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Argentina Selva Almada y visita a Furia de Libro: “La escritura es el mejor lugar donde puedo estar” CULTURA Crédito: Penguin Random House

Argentina Selva Almada y visita a Furia de Libro: “La escritura es el mejor lugar donde puedo estar”

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Mariana Hales Beseler
Por : Mariana Hales Beseler Periodista y Licenciada en Comunicación Social. Desde 2003 ha trabajado en distintas editoriales chilenas y extranjeras como encargada de comunicaciones.
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Con “Una casa sola”, Almada vuelve sobre el territorio y la desaparición desde una nueva perspectiva: la de una casa que recuerda, observa y habla.


Selva Almada se ha consolidado como una de las voces más potentes de la literatura latinoamericana contemporánea. Con una obra traducida a más de veinte idiomas y reconocida internacionalmente, incluida la shortlist del International Booker Prize por No es un río, la escritora argentina ha construido, desde El viento que arrasa hasta sus libros más recientes, un universo atravesado por la ruralidad, la violencia, las memorias familiares y los márgenes sociales.

Ahora, con Una casa sola, Almada vuelve sobre el territorio y la desaparición desde una nueva perspectiva: la de una casa que recuerda, observa y habla.

En el marco de su participación en La Furia del Libro, donde realizará una actividad el próximo 30 de mayo a las 19:00 horas, conversamos con ella sobre la memoria de los espacios, las huellas de la violencia y el lugar de la literatura en tiempos de odio y polarización.

– ¿Cómo fue el proceso de escritura de Una casa sola? ¿Partiste de una imagen, de una escena o de una idea más conceptual? 

– Hacía tiempo venía pensando en las casas. Estaba remodelando la mía y hubo muchísimos problemas en el proceso, parecía que la casa se estaba quejando, no estaba conforme, de alguna manera. Todo ese tema me tenía la cabeza muy ocupada. En ese tiempo me fui a hacer una residencia en Saint Nazaire, justamente en la Maison (casa) des écrivains et des traducteurs… y allí apareció la imagen de una casa vacía desde hacía muchos muchos por la desaparición de la última familia que vivió allí.

– En Una casa sola la casa parece tener conciencia, memoria e incluso una voz propia. ¿En qué momento apareció la idea de convertirla en un organismo vivo y narrador de la historia? 

– No fue así desde el comienzo. Empecé a trabajar con un narrador en tercera, pegado al punto de vista de la casa, pero en el transcurso de esa versión me di cuenta que se metía una voz en primera, que era la voz de la casa. En un momento decidí prestar atención a eso que aparecía sin querer y comencé de nuevo la novela, ya con la casa como personaje narrador. Temí que resultara tedioso o difícil de mantener ese artificio a lo largo de toda la novela, entonces incorporé la segunda voz, que es la del monte y de los personajes espectrales que viven allí, como suspendidos en el tiempo.

– Hay algo inquietante en la convivencia entre naturaleza y ruina: la hiedra, los insectos, el abandono. ¿Te interesaba trabajar la idea de que la naturaleza nunca es neutral sino también una fuerza que devora y conserva? 

– Más que devorar, creo que en la novela, el monte, la naturaleza “abraza” a la casa, se prepara para recibirla, para que vuelva a su origen que es el propio monte. Una idea cíclica, igual al ciclo de vida de cualquier otro ser. El monte que a través del tiempo ha sido reducido, ese territorio que la mano del hombre transformó como tierra de producción, convertido en una escena del crimen, vuelve también a su origen, que es el espinal creciendo y recuperando su territorio.

– La pregunta cuánto de nosotros es la casa que habitamosatraviesa la novela. ¿Crees que las casas terminan absorbiendo la vida emocional de quienes pasan por ellas? 

– Me gusta pensar que las casas tienen su propia memoria y que no pasamos por ellas sin dejar algo de nosotros, de nuestra historia, entre esas paredes. En la novela la casa siente que es por fin una casa, cuando se transforma en el hogar de los Lucero, cuando Lucero llega allí y forma una familia bajo ese techo. Y entonces, cuando ellos desaparecen, la casa da testimonio de sus vidas, actualiza permanentemente la memoria de esos que ya no están.

– La novela incorpora un equipo de antropología forense que intenta reconstruir una desaparición.¿Cómo dialoga este libro con la memoria política argentina y con las huellas de la violencia de Estado? 

– La desaparición de la novela ocurre post dictadura, en tiempos de democracia, pero claro que dialoga con esa época tan cruel y sangrienta de la Argentina. El Equipo de Antropología Forense es un modelo a nivel mundial, el trabajo enorme que hicieron y siguen haciendo en la búsqueda de los desaparecidos de la dictadura argentina, pero también de los desaparecidos contemporáneos aquí y en otras partes del mundo. La Tata, uno de los personajes, también está inspirada en las madres y abuelas de Plaza de Mayo, en las madres de la trata, encarna a esas mujeres que no bajan los brazos y aun con pocas herramientas mueven cielo y tierra para reclamar por los suyos.

– En Chicas muertas trabajaste desde la no ficción y la investigación directa. ¿Qué diferencias encuentras entre escribir sobre la violencia real y construirla desde la ficción? 

– Son procesos distintos. Chicas muertas me llevó varios años de investigación y trabajo de campo.  Sin embargo las realidades de nuestros países siempre nos dan tema, también en la ficción. Fueron las pantallas con datos de búsqueda de personas que veo en los aeropuertos de Argentina las que me hicieron pensar en la cantidad de gente que sigue desapareciendo, qué pasa con ellas, por qué no las encuentran… ahí se juntó la idea de la casa vacía con el tema de las desapariciones. No quería escribir una novela policial, si no pensar en el drama social de la desaparición.

– Desde El viento que arrasa hasta No es un río, y ahora Una casa sola, hay una exploración persistente de las masculinidades, la violencia y el territorio. ¿Crees que este libro abre una nueva etapa en tu escritura? 

– Creo que esta novela sigue expandiendo o indagando en ideas que ya están presentes en las otras novelas. Siguen siendo temas que me interesan, que me interpelan, con los que quiero seguir dialogando. Aunque una escriba de a un libro por vez, está escribiendo una obra que se va desplegando en el tiempo… al menos me gusta pensar eso, en la construcción de una obra.

– Tus paisajes rurales no son idealizados. ¿Qué sigue ofreciéndote el campo argentino como territorio literario? 

– Crecí en un pueblo pequeño, no era el campo pero estaba muy próximo. Si debo ser estricta, esta es mi primera novela del campo, realmente rural. Y me interesaba también pensar “el campo” desde otro lugar, no el campo de los dueños de la tierra sino de los que la trabajan, con toda la complejidad que eso supone. Mi abuelo materno fue tropero, fue peón de una estancia, las relaciones patrón-peón, la desigualdad que supone, el abuso de poder, son cosas de las que escucho hablar en mi familia desde siempre. Quería poner el foco ahí. Por otro lado la ruralidad está llena de leyendas, de cuentos de aparecidos, de una literatura oral y popular que quería traer a la escritura. También tenía muy presente, mientras escribía, todo el cancionero popular, los canta-autores de los años 60 y 70 tan cercanos a las luchas campesinas, que desde sus canciones visibilizaban esas tensiones entre el que tiene los papeles de propiedad y los que solo tienen su fuerza de trabajo.

– Tu obra ha sido traducida a muchos idiomas y No es un río llegó a la shortlist del International Booker Prize. ¿Cómo vives esa circulación internacional de historias tan ancladas en Argentina? 

– Las traducciones siempre son un misterio, por qué novelas muy locales interesan a lectores de otras partes del mundo, en principio a editores. Pero creo que es lo singular de la literatura, que podamos encarnar o vivir historias que no tienen nada que ver con nosotros, que ocurren en lugares muy distintos, en culturas que no se parecen. No resignaría nunca escribir lo que quiero y como quiero para que eso sea factible de ser traducido. Sin embargo, tengo suerte y aun escribiendo incluso con un lenguaje muy regional, mis libros se han traducido a más de veinte lenguas.

– ¿Qué lugar puede ocupar hoy la literatura en un contexto político atravesado por discursos de odio y polarización? 

– Para mí la lectura siempre fue el lugar de la apertura. Leer me hizo conocer que hay distintas formas de pensar y de vivir, distintas miradas sobre el mundo y creo que la lectura me hizo una persona más desprejuiciada. Esa es la importancia que sigue teniendo la literatura. Y en este contexto de avance de las derechas, de discursos de odio, es más fundamental que nunca. El tiempo de la lectura es bien distinto al de las redes sociales, por ejemplo, donde el desprecio por el otro se cocina rápidamente y escala en el anonimato.

– ¿Qué cosas siguen interesándote como escritora después de más de veinte años publicando?

– Me sigue interesando, más que un tema aunque siempre vuelvo más o menos a los mismos, escribir, construir universos, personajes, inventarles historia, vida, diálogos. La escritura es el mejor lugar donde puedo estar. No ocurre tan seguido, me lleva años escribir una novela, pero cuando estoy ahí me doy cuenta de que no hay otro sitio donde me sienta más emocionada y entusiasmada.

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