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Crítica de cine: “Dog eat Dog”, tiempos violentos, de furia y sin amor

por 25 agosto, 2016

Crítica de cine: “Dog eat Dog”, tiempos violentos, de furia y sin amor
El último filme del director estadounidense Paul Schrader (conocido por ser el guionista de “Taxi Driver”, de Martin Scorsese), es un homenaje a la estética fílmica del séptimo arte “negro”: además de las notables actuaciones de Willem Dafoe y de Nicolas Cage, se visualizan en este crédito una plástica del absurdo (focos que extravían su centro, colores y luces que se revientan y distorsionan), el acto mortuorio como un hecho cotidiano, siempre presente, y el despliegue de la criminalidad extrema, en tanto posibilidad de dinámicas, de respuestas y de funcionamiento social, para la civilización occidental.
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“¿Sabes?, cuando rompes una relación y dices que has dejado de amar a esa persona, lo que realmente estás diciendo es que nunca la has querido. El pasado es un río, no una estatua”.
Hanif Kureishi, en La última palabra

El inicio de Dog eat Dog (2016), el filme que dio el “vamos” a esta duodécima versión del Santiago Festival Internacional de Cine, comienza de una manera más o menos típica para los filmes del género negro y policial, con evocaciones, también, hacia el thriller psicológico: tiroteos, persecuciones automovilísticas y callejeras, peleas sangrientas en habitaciones de lugares y de espacios urbanos que pueden ser Brooklyn o Queens, u otras urbes o barrios de la costa este norteamericana, como Cleveland, sin ir demasiado lejos.

Una estética del cine noir y una plástica fílmica del absurdo. La oferta viene por parte del realizador y guionista Paul Schrader (1946), uno de los invitados de honor de este Sanfic 12, junto al actor Danny Glover. Urbe mesocrática, y marginalidad espiritual, emocional, afectiva y social. No hay mujeres en el desarrollo dramático de esta obra, pero entre rufianes surgen lazos de amistad, y tal vez de un sentimiento parecido al cariño, al echarse de menos. Nicolas Cage y Willem Dafoe: un elenco que asume en su interpretación desde la cartografía de la sociología del “Road Movie”, y de la literatura de Jack Kerouac, empero, en clave de combos y puñetes van y vienen, disparos se reciben y se otorgan.

Un guión por largas secuencias “incoherente”. El libreto de Dog eat Dog, transita por apuestas conceptuales que distorsionan la claridad de la narración audiovisual del relato. Luces cargadas, manipuladas (reventadas), y una sensación de encuadre desenfocado, que aspiran a expresar una realidad en constante cambio hacia la nada. El vacío y sin sentido de la violencia, por la pura muerte, y el acto de los golpes para conseguir un breve respiro: una comida rápida, casi tragada, una mala noche sobre el colchón de un motel sin nombre.

La estética cinematográfica de la muerte como destino natural y cotidiano. El enfrentamiento extremo en tanto estrategia de sociabilidad posible para un grupo humano incapaz de resolver sus diferencias de otra forma. Manifestación de una realidad natural y diegética, con la costa este estadounidense que las hace de ambientación y de telón de fondo: las raíces de Scorsese y del primer Tarantino, registran aquí su prosapia y su ascendencia artística. Y las actuaciones de Dafoe y Cage, efectúan el resto.

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Willem Dafoe es un intérprete que puede encarar indeterminados registros, con gemela calidad y fundamentos de personificación y caracteres. Cage lo acompaña, en un dueto que ironiza, gracias al talento de Paul Schrader, con la filmografía de David Lynch: guiños a este dueto que ya compartió escena en Corazón salvaje (1990), y en ciertos planos, citas a ese camino obtuso, con esas líneas demarcatorias y amarillas, que no conducen a ningún lado, de la zigzagueante y sensacional Carretera perdida (1997).

El libreto se encuentra deliberadamente inconexo, difuminado en decenas de piezas argumentales y de rompecabezas. Y su representación, entonces, se muestra de una forma fragmentaria, que transmite ese estado de incompatibilidad, donde los símbolos del cine negro, y de la literatura respectiva, se exhiben con esos elementos alucinógenos y adscritos a la violencia radical, mencionada con anterioridad. Lo que piensan los protagonistas, en esa huida espectral y fantasmagórica por autopistas suburbanas, en una visualización estimulada por poderosas drogas y factores sensoriales -estirados hasta el hartazgo-, a base de balas, nicotina, alcohol, pólvora, matanzas, inmisericordia, y crueldad exacerbadas, también las recibe, en química “pura”, el espectador.

Síntesis de factores audiovisuales, que eclosionan en una propuesta ideológica y conceptual de cómo se debe componer una escena, un encuadre, en el formato y la línea del cine negro, policial, ambientado en una ciudad norteamericana, que limita con el Atlántico. La imagen y la acción dramática dialogan, y se retroalimentan del lenguaje corporal e interpretativo de los actores. La narratividad dramática al servicio de una noción intelectual y audiovisual abstractiva de la violencia urbana y delictual, llevadas hacia su frenesí estético y de significados.

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Esos dispositivos (técnicos, fílmicos, fotográficos, teatrales, literarios) influyen drásticamente para que la historia pierda estructura argumental y también consistencia en su discurso cinematográfico. La experimentación, la sobrecarga y el “kitsch” cultural al que apela Schrader, termina por convertir su filme en una ensalada de vertientes y de propuesta creativas, que ya sea por lo excesivo de la duración de la película (93 minutos), evitan y eluden fundirse en un alegato creíble, fundamentado, para su transcripción final.

El hampa como forma de vida, desarrollo, crecimiento humano y meta sapiencial. Y la existencia puede ser larga y absurda, cuando no hay mujeres a las que amar, y el sucedáneo de la pasión se confunde en solitario, con el compañerismo y la camaradería pandillera y criminal. La carencia de afectos, igualmente, es un tema en Dog eat Dog. Junto con el anonimato, con el acto mortuorio repetido y banalizado en sus más profundas y sentidas direcciones de trascendencia semiótica. Porque en este filme se fallece y se deja de respirar, de distintas maneras, pero siempre debido al impacto y al poder eterno de una bala.

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El desamor en un tópico vital. Códigos aquí no existen. Ser miembros de un grupo delictivo, claro, redunda en apoyo a fin de asesinar y liquidar a otros: a una muchacha, a la “querida ocasional”, al rival de turno, a la novia del enemigo, a la sirvienta de esa mujer inocente. Lejos de los mayores instantes creativos de Paul Schrader, esta cinta, sin embargo, tiene sus méritos fílmicos: las actuaciones de Dafoe y Cage, el regreso y el tratamiento novedoso a un tema de nunca acabar: los hampones y su extraña forma de biografía, con licencia para matar, con imposibilidad práctica de establecer vínculos humanos duraderos, con el tributo a la soledad total y a un sacrificio con las botas puestas, con la postal de una cantina y un restaurante fantasmagórico y de suburbio (como proscenio de la batalla), víctimas de una balacera, “del uno contra el mundo”.

Dog eat Dog se exhibió en el reciente Festival de Cannes, y ahora en Sanfic 12.

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