CULTURA
Bonaventure Soh Bejeng Ndikung: “El arte debe cuestionar aquello que creemos seguro”
La selección de la 36ª Bienal de São Paulo que se exhibe en el Centro Cultural La Moneda propone una pregunta urgente: quién define qué significa ser humano. Su curador, Bonaventure Soh Bejeng Ndikung, explica por qué el arte sigue siendo un espacio para cuestionar certezas.
La humanidad suele entenderse como una condición inherente a todas las personas. Sin embargo, la historia demuestra que esa promesa nunca ha incluido a todos. Durante siglos, mujeres, pueblos indígenas, personas esclavizadas y comunidades colonizadas quedaron fuera de una idea de humanidad definida desde el poder. La pregunta, entonces, no es únicamente qué significa ser humano, sino quién ha tenido la autoridad para decidirlo.
Ese es el punto de partida de No todo viajero recorre caminos–De la humanidad como práctica, la selección de la 36ª Bienal de São Paulo que el Centro Cultural La Moneda presenta hasta el 4 de octubre. La exposición convierte a Santiago en la primera escala internacional de una itinerancia que continuará por México y Alemania, y reúne más de un centenar de obras de diecinueve artistas provenientes de cuatro continentes. Más que una itinerancia de la Bienal, esta selección constituye una síntesis de la mayor edición realizada hasta ahora por uno de los encuentros de arte contemporáneo más influyentes del hemisferio sur.
Pero la pregunta que impulsa esta muestra no apunta al arte, sino a la condición humana.
En tiempos marcados por guerras, desplazamientos forzados, autoritarismos y nuevas formas de violencia tecnológica, el filósofo y curador camerunés Bonaventure Soh Bejeng Ndikung propone abandonar la idea de la humanidad como un atributo asegurado y entenderla como una práctica cotidiana: algo que se ejerce, se construye y también puede perderse.
La exposición no busca ofrecer respuestas ni formular una definición única de lo humano. Por el contrario, invita a cuestionar las certezas históricas sobre las que se han levantado las categorías de pertenencia y exclusión, preguntándose quiénes han sido reconocidos como plenamente humanos y quiénes han debido disputar ese reconocimiento. Para el curador, esa reflexión adquiere una resonancia particular en Chile, un país donde la memoria, los pueblos originarios y las múltiples formas de exclusión siguen interpelando el presente.
La semilla de esta Bienal apareció mucho antes de que Ndikung aceptara asumir su curaduría. Mientras preparaba el proyecto leía Da calma e do silêncio, de la escritora brasileña Conceição Evaristo. Un verso quedó resonando en su memoria: “No todo viajero recorre caminos”. Aquella imagen terminó convirtiéndose en la columna vertebral de toda la exposición. Si existen múltiples maneras de atravesar el mundo, también existen múltiples maneras de practicar la humanidad. Ese desplazamiento —de la humanidad entendida como una esencia a la humanidad concebida como una acción— terminó orientando tanto la selección de artistas como el diálogo que la muestra propone establecer con cada territorio al que llega.
No es casual, entonces, que Santiago haya sido escogida como la primera sede internacional de esta itinerancia. Más que trasladar una exposición concebida para São Paulo, Ndikung buscó reunir obras capaces de dialogar con la historia chilena, con la memoria de la dictadura, con la cultura popular y con las distintas comunidades que habitan el país. “Queríamos situarnos dentro de este contexto específico”, explicó durante la inauguración. La Bienal, sostiene, solo cobra sentido cuando las preguntas que plantea encuentran nuevas respuestas en los lugares donde decide detenerse.
«El arte debe cuestionar aquello que creemos seguro»
—La Bienal gira en torno a la idea de la humanidad. ¿Qué significa hoy hablar de humanidad?
—El arte tiene la capacidad de ofrecernos visiones que quizá otras disciplinas no pueden proporcionar. Los artistas siempre han estado preocupados por las condiciones del mundo. James Baldwin decía que el papel del artista consiste en formular preguntas para respuestas que ya existen. Eso es exactamente lo que intentamos hacer: invitar a los artistas a plantear preguntas sobre la humanidad.
No queremos construir un discurso moralizante, pero sí abrir conversaciones sobre aquello que consideramos correcto o incorrecto. El arte es un espacio donde podemos debatir y cuestionar nuestras propias posiciones. Nos obliga a poner en duda la certeza de creer que nosotros tenemos razón y que los demás están equivocados.
Si estamos realizando un proyecto sobre la humanidad, también estamos preguntándonos qué entendemos realmente por “lo humano”. Porque cuando esa noción comenzó a formularse, durante el Renacimiento y la Ilustración en Europa, las mujeres no eran consideradas plenamente humanas. Los pueblos indígenas no eran considerados humanos. Las personas negras tampoco. Entonces, ¿sobre qué idea de humanidad estamos construyendo nuestras sociedades?
Las diferencias también construyen comunidad
Uno de los rasgos más distintivos de esta edición de la Bienal es la convivencia entre artistas provenientes de tradiciones culturales, lenguajes y geografías muy distintas. Lejos de buscar una identidad homogénea, Ndikung sostiene que la riqueza surge precisamente de aquello que diferencia a unos de otros.
—La Bienal reúne artistas de contextos muy diversos. ¿Qué criterios fueron fundamentales para construir ese diálogo sin diluir sus particularidades?
—Nunca quise diluirlas. Édouard Glissant escribe en Poética de la relación que las relaciones no se construyen a partir de las similitudes, sino de las diferencias. Son justamente esas diferencias las que nos permiten entrar en relación con los otros.
Una exposición funciona como un tejido. Si todos los hilos fueran exactamente iguales, perdería toda su riqueza. Son las distintas voces las que generan tensión, y la tensión es profundamente productiva.
Si froto mis manos, la fricción transforma la energía mecánica en energía térmica. Eso mismo ocurre en una exposición: la fricción entre distintas experiencias produce algo nuevo.
La misma lógica explica la selección de obras que llegó a Santiago. Durante la conferencia de prensa, Ndikung señaló que la muestra fue concebida para dialogar con la historia chilena, con sus pueblos originarios, con la memoria de la dictadura y también con aquellas historias que han permanecido invisibilizadas, como la presencia afrodescendiente en el país.
Chile leerá la Bienal desde su propia historia
—Santiago es la primera parada internacional de esta itinerancia. ¿Qué espera que ocurra cuando la exposición dialogue con el contexto chileno?
—Espero que muchas obras adquieran nuevos significados. El trabajo de Giovanni de Paola, por ejemplo, está profundamente ligado a Brasil, pero aquí puede dialogar con el folclore chileno y con figuras como Víctor Jara. Los símbolos son distintos, pero también sorprendentemente cercanos.
En sus obras aparecen animales que también forman parte de la cosmovisión mapuche. Me interesa mucho descubrir cómo el público chileno establecerá esas conexiones.
Lo mismo ocurre con las fotografías de Ernest Cole sobre el apartheid. Son imágenes que muestran la violencia de los sistemas dictatoriales y fascistas. En Chile también existen memorias visuales asociadas a la dictadura. Me interesa ver cómo las personas relacionarán esas obras con su propia historia y con su presente.
«Una bienal no debería preocuparse solo del arte»
Aunque la Bienal de São Paulo es una de las instituciones más influyentes del circuito internacional, Ndikung insiste en que su relevancia no depende del prestigio ni de la cantidad de visitantes.
—En una época en que las bienales proliferan en todo el mundo, ¿qué hace única a la Bienal de São Paulo?
—Una bienal no debería preocuparse solo del arte o de la política de la estética. También debería preocuparse por las personas que financian esas instituciones con sus impuestos, por los vecinos y por las comunidades que las rodean. Debe preocuparse por las condiciones del mundo.
La Bienal de São Paulo realmente cuida a los artistas. Es una de las pocas que les paga honorarios y que además produce y encarga nuevas obras. Mantiene la entrada gratuita para que cualquier persona pueda visitarla y desarrolla un programa de itinerancias que lleva la exposición a distintas ciudades de Brasil y luego a otros países como Chile, México o Alemania.
Pero quizá lo más importante sea la libertad que entrega a sus curadores. Cuando propuse desarrollar investigaciones en Marruecos, Guadalupe, Zanzíbar y Japón, recibí un apoyo absoluto. Esa confianza institucional es algo muy especial.
En un momento en que el debate público parece cada vez más dominado por certezas y posiciones irreconciliables, la propuesta de Ndikung apunta en la dirección contraria. No busca ofrecer respuestas concluyentes ni definir una nueva idea de humanidad. Propone, más bien, entender el arte como un espacio donde esa definición permanece abierta, en disputa y en constante construcción. Porque, como sugiere el verso de Conceição Evaristo que da nombre a la muestra, no todos los viajeros recorren los mismos caminos; tampoco existe una única forma de ser humanos.
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