el recinto capitalino: voces y actuaciones masculinas de un nivel interpretativo de categoría internacional, la imponente y la coherente escenografía de una superproducción, y la música de un clásico del repertorio, a cargo de un director y de una orquesta, que se asumieron como unos expertos de la partitura rossiniana.


Apenas se apagaron las luces en la fría tarde del último viernes, y cuando la tela sombría que apaciguaba el proscenio, dio paso a la régie conjunta de los españoles Emilio Sagi (jefe de escena) y de Daniel Bianco (director de arte) -mientras se escuchaba el preludio musical de la obra-; el público adquirió la conciencia de que se enfrentaba a un montaje de una calidad muy superior a los que habitualmente se levantan en el Municipal: no miento si digo que, arriba de las hoy disputadas tablas de la calle Agustinas, se descubrió –tanto por la calidad, como el realismo de los diseños de tramoya y de vestuario atestiguados-, un estudio cinematográfico del primer mundo. Uno imaginado por Luchino Visconti o por Franco Zeffirelli.

Hago hincapié en este punto: al analizar el desarrollo de lo que fue una función operática, lo más importante deviene de la evaluación estética en torno a la puesta en escena. Ahí es donde se construye el imaginario simbólico y único, de una producción con respecto a otra, y las diferencias artísticas observables, entre las características de lo ofrecido por un teatro en cualquier latitud en relación a otro, ya sea en Europa, o en América, como es el caso. El resto de los elementos, si bien preponderantes, debemos sopesarlos siempre en base a una realidad insoslayable: que hablamos del trabajo de cantantes y de músicos profesionales, con un nivel y una experticia que definimos del promedio hacia arriba, en la mayoría de los ejemplos que alguna vez mencionamos, o de los que sobre en un hipotético futuro, escribiremos.

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Así, las ideas de la dupla Sagi y Bianco, más la contemporánea vestimenta propuesta por Pepa Ojanguren, y la iluminación a cargo de Eduardo Bravo (mediterránea, satinada y melancólica en sus contrastes), se verificaron desmesuradamente sólidas, no sólo en sus detalles más inauditos (situaciones dramáticas que se traslucían desde los segundos y los terceros pisos de ese rincón “romano”, edificado tras el telón de la calle Agustinas); sino también, por el equilibrio y la sincronicidad de movimientos que requirió, plantar en aquella escena, a un elevado número de actores y de intérpretes vocales. Y la música abarcando el silencio y la hegemonía de esa materialidad ficticia y circunscrita. ¡Si hasta una vespa apareció, rauda y veloz, cruzando la intimidad del primer acto!

Conseguir esa perfección de alternativas representativas, manifestó un esfuerzo superior, que en la naturalidad de la praxis que conlleva desplegar el argumento de un título como El turco en Italia, dista de apreciarse en su profunda complejidad: construir una escena teatral (carísima en esta oportunidad), en funcionamiento bajo los principios y la perspectiva de un cuadro general, y que debe verse bien engranada desde todos los ángulos posibles. Si alguien fallaba, en secuencias sin lugar para la imaginación, sea caían la estructura y el armazón completos.

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El equipo creativo tuvo la suerte de contar, en el despliegue de su ambicioso proyecto artístico y teatral (en colaboración con el Capitolio de Tolouse), con un grupo de cantantes-actores envidiables por cualquier compañía con pretenciones: el barítono italiano Pietro Spagnoli (Selim, el príncipe turco), la soprano estadounidense Keri Alkema (Fiorella), Alessandro Corbelli (intérprete de aplaudida trayectoria, quien encarnó a Don Geronio), el tenor brasileño Luciano Botelho (Don Narciso), y el barítono chino Zhengzhong Zhou (el poeta Prosdocimo).

Al calificar la performance de cada uno de ellos, los cometidos más altos, los encontramos al detenernos en las técnicas consultadas por las voces masculinas. Ya conocíamos en Santiago a Spagnoli (ahora, en la plenitud de su carrera), a Corbelli (todavía su garganta emite sonidos de gran cuerpo y belleza), y Zhou (un actor capaz de asumir roles contrapuestos, y dueño de un timbre agradable, “parejo” y mozartiano), pero toparse con Botelho, fue todo un descubrimiento: un intérprete dramático de valía, y un nombre para graduarse de experto en el futuro de los montajes rossinianos, en el ruedo de las altas exigencias, con condiciones que le permiten abordar los papeles de un tenor en sus más variados y distintos registros. Su voz es dulce, potente, hermosa, clara, y muy dúctil con el propósito de alcanzar los agudos que requerían una notoria y mayor precisión.

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La norteamericana Keri Alkema, en tanto, (a la que este año ya escuchamos en Madama Butterfly) refrendó nuevamente sus cualidades como actriz excepcionalísima: sus desplazamientos arriba de las tablas, poseen una intencionalidad de significado escénico tales, que la hacen destacar sin muchas dificultades, al añadido de su atractivo físico. Inolvidable resultó su compenetración en los hechos del segundo acto, en especial bajo los efectos embriagadores, del cuadro del baile.

El único problema de la cantante que conocimos el año pasado en su mejor momento (nos referimos a la producción de Otello, cuando hizo de Desdémona), se desprende de su irregularidad vocal, la que pudimos constatar en amplios pasajes del espectáculo recitado el viernes recién pasado. En un principio, y después de comparar su labor en Madama Butterfly, con su trabajo en dos créditos de esta temporada lírica del Municipal, este crítico pensaba que quizás, muchas de sus imprecisiones se debían a un cansancio de final de programación (recordemos que ella se rige por el calendario del hemisferio norte); pero la verdad es que, después de oírla en su versión de Fiorella, debo decir que sus falencias se remiten a una técnica músico-vocal, todavía no consumada, para acometer un papel tan difícil y con exigentes demandas y cambios de giros, como el que inmortalizó por la década de 1950, la Divina María Callas (con la régie del cineasta Luchino Visconti).

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La voz de Alkema posee cuerpo y su tesitura (originalmente de mezzosoprano) es frágil y cristalina, pero demasiado, enjuiciamos, a fin de obtener un sinnúmero de agudos imprescindibles en este título, con la meta de luchar ante la fuerza sonora de una orquesta, que ruge por casi tres horas, en esta ocasión. Eso es, por lo menos, lo que se evidenció en El turco en Italia, de Gioachino Rossini, que disfrutamos en su presentación de estreno, este 14 de agosto de 2015, en Santiago de Chile.

Por último, una pasada a la Filarmónica. Ya habíamos catado la batuta del madrileño José Miguel Pérez-Sierra (33), en su visita durante la exhibición de Los puritanos, de Vincenzo Bellini, hace unos meses (junio de 2014); y, en esa oportunidad, no nos deslumbró demasiado su visión de lo que constituía el drama compuesto por aquel poeta romántico, muerto a temprana edad. Ahora, la verdad, es que el hispano dirigió una partitura (en la cual debutaba), pero que, sin embargo, paladeaba en sus más escondidos secretos conceptuales: el virtuosismo del bel canto, y la alegría y el carnaval de lo “bufo”: a final de saldos, una apología lírica (y humorística) de principio hasta la caído del telón.

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.
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