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Escritor Alfredo Benialgo: “Hemos perdido la fe por nuestra experiencia en gobiernos criminales” CULTURA Crédito: CONICET de Argentina

Escritor Alfredo Benialgo: “Hemos perdido la fe por nuestra experiencia en gobiernos criminales”

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Luis Valenzuela Prado
Por : Luis Valenzuela Prado Académico de la Universidad Andrés Bello.
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El autor argentino participará en el evento “República Negra. Festival de relato policial, negro y criminal”, encuentro que se realizará entre el 1 y el 3 de septiembre en Santiago.


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El escritor argentino Alfredo Benialgo llegará a Chile para participar en “República Negra. Festival de relato policial, negro y criminal”, encuentro que se realizará entre el 1 y el 3 de septiembre.

Allí presentará Desnuda (LOM, 2026), novela ganadora del concurso Puerto Negro 2025. Ambientada en la triple frontera, la obra sigue el encuentro entre el “Indio” Romero, un sicario habituado a la violencia, y Carmen Gamarra, una joven paraguaya marcada por secretos familiares.

En ese territorio hostil, la codicia de la familia Rearte desencadena una espiral de traición, venganza y crimen.

Escritura, género y referentes

– Alfredo, la novela negra suele moverse entre ciudades grises, ambientes opresivos y calles cargadas de amenaza. En Desnuda, en cambio, la tensión se desplaza hacia pantanos, zonas rurales y una frontera aislada. ¿Qué posibilidades te abrió ese cambio de escenario para jugar con los códigos del género?

– A mí me parece que decir “renovar” está bien y que podría agregarse “extender”. Hace poco vi una entrevista a Roberto Bolaño, en la que dice que es sano que los nuevos escritores hispanoamericanos sientan la necesidad de despegarse de nuestros grandes escritores, porque novelas como La invención de Morel de Bioy Casares o Pedro Páramo de Rulfo o El Astillero de Onetti o Cien años de soledad de Márquez, entre otras novelas extraordinarias, ya no se van a poder escribir más y, por lo tanto, tratar de hacerlo es un esfuerzo inútil que no va a resultar bien.

Creo que esa opinión es acertada y que lo que yo y otros escritores hacemos responde a esa manera de sentir. Tratamos de salir del formato clásico de policial negro, este es: ámbito citadino y detective con principios éticos y morales contrapuestos a los que reinan en sistemas fagocitados por la corrupción.

Creo que, a los escritores latinoamericanos especialmente, nos cuesta mucho imaginar a un héroe con una estructura moral lo suficientemente fuerte como para despegarse y constituirse en una excepción en las sociedades corruptas y decadentes que nos toca vivir.

Nuestra experiencia en gobiernos criminales y dictaduras sangrientas nos dificulta construir personajes con las características del detective clásico negro. Mucho me temo que eso se deba a que hemos perdido la fe. Creo que por eso los argumentos muchas veces se desplazan al corazón del hampa y los detectives o policías son personajes tanto o más criminales que los delincuentes que simulan perseguir.

En cuanto al desplazamiento de la narrativa hacia zonas rurales o pueblos del interior, me parece que responde un poco a la búsqueda estética de nuevos espacios geográficos que enriquezcan el relato, que le den nuevos colores, variadas maneras de hablar, costumbres particulares y paisajes diferentes. También responde a la identificación de esos lugares, en especial las zonas de frontera, como importantes núcleos de generación de criminalidad.

Pensemos en el contrabando de todo tipo, pero sobre todo en el narcotráfico y la participación de carteles internacionales de la droga. En Argentina las zonas fronterizas han sido históricamente lugares de grandes atrocidades no solamente debidas al contrabando, sino también a la utilización de mano de obra esclava. Menciono acá como ejemplo una vieja película llamada Las aguas bajan turbias, basada en la novela El río oscuro del escritor Alfredo Varela, cuyo argumento trata sobre la mano de obra esclava en la tala del lapacho en el norte de Argentina; otro ejemplo es el cuento Los mensú de Horacio Quiroga, que se posiciona en la explotación y miseria en los obrajes yerbateros. Estos temas fueron tradicionalmente tratados por la literatura más bien de carácter social. El policial negro hispanoamericano no tomó esto sino que copió el modelo norteamericano.

– Cuéntanos de tu trayectoria literaria y tus acercamientos al relato negro.

– Hasta el fallecimiento de mi mujer y madre de mis cuatro hijos en 2011 escribí solo cuentos. Recibí algunos premios, varios publicados en antologías con otros autores y tres colecciones de relatos propios: Calculando con Gloria, ¡Mamá Boom Boom tire ese avión! y Cuentos dañinos y maledetto amore.

Tengo publicadas cuatro novelas. La primera, Una mujer somalí, fue finalista del Premio Clarín-Alfaguara (2015). Luego siguieron El desierto de la melancolía en plena pandemia, Una mano para el Diez, ganadora del Premio Rama Negra-ATSA (2023) y finalmente Desnuda, que ganó el Concurso Puerto Negro (2025).

Mi acercamiento al género negro viene del cine y se fue acentuando con la lectura. No sólo escribo ficciones del género, pero en general, especialmente en las novelas, el argumento tiene siempre una trama donde hay algo oscuro qué descubrir. Eso me sale naturalmente.

– ¿Cuáles son tus referentes del género, en Argentina, Latinoamérica y en el mundo?

– No soy lector de género. Leo de todo un poco. No tengo referentes. Hay escritores que han escrito novelas que para mí pertenecen al género negro y que me gustaron mucho. Menciono en desorden a algunos: los chilenos Roberto Bolaño por varios de sus cuentos y las novelas Estrella distante y La pista de hielo y Sergio Gómez; los mejicanos David Toscana por El último lector y Vicente Leñero por Los Albañiles, los argentinos Lázaro Covadlo por su novela Bolero, Antonio Dal Masetto por Hay unos tipos abajo y Siempre es difícil volver a casa, Vicente Batista por Cuadernos del ausente. Bajo este sol tremendo, de Carlos Busquet, es una gran novela de frontera.

De los argentinos más nuevos Nicolás Ferraro por Ámbar, Marcelo Vallejos por Reclamar un cuerpo y Cristian Mitelman por Crítica de la razón nocturna. De habla no hispana: menciono al irlandés John Connolly, que incorpora lo sobrenatural a sus argumentos, y al sueco Stieg Larsson por su trilogía Millennium. Hay más, pero estos son los que recuerdo.

La violencia de Desnuda

– ¿Cómo conviven en Desnuda la violencia extrema y la venganza, con el amor como fuerza disruptiva?

– A mí me parece que conviven bien. El amor y el deseo sexual son cuestiones del instinto y se pueden reprimir pero no suspender. Se dan o no se dan. Yo no creo que un criminal esté libre de esos impulsos instintivos que son parte de la condición humana. Yo quise que hubiera una historia de amor en un ambiente hostil para el amor.

El Indio Romero, que más que un sicario en realidad es una suerte de CEO del cartel de Sonora, de pronto se enamora de Carmen, la Paraguayita, y ella se enamora de él. Romero sabe muy bien que eso es un riesgo pero lo asume. La Paraguayita es su punto débil, su talón de Aquiles, pero él, por amor afronta eso, corre el riesgo. 

– Al convertir a un sicario de un cártel en el protagonista, en lugar del clásico detective desencantado, se subvierte la brújula moral de la historia. ¿Cuáles fueron sus mayores desafíos al intentar construir la empatía del lector hacia el Indio Romero?

– Este punto es interesante y revelador para mí.

La razón por la cual el personaje de Romero no es un detective desencantado sino un miembro activo del hampa, lo planteé antes. No me atrae la idea de construir un personaje con las características del típico detective de la novela negra clásica, esto es: hombre desencantado del sistema en el que alguna vez creyó, muchas veces alcohólico, con cierto vuelo intelectual, algo excéntrico y aguantador de palizas descomunales.

Ese es para mí un personaje que se ha recreado demasiado, algunas veces en novelas tan buenas que es imposible escribir algo que se le parezca. En Hispanoamérica hay ejemplos de novelas muy buenas que han seguido ese modelo. Existen escritores que hoy en día escriben así y lo hacen muy bien. Pero no es mi caso. Yo me siento identificado con el criterio que explica Bolaño. Trato de que mis textos no repitan modelos, que salgan de ese lugar, que exploren, que eludan lo clásico y se extiendan.

Con respecto a la empatía de Romero, la verdad que no intenté construirla. Yo comienzo a escribir con una o dos ideas generales y luego me dejo llevar por la historia que voy relatando. No he recibido aún comentarios de Desnuda, porque todavía la novela no ha sido publicada. De todas maneras, se me ocurre que la empatía hacia Romero se puede deber al hecho de que sus acciones, por más brutales que sean, son para proteger a una mujer que carece de protección en un medio donde, precisamente, los que deberían protegerla están en el bando de los que la atacan.

– Los perros de la familia Rearte son descritos con una brutalidad casi mítica, pareciendo demonios que custodian a sus dueños. ¿Fueron concebidos como un elemento de terror físico en la trama, o como metáfora sobre el poder?

– Tu pregunta acierta en las dos cosas: los perros son para mí un elemento de terror físico y un símbolo del poder devorador de los más débiles. Considero a la figura de los perros en Desnuda como un símbolo polifacético de extrema violencia, de lealtad brutal y de un salvajismo que subyace en la civilización, que se encuentra latente en la condición humana.

A mí me gustó comenzar la novela con un sueño o pesadilla de la cual despierta súbitamente el Indio Romero: el sueño del perro muerto que, después de muerto, continúa en su función de guardián. Me pareció que esto daba un clima de presagio de la violencia que iba a venir.

Yo quería que la atmósfera del relato quedara envuelta en una sensación de ultratumba sombría, por eso los perros y la proximidad del pantano.

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