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Arte contemporáneo y mercado: la nueva forma de especulación financiera para proteger fortunas La pintura es, por lejos, lo más vendido en las subastas de arte, con el 61,2% de todas las obras el 2015

Arte contemporáneo y mercado: la nueva forma de especulación financiera para proteger fortunas

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¿Por qué comprar arte? No necesariamente para deleitarse, para decorar una habitación o para tener una experiencia estética privada: muchos compran para presumir –literalmente, para ostentar–, sin siquiera decidir por sí mismos, sino a través de asesores (los famosos advisors) que sugieren el artista más indicado para demostrar poder adquisitivo. Sea como sea, la inversión es el motivo principal para adquirir obras de arte, estas se han convertido en un buen medio para especular y proteger fortunas en un mundo tan convulsionado como el nuestro (con atentados por doquier, bolsas oscilantes y el Brexit ad portas).


Terminados los Juegos Olímpicos –semanas donde solo se habló de medallas y récords mundiales–, se me antoja revisar estadísticas y rankings –“marcas” y “récords”– en las subastas de artes visuales. Ello, pues recientemente asistí a la presentación sobre la materia, a cargo de Gareth Fletcher, en el marco de un seminario en Sotheby’s Institute of Art de Londres, donde se dieron a conocer cifras interesantísimas y escasamente conocidas por el público.

Grosso modo, por ejemplo, se expuso que durante 2015, el mejor mercado –el que lideró el “medallero”, utilizando el léxico deportivo en boga– fue Estados Unidos (donde se transó el 43% de todo lo que se vendió en el mundo el pasado año), seguido por el Reino Unido (21%) y China (país en el cual se concretó el 19% de las adjudicaciones); que Francia solo representó el 6% de las ventas, Alemania el 2%, y España nada más que el 1% (Fuente, Arts Economics, 2016). Que las ventas en los remates de arte alcanzaron las 55 mil 400 piezas –de las cuales, sin embargo, solo 205 se transaron por sobre el millón de dólares–; y que, de todas las operaciones, el 47% se realizó en casas de remate (Sotheby’s y Christie’s, por ejemplo) y el 53% a través de Art Dealers (galeristas en su mayoría).

Pero ¿qué quiere comprar hoy el público? A juzgar por las cifras, pues el arte más apetecido y en alza es el contemporáneo, de creadores nacidos después de 1945, cuyas obras representaron el 41% de lo transado en 2015. En tanto, las ventas de artistas modernos sumó el 27%, las de Impresionistas y Postimpresionistas el 13%, las de maestros europeos el 6%, y las de otros maestros el 5% y el 8%: claramente, los compradores e inversionistas no andan tras un Botticelli, un Tiziano o un Zurbarán.

En la actualidad, el mercado depende de los artistas internacionales del momento, alrededor de los cuales se concentran las transacciones. O sea, de aquellos que integran el exclusivo ranking de los “Top 100”, esos que representan el 68% de las ventas; mientras que los “Top 10” constituyen el 35% de las operaciones, y los tres que mejor se comercializan suman el 18% del total.

Si vemos el cuadro de los “Top 100” por nacionalidades, los estadounidenses representan el 39,9% de las ventas; los chinos el 21,2%, los alemanes el 19,9%, los nacidos en el Reino Unido el 10,8%, los italianos el 2,6%, los japoneses el 2,7% los oriundos de India el 1,6%, de Suiza el 0,9%, brasileños el 0,9%, franceses el 0,8% y nacidos en otros países el 8,5%.

¿Quiénes están entre los “Top 10”? He aquí el listado de artistas contemporáneos: 1. Jean-Michel Basquiat; 2. Christopher Wool; 3. Jeff Koons; 4. Peter Doig; 5. Martin Kippenberger; 6. Fanzhi Zeng; 7. Richard Prince; 8. Xinjian Zhu; 9. Keith Haring y 10. Damien Hirst. ¿Se dio cuenta?: ninguna mujer entre los diez más vendidos, con Cindy Sherman (n.1954, EE.UU.) apareciendo recién en el puesto número 13. Y no: entre los “Top 10” no hay chileno alguno.

Diversos factores se sopesan al momento de incluir a los artistas visuales en tan exclusiva nómina –o de eliminarlos de esta–. Se considera, por ejemplo, que hayan expuesto (retrospectiva o muestra individual) en el Museo de Arte Moderno de Nueva York (MoMA), en el Guggenheim (NY), en el Whitney Museum (NY), en la Tate Modern (Londres), en el Centre Pompidou (París), en el Musée D’Art Moderne (MAM París), en la Fundación Beyeler (Suiza), en la Bienal de Venecia y en la Documenta de Kassel; se valoran las adquisiciones históricas que de su obra hayan efectuado museos, fundaciones y colecciones privadas; se toma en cuenta cómo les ha ido en las casas de remate, si son objeto de críticas en revistas y Journals (papers académicos), si hay suficientes teóricos interesados en su trabajo, si se han publicado catálogos monográficos sobre su obra, si tienen una galería de renombre que los represente y, por último, si se han adjudicado algún premio relevante (The Turner Prize, The Hugo Boss Prize, The Bucksbaum Award o The Golden and Silver Lion Awards, por ejemplo).

Finalmente, ¿por qué comprar arte? No necesariamente para deleitarse, para decorar una habitación o para tener una experiencia estética privada: muchos compran para presumir –literalmente, para ostentar–, sin siquiera decidir por sí mismos, sino a través de asesores (los famosos advisors) que sugieren el artista más indicado para demostrar poder adquisitivo. Sea como sea, la inversión es el motivo principal para adquirir obras de arte, estas se han convertido en un buen medio para especular y proteger fortunas en un mundo tan convulsionado como el nuestro (con atentados por doquier, bolsas oscilantes y el Brexit ad portas).

Un último dato de interés: la pintura lleva la delantera, con el 61,2% de todo lo vendido en 2015 y seguida –muy atrás– por el dibujo (17,4%), la escultura (15,3%), la fotografía (4,6%), el grabado (1,2%) y otros medios (0,3%). Está claro: lo bidimensional, y especialmente el arte del color y la mancha, ¡se niegan a morir!

*Claudia Campaña es Doctora en Teoría e Historia del Arte Contemporáneo, Universidad Complutense de Madrid, España. Master en Historia del Arte, Courtauld Institute of Art, University of London. Profesora titular de la Facultad de Artes de la Pontificia Universidad Católica de Chile.

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.
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