CULTURA
Créditos: Carolina Riquelme
Científica que reescribió la historia del Niño del Cerro El Plomo: “La muerte no existe como un fin”
Una investigación internacional liderada por la antropóloga física Verónica Silva reconstruyó, mediante técnicas forenses, análisis isotópicos y tomografía computada, los últimos meses de vida del Niño del Cerro El Plomo y de las jóvenes de Cerro Esmeralda.
Durante más de 70 años, la explicación más aceptada sobre la muerte del Niño del Cerro El Plomo fue que había fallecido por hipotermia durante una ceremonia realizada a más de 5.400 metros de altura. Sin embargo, una investigación publicada en Science Advances propone una nueva interpretación, el niño murió producto de un traumatismo craneano provocado en el contexto de un sacrificio ritual de Capacocha.
La curadora del área de antropología del Museo Nacional de Historia Natural (MNHN) de Santiago de Chile, Verónica Silva Pinto reescribió la historia del Niño del cerro El Plomo, hallado intacto en 1954 en los Andes meridionales en la zona central de Chile.
Tras una investigación de casi 15 años y junto a un equipo internacional liderado por la Universitat de València (UV) el artículo, publicado en la revista ‘Science Advances’, “desvela dos misterios de la arqueología reciente”, subraya la institución académica en un comunicado.
La investigación “Peregrinaje hacia el sacrificio: mecanismos, causas y momento de la muerte en la Capacocha andina occidental del Tawantinsuyu meridional”, liderada por la antropóloga física, investigadora doctoral del Departamento de Prehistoria, Arqueología e Historia Antigua de la UV y Domingo C. Salazar-García, profesor titular del departamento y director de la tesis de Silva, reconstruye peregrinajes rituales de varios meses, sitúa a los tres individuos en el siglo XV y muestra que la Capacocha no fue solo una ceremonia de alta montaña, sino un proceso ritual estatal de larga duración, vinculado a la expansión política y simbólica del Tawantinsuyu en los Andes meridionales.
“La Capacocha es una de las ceremonias incaicas imperiales más importantes. Muchas veces se simplifica solamente como un sacrificio y no es así. Marcaba cambios de ciclo dentro del imperio, como el ascenso de un nuevo Inca o acontecimientos extraordinarios, por ejemplo un terremoto o un maremoto. En ese contexto elegían niños, niñas y mujeres jóvenes de distintas partes del Tahuantinsuyo porque iban a ser representantes de sus comunidades ante los dioses. El Inca elegía lo más preciado que tenía”, explicó Verónica Silva en conversación con El Mostrador.

Crédito: Museo Nacional de Historia Natural
Desde el hallazgo del Niño del Cerro El Plomo en 1954, a más de 5.400 metros de altitud, su muerte había sido explicada principalmente como consecuencia de hipotermia durante una ceremonia inca de alta montaña. Sin embargo, la tomografía computada y el análisis forense permitieron identificar evidencia compatible con un trauma craneal ocurrido en el contexto de un sacrificio ritual de Capacocha. A través de muestras de pelos, se cortó un centímetro, con eso, se pudo determinar cambios en la alimentación, el agua, de bebida y cambios geográficos.
Uno de los puntos de la investigación es la intención detrás de la postura en la que fue hallado el cuerpo. La posición sentada y “dormida” fue una construcción cultural meticulosa. Para los incas, este acto no era visto como un asesinato, sino como una transición hacia un rol superior.
“Esa posición en la que aparece sentado, que parece dormido, no es una posición natural, es una posición totalmente cultural, ellos quisieron ponerlo así. Lo que hay que entender es que para un andino, la muerte no existe como un fin, ellos no lo están asesinando. El niño iba a ser representante de su comunidad y el rol que iba a desempeñar en esa otra vida era mucho más relevante que el rol que desempeñaba en el resto de sus vidas. Los incas sabían perfectamente lo que estaban haciendo, es una zona del cráneo que permite una muerte muy rápida”, explica la investigadora.
“No solamente identificamos la lesión en el cráneo, sino que además reconstruimos el mecanismo de la muerte mediante análisis de elementos finitos. Pudimos comprender cuál era la fuerza y la energía que se necesitaban para producir ese efecto. Es la primera vez que esta metodología se aplica en un contexto de Capacocha y nos permitió demostrar que el niño sufrió un traumatismo encéfalo craneano cerrado”, agrega.
Un viaje hacia los dioses
La investigación no solo se centró en el momento de la muerte, sino en el extenso ritual previo de la Capacocha, una ceremonia imperial que marcaba hitos como cambios de ciclos, ascensos de nuevos incas o desastres naturales. Mediante el análisis de isótopos en muestras de cabello, los científicos pudieron mapear la alimentación y los movimientos geográficos de las víctimas durante sus últimos meses de vida.
“La Capacocha implica que elegían niños, niñas y mujeres jóvenes de distintas partes de todo el Tahuantinsuyo. Estos niños iban a ser representantes de sus comunidades ante los dioses. En el caso del Niño del Cerro El Plomo, su trayecto duró nueve meses. Los peregrinos eran recibidos por las poblaciones locales y se hacían ceremonias donde a través de la reciprocidad se compartían alimentos y bebidas. El niño probablemente se vino caminando la mayor parte del trayecto porque tenía durezas en los pies y los pies sumamente oscurecidos por caminar estos largos tramos”, explicó Silva.
La Capacocha fue una de las ceremonias más importantes del Tawantinsuyu o Imperio inca en quechua. En ella, niños, niñas y mujeres jóvenes eran seleccionados para ser ofrendados a las montañas sagradas o apus, en un proceso que vinculaba sacrificio, peregrinaje, poder político, religión y expansión imperial.
En el artículo también se reevalúa el caso de Cerro Esmeralda, donde investigaciones previas habían planteado que las dos jóvenes murieron por estrangulación. Sin embargo, las investigación de Silva, revela que las marcas observadas en el cuello son más compatibles con compresión producida por textiles o vestimenta, mientras que la tomografía computada mostró que los huesos hioides se encontraban preservados, en posición anatómica y sin fracturas ni desplazamientos. Al mismo tiempo, el estudio reconoce que la causa exacta de muerte no puede establecerse de forma concluyente debido a alteraciones ocurridas tras el hallazgo, autopsias y pérdida de algunas estructuras anatómicas.
La investigación integró tomografía computada, análisis bioantropológico y forense, dermatología, histología, modelamiento biomecánico, análisis de elementos finitos, isótopos estables y datación radiocarbónica. Además, el estudio fue financiado por el Fondo de Apoyo a la Investigación Patrimonial (FAIP) del Servicio Nacional del Patrimonio Cultural de Chile, a través del Museo Nacional de Historia Natural de Chile, y contó con la colaboración científica de instituciones nacionales e internacionales, entre ellas la Clínica Alemana de Santiago, el Instituto Max Planck de Antropología Evolutiva, en Alemania, y la Universidad de Bradford, en Reino Unido.

Crédito: Museo Nacional de Historia Natural
La historia tras la portada de Science
La investigación no solo se quedó en los laboratorios, dada su importancia llegó a la portada de la prestigiosa revista científica gracias al trabajo de la ilustradora Katiushka Loyola Romero, quien colaboró estrechamente con Verónica Silva para traducir los hallazgos forenses en una potente imagen narrativa. Lo que comenzó como un fotomontaje basado en imágenes reales del Niño del Plomo terminó convirtiéndose en una pintura digital, diseñada específicamente para cumplir con los estándares de la publicación científica.
“El diseño de esta ilustración en general fue planteado para que se pudiera utilizar en la revista. Comenzó como un fotomontaje con una foto real del niño y luego hubo modificaciones en la sombra del hombre que ejerce el ritual. Las posiciones de las manos del hombre adulto fueron modificadas porque, en la investigación, Verónica pensó al principio que había sido un golpe tipo golf, pero luego, con ayuda de un amigo experto en artes marciales, vieron bien cómo estaban posicionadas las manos a la hora de golpear. Fue un dibujo digital donde intenté que se notara la mancha y la línea, para que no se viera como una foto, sino como una pintura”, relata la ilustradora

Ilustración por @katukolores (IG)
Para la ilustradora, este trabajo tuvo un componente emocional profundo que trasciende lo profesional, vinculándose con su propia historia personal y su fascinación desde la infancia por la pieza arqueológica.
“Lo del Niño del Cerro el Plomo es algo que a mí me toca bastante porque cuando yo era niña me encantaba ver esa momia en el museo; luego me di cuenta de que era una réplica, y con Verónica tuve la oportunidad de ver la real y eso fue muy bonito. Fue impresionante descubrir que fue un ritual, un viaje de meses donde el niño sabía que era parte de un sacrificio. Ahora no lo entendemos, pero para él pudo ser algo importante y quizás ni siquiera tenía miedo. Demostrar este cariño que le tengo a la momia en un dibujo fue algo genial”.
Actualmente, aunque se dedica principalmente al arte con papel y armables antiguos a través de su proyecto Katukolores, Loyola destaca el valor de este cruce entre disciplinas, asegurando que, aunque la ciencia exige exactitud, es posible generar obras artísticas que respeten la verdad científica.
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