CULTURA
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A 110 años del rescate del piloto Pardo:una hazaña naval y humana
Su legado ocupa un lugar permanente en la memoria histórica de Chile y de la exploración antártica. El rescate fortaleció los vínculos de Chile con el territorio antártico, transformándose décadas después en una de las 7 naciones con reclamo de soberanía territorial en la Antártica.
La historia del rescate realizado por el piloto chileno Luis Pardo Villalón en la Isla Elefante constituye uno de los episodios más notables de la exploración antártica y de la historia naval de Chile. El 30 de agosto de 1916, hace exactamente 110 años, cuando el mundo se encontraba inmerso en la Primera Guerra Mundial, una pequeña embarcación de la Armada de Chile logró lo que varias expediciones internacionales no pudieron conseguir: rescatar con vida a los veintidós hombres de la Expedición Imperial Transantártica de Ernest Shackleton que permanecían desde hacía cuatro meses aislados en uno de los lugares más inhóspitos del planeta, soportando dramáticas condiciones de frío, hambre y aislamiento. Este acontecimiento no solo demostró la pericia técnica y profesional de los marinos chilenos, sino también valores como la solidaridad, el coraje y el compromiso con la vida humana.
El rescate de la Isla Elefante es mucho más que una operación naval exitosa. Representa el encuentro entre los intrépidos exploradores antárticos y la tradición marítima chilena. Asimismo, reveló cómo una nación distante de los grandes centros de poder mundial pudo desempeñar un papel decisivo en un episodio que hoy forma parte de la historia universal de la exploración polar.
La Edad Heroica de la exploración antártica
A fines del siglo XIX y comienzos del siglo XX se desarrolló lo que los historiadores han denominado la “Edad Heroica” de la exploración antártica. Durante este período, diversas naciones desarrolladas organizaron expediciones destinadas a explorar regiones desconocidas del continente antártico. La feroz competencia por alcanzar el Polo Sur y por ampliar el conocimiento geográfico y científico impulsó numerosos viajes cargados de riesgos.
La exploración de la Antártica, a comienzos del siglo XX, no se parecía a ninguna otra exploración en cualquier otro punto de la Tierra. No había feroces animales ni indígenas salvajes que cerraran el paso a los exploradores. El obstáculo esencial era puro y simple: vientos de hasta trescientos kilómetros por hora y temperaturas de hasta cincuenta grados bajo cero. La lucha se establecía entre el hombre y las fuerzas desatadas de la naturaleza, entre el ser humano y los límites de su resistencia. La Antártica era también un lugar excepcional por el hecho de que fue auténticamente descubierta por sus exploradores. Nunca vivieron allí pueblos indígenas, y quienes pisaban ese continente ignoto podían proclamar con sobrada razón y hasta con legítima soberbia que eran los primeros de la especie humana que proyectaban en él su sombra.
Iniciada en 1914 y terminada en 1917, es decir, durante casi toda la Primera Guerra Mundial, la expedición del Endurancefue, según la mayoría de los historiadores antárticos, la última de las expediciones polares de la Edad Heroica. Se comprende mejor el significado y la importancia de la travesía transantártica propuesta por Schackleton, si se tiene en cuenta el contexto de pruebas de heroísmo -y también de egotismo- que se dieron antes de ella. En realidad, la grandeza de Schackleton como jefe del Endurance debe mucho a los sufrimientos casi demenciales de sus anteriores expediciones antárticas. Su primera expedición fue la del Discovery (1901–1904), en que participó como tercer oficial bajo el mando del capitán Robert Falcon Scott y que constituye su primera experiencia en la Antártica. Llegaron muy al sur, pero Shackleton enfermo de escorbuto, con el amor propio herido y derrumbadas sus ilusiones de fama y fortuna, tuvo que resignarse a regresar a Inglaterra antes de tiempo. Luego vino la expedición del Nimrod (1907–1909), en que fue líder de la Expedición Antártica Imperial Británica, llegando a solo 180 kilómetros del Polo Sur geográfico, pero en un sorprendente acto de prudencia decidió regresar para salvar la vida de sus hombres.
La empresa de la Expedición Imperial Transantártica era extremadamente ambiciosa. El plan consistía en desembarcar en el mar de Weddell, todavía indómito, atravesar el continente antártico por tierra, cuyo recorrido se calculaba en 3.200 kilómetros, y avanzar hasta el mar de Ross, etapa en que serían esperados por el grupo de apoyo -que a su vez había salido de Sidney en el Aurora- y que avanzarían a través de la barrera de Ross y el glaciar Beardmore marchando al encuentro de la columna principal por la meseta polar. Sin embargo, las condiciones extremas del hielo antártico alterarían radicalmente el destino de la expedición y darían origen a una de las historias de supervivencia más extraordinarias de todos los tiempos.
El Endurance y el comienzo de la tragedia
El 8 de agosto de 1914, el Endurance salió de Inglaterra. Navegó hacia el sur, pasando por Madeira, Montevideo y Buenos Aires, donde cargaron provisiones durante dos semanas. El 26 de octubre, el Endurance, pintado de negro y debidamente abastecido, puso velas hacia el Atlántico Sur. La tripulación no se sentía muy tranquila al saber que las fuertes lluvias en Buenos Aires indicaban que el hielo no se había quebrado en el mar de Weddell. Como la mayoría de las expediciones de esta clase, el barco llevaba una mezcla de oficiales y científicos, por una parte, y marineros, por la otra. En las suyas, el comandante Scott había segregado a los dos grupos con estricto criterio naval, pero en la expedición del carismático Shackleton se prestaba escasa atención a las cuestiones de clase.
El Endurance llegó a la isla de San Pedro (hoy Georgia del Sur) el 5 de noviembre, envuelto en una neblina de ráfagas de nieve que ocultaban una costa irregular y escarpada. La reducida población de balleneros noruegos recibió calurosamente a los expedicionarios suministrándoles carbón y ropas. Nadie conocía mejor los mares por los que Shackleton pretendía navegar que aquellos hombres, quienes confirmaron los informes de Buenos Aires en el sentido de que aquel año el estado del hielo era extraordinariamente poco amigable para la navegación y que las placas de hielo se extendían más al norte de lo que nadie recordaba.
Luego de un mes, a la espera de un cambio en las condiciones del hielo, el 5 de diciembre de 1914 el Endurance levó anclas y el rechinamiento del cabrestante rompió el último vínculo que el grupo tenía con la civilización. Partió desde la bahía Cumberland de Grytviken con una tripulación descansada, deseosa de emprender la siguiente etapa del viaje. Durante las seis semanas siguientes, el Endurance se abrió un cauteloso camino hacia el sur, esquivando y rodeando placas y témpanos sueltos, atravesándolos ocasionalmente. Shackleton esperaba que manteniéndose más allá del límite oriental de la placa podría abrirse camino oblicuamente hacia su destino de desembarco: la bahía Vahsel. La táctica solo duró por un tiempo y pronto se vio obligado a adentrarse en la placa.
La configuración única del mar de Wedell representa un grave problema para los barcos. Se halla entre tres franjas de tierra: la hilera de las islas Sandwich del Sur, el continente antártico propiamente tal y el largo dedo de la península antártica al oeste. Una corriente impulsa lentamente el mar más o menos circular en el sentido de las agujas del reloj.
Al continuar su camino hacia el sur, el Endurance entró en campos de hielo cubiertos de nieve, y enormes témpanos de kilómetros cuadrados. Aquel mar lleno de peligros se extendía en todas direcciones hasta perderse la vista. Durante semanas avanzaron por la banquisa. Tuvieron que serpentear entre las masas heladas que, como tortuosas líneas defensivas, les obstaculizaban el camino y les impedía mantener una dirección fija.
El último día de diciembre lograron por fin cruzar el Círculo Polar. Lo habían logrado. Habían salvado el obstáculo y ahora tan solo tenían que dirigirse a toda máquina en dirección sur. En menos de un día recorrieron más de 200 kilómetros, una distancia similar a la que habían hecho en toda la semana anterior. Pero pronto la euforia desapareció; los hielos volvieron a bloquear su camino y de nuevo comenzó la odisea de tratar de encontrar un paso entre aquella masa impenetrable, lo que en definitiva resultó imposible. En total hicieron alrededor de mil millas hasta el 19 de enero de 1915, cuando el barco quedó totalmente atrapado por el hielo. La placa se movía con ellos ahora hacia el norte, en paralelo a la península antártica.
Lo primero que hizo Schackleton fue establecer una rutina diaria para mantener a sus hombres activos en cuerpo y mente. Eso fue, básicamente, lo que salvó a los expedicionarios del desastre y la locura. Durante meses el barco permaneció inmovilizado. La presión ejercida por las masas de hielo fue aumentando progresivamente hasta provocar daños irreparables en el casco. El barco no podía más: las planchas comenzaron a romperse, las costuras a agrietarse y el casco a hacer agua. Finalmente, en noviembre de 1915, el Endurance se hundió.

Arrastrando los botes sobre los trineos. Crédito: Cedida
La pérdida del barco dejó a Shackleton y sus hombres en una situación desesperada. Sin posibilidad de continuar la expedición y lejos de cualquier asentamiento humano, debieron sobrevivir sobre el hielo flotante. A pesar de las enormes dificultades, Shackleton logró mantener la disciplina y la moral de la tripulación. Su principal objetivo ahora era salvar la vida de todos sus hombres. La supervivencia dependía de encontrar tierra firme, y con ese objetivo en mente les anunció su plan: marcharían arrastrando sobre trineos los tres botes que había logrado salvar del hundimiento, avanzando hacia el noroeste en dirección a la isla Paulet, cerca del archipiélago Joinville, donde se hallaba la cabaña de piedra en la que la expedición sueca de Otto Nordenskjöld había invernado tras el colapso de su barco en 1904, y donde se suponía había un depósito de provisiones.
Tenían por delante 350 millas, pero ya no sobre una superficie lisa, sino llena de crestas de presión y de témpanos que habían sido escupidos hacia arriba en todos los ángulos posibles, de manera que un grupo tenía que ir adelante abriendo camino a quienes, con un esfuerzo sobrehumano, arrastraban los botes sobre los trineos. A estas alturas Schakleton se dedicó por completo al único gran problema que lo angustiaba: hacer llegar al grupo a tierra sin contratiempos. Después de celebrar la Navidad, continuaron hacia la isla Paulet arrastrando sobre los trineos al James Caird y al Dudley Docker, pues habían decidido abandonar al Stancomb-Wills. Los botes eran todo un lastre para el avance, pero sin ellos no tenían ninguna posibilidad de salir con vida.
El estado del grupo era extraordinariamente lamentable. Pasaban frío. Estaban completamente sucios. El ánimo de alguno comenzaba a vacilar, pero Schackleton permanecía exteriormente imperturbable, siempre dando confianza al grupo. A finales de marzo se despidieron de la posibilidad cierta de alcanzar la isla Paulet. Además, los invadía el miedo de que el hielo no rompiese a tiempo y de que la deriva acabase alejándolos de la península antártica, hasta la zona de mar abierto donde indudablemente perecerían en medio del mar más tempestuoso del planeta.
Después de decir adiós a la idea de llegar a la isla Paulet y desvanecerse la posibilidad de alcanzar la isla Decepción, la única esperanza ahora era alcanzar una de las dos islas más orientales del grupo de las Shetland del Sur: isla Clarence o isla Elefante. Al amanecer del 7 de abril avistaron la primera, y más tarde los acantilados de la segunda aparecieron un poco al oeste. Por fin el hielo comenzó a romperse y pudieron empezar a utilizar los botes avanzando uno detrás de otro remando y a vela durante casi una semana, sin apenas dormir ni descansar, con las ropas heladas, los labios rotos, las bocas hinchadas por la sed, las barbas blancas de hielo y las manos reventadas por las ampollas.
La Isla Elefante: aislamiento extremo
Así avanzaron hasta que una mañana divisaron a lo lejos la isla Elefante, un territorio remoto ubicado en el extremo norte de las islas Shetland del Sur. La bruma era tan espesa que los botes se vieron de repente al alba de aquel 15 de abril de 1916 bajo los impresionantes acantilados de la isla. Después de bordear el peñascoso litoral a través de una espesa niebla, divisaron una estrecha cala y la tomaron. No habían pisado tierra desde el 5 de diciembre de 1914, hacía 497 días. Habían ido a la deriva por unas 650 millas, durante nueve meses, sobre un hielo que tenía su propia vida, pero que también transportaba el riesgo inminente de la muerte.
Con su cámara de bolsillo, el fotógrafo de la expedición Franck Hurley registró la escena de la llegada y también la primera “comida” en la isla Elefante. Levantaron enseguida las tiendas, comieron unos filetes de foca que cocinaron en la cocinilla de Hurley, y cayeron muertos de cansancio. Solo Dios sabe si en semejantes condiciones se es capaz de soñar, pero cuando despertaron, la inhóspita isla Elefante todavía estaba allí, con toda su crudeza.
La llegada a la Isla Elefante constituyó un alivio momentáneo, pues la situación seguía siendo brutalmente crítica. La isla no era más que un peñón agreste y se encontraba fuera de las rutas habituales de navegación. Las condiciones climáticas eran extremadamente severas. Los fuertes vientos, las bajas temperaturas y la presencia constante de hielo hacían prácticamente imposible la supervivencia a largo plazo. Los expedicionarios improvisaron refugios utilizando botes volcados y materiales disponibles.
Los hombres estaban desmoralizados hasta el punto de desatender su propio equipo, y entonces Shackleton les comunicó el día 20 de abril de 1916 que un reducido grupo de cinco de sus mejores hombres -Frank Worsley, Tom Crean, Harry McNish, Timothy McCarthy, John Vincent- partiría enseguida a sus órdenes en el James Caird hacia la estación ballenera de la isla Georgia del Sur, a unas 870 millas. Era a todas luces un viaje improbable: navegar 1300 kilómetros en un miserable bote de 7 metros de eslora por los mares más tempestuosos del planeta con un sextante, una cocinilla, y un cronómetro que no valdrían gran cosa bajo un cielo casi siempre encapotado, y encima acertar con el lugar de destino sin pasarlo de largo, lo cual, si llegaba a suceder, sería fatal pues serían arrojados al mar abierto a una muerte segura. Pero quedarse sin hacer nada le pareció imposible, y cuando se ha eliminado lo imposible, lo improbable, por improbable que parezca era la única solución. Quizás lo más lógico hubiera sido pasar el invierno en la isla Elefante y esperar la llegada de la primavera para intentar alcanzar la isla Decepción y las estaciones balleneras que allí operaban. Sin embargo, Schackleton decidió que lo mejor para la devastada moral de los hombres era actuar ya.
Los veintidós hombres que permanecerían en la isla dependían completamente de la posibilidad de que Shackleton encontrara ayuda. La incertidumbre era enorme. El tiempo corría en su contra y cada día aumentaba el riesgo de enfermedades, accidentes o agotamiento físico y psicológico.
Es cierto que el Cabo de Hornos estaba más cerca, pero era suicida intentar cruzar el Mar de Drake hasta allí o hasta las islas Falkland por aquellos mares de continuos temporales del noroeste, más aún en el mes de mayo. Eligieron dirigirse a la isla Georgia del Sur, que estaba a mayor distancia, pero era la más accesible dadas las condiciones generales de vientos y corrientes del oeste.
La travesía de Shackleton en busca de ayuda
Consciente de que permanecer en la isla equivalía a una condena lenta, Shackleton y su equipo se hizo a la mar el 24 de abril. Mac Neish, uno del grupo, escribió: “Nos despedimos de nuestros compañeros y zarpamos para nuestro viaje de 870 millas a la Isla Georgia del Sur, a fin de conseguir socorro. La partida fue a las 12.30 y a las dos de la tarde llegamos a una faja de hielo a través del cual conseguimos pasar más o menos en una hora. Una vez que la pasamos, nos encontramos en mar abierto, mojados hasta los huesos, pero felices a pesar de todo”.
¡Pronto se esfumarían esos breves instantes de felicidad!

El James Caird zarpa en busca de ayuda. Crédito: Cedida
Los primeros días fueron una constante penuria, durante la cual se les fueron presentando, una tras otra, las infinitas calamidades que constituían la vida de seis hombres a bordo del estrecho bote. Los libros de navegación, los sacos de dormir y hasta las almas de esos hombres estaban mojadas. En esas condiciones eran pocas ya las ocasiones en que pensaban en Georgia del Sur. La lucha era del minuto, del presente. Y los días transcurrieron en ese homérico combate: 25, 26, 27, 28 y 29. A las constantes lluvias, se sumó la acumulación de hielo en el bote, que obligaba a golpear todo para destruirlo. Más tarde advirtieron que el barril con agua dulce se había contaminado con agua salada. Si no llegaban pronto, todo estaría perdido. La sed empezaba a hacer presa de ellos.
En medio de una furiosa tempestad fueron acercándose a la isla, sin poder desembarcar. Hasta que ya casi al borde de la fatiga, lograron pisar tierra firme el 10 de mayo de 1916. Las corrientes los habían depositado en la parte sur de la isla, en las antípodas de las instalaciones balleneras, lo que los obligaba a atravesarla, algo que jamás ningún ser humano había realizado hasta la fecha. Era imposible volver al mar para rodear la isla, pues en las maniobras de desembarco y durante la noche, el bote había perdido el timón y se hallaba seriamente averiado. Aunque Shackleton sabía que el terreno rocoso y cubierto de nieves y hielos era casi imposible de atravesar, no tenía otra alternativa. Dejó a tres hombres en el lugar y él junto a los dos restantes, Worsley y Crean, se lanzó a la peligrosa misión de cruzar la isla, algunos de cuyos picos, con formas de dientes de serrucho, se elevan sobre los 3.000 metros de altura, atravesando montañas y ventisqueros abruptos, que se precipitan en un verdadero caos al Océano Austral.
Después de mil penurias, pues no tenían siquiera zapatones para el hielo, ascendiendo y descendiendo ventisqueros y cumbres nevadas, una y otra vez, caminando incluso durante la noche, a la mañana del día siguiente, desde una cumbre, pudieron contemplar la bahía de Puerto Husvik donde se encontraba la estación ballenera. A las siete de la mañana oyeron el pitazo que convocaba a los balleneros al trabajo; era el primer sonido de un instrumento humano exterior que oían desde 1914. Habían pasado cuarenta horas caminando y su agotadora marcha llegaba a su fin.
Comenzaba ahora para Schackleton la enloquecedora serie de frustrados intentos de rescate durante más de tres meses. El “pack” que rodeaba a la isla Elefante, el “segundo anillo de los dioses”, se había cerrado y no dejaría que ningún buque que no fuese el elegido llegara a rescatar a los sufridos náufragos atrapados en la prisión de hielo.
Los fallidos intentos de rescate
El 22 de mayo, en el buque ballenero Samson, Worsley procedió a rescatar a los tres hombres (Mc Carthy, Mac Neish y Vincent) que habían quedado en el otro extremo de la isla y traerlos a la estación ballenera de Stromness, desde donde serían repatriados a Inglaterra. Aprovechó para remolcar también el bote James Caird, que fue tratado como una reliquia de gran valor por los balleneros y finalmente devuelto a Inglaterra. Tres británicos retornaban a la patria, mientras otros tres lucharían con sus vidas para salvar las de sus 22 compañeros aislados en la isla Elefante.
El regreso a la Isla Elefante resultó mucho más complejo de lo previsto. Las condiciones de hielo impedían aproximarse con seguridad. Shackleton participó en varios intentos de rescate utilizando distintas embarcaciones.
El primer intento de rescate fue con el ballenero de vapor Southern Sky desde Stromness, pero tuvieron que dar vuelta al encontrarse con la impenetrable placa. Luego fueron a las Falklands en búsqueda de un barco más sólido. Desde Port Stanley enviaron mensajes de ayuda por telegrafía sin hilo, aunque Inglaterra estaba metida de lleno en la Gran Guerra y no iba a distraer recursos navales en rescatar 22 náufragos perdidos en el fin del mundo. Desde Port Stanley se pidió ayuda al gobierno de Uruguay, que accedió a enviar el Instituto de Pesca N° 1, un buque hidrográfico y de investigación. Desafortunadamente, y como en el peor de los presagios, este segundo intento de rescate que comenzaría el 10 de junio de 1916 no tendría éxito. Tal y como Shackleton escribió en su diario, a menos de veinte millas de la isla encontraron una barrera de hielo que resultó impenetrable. Ante el intento de Shackleton de atravesarla, el hielo respondió capturando el barco, con lo que tuvieron que dar marcha atrás para salir de un atrapamiento cuyas fatales consecuencias conocían perfectamente. Las condiciones climatológicas y la limitada reserva de carbón que tenían le hicieron regresar a puerto, pese a que podían divisar perfectamente la isla por la banda de estribor.
Luego de este nuevo fracaso, la fortuna hizo que llegara a las Falklands el buque correo Orita y el 1 de julio, Shackleton, Worsley, Crean y Bowers, un pasajero kelper, se embarcan en Port Stanley rumbo a Punta Arenas. Los acompañaba un pasajero que resultaría providencial en los esfuerzos futuros: el almirante Joaquín Muñoz Hurtado, de paso por las islas después de haber cumplido un periodo al mando de la misión naval de Chile en Londres, y que asumiría próximamente como Director General de la Armada.
Shackleton llegaba a Punta Arenas dos meses y medio después de haber zarpado de Elefante en el débil James Caird, hacia Georgia del Sur. A través de cada fracaso de aquellos desesperados intentos de salvamento, su ansiedad se había intensificado a tal punto que su lugarteniente escribió, en su diario de vida, que jamás lo había visto tan agitado como entonces.
Al llegar a Punta Arenas, impulsado por su instinto y su experiencia de marino mercante, comprendió que había acertado en su elección. En las dos últimas décadas del siglo XIX y en las primeras del XX, la ciudad austral gozaba aun de una prosperidad desbordante. Sus colonos europeos; el desarrollo de la explotación ganadera y ovina desde que la corbeta Chacabuco trajo en 1876 desde las Malvinas las primeras 400 ovejas compradas por Henry Reynard; el comercio y la navegación, en una época en que aún no se había inaugurado el Canal de Panamá, eran algunos de los factores que habían transformado el remoto presidio de antaño en un centro de prosperidad.
Además, allí había una gran colonia británica y quería intentar algo. A sus compatriotas no les fue difícil recaudar enseguida la cifra de 1500 libras para montar una tercera expedición de rescate. En cuestión de días alquiló la pequeña goleta Emma, que parecía reunir las características buscadas: era de madera de roble, llevaba motor auxiliar de petróleo y tenía fama de ser buena navegando.
Por otro lado, el gobierno chileno le ofreció uno de sus barcos, la Yelcho, que por la potencia de sus motores podría remolcarlos todo el estrecho de Magallanes e incluso adentrarles en el mar Austral; de hecho, había sido construido en Gran Bretaña como remolcador, aunque después había sido utilizado como ballenero y en esos momentos estaba realizando actividades oceanográficas.
El 12 de julio de1916 salieron de Punta Arenas. Atravesaron a remolque las solitarias aguas del Estrecho de Magallanes y se adentraron en los turbulentos mares australes, hasta alcanzar una zona de vientos favorables y, con las velas desplegadas, la goleta pronto cogió mayor velocidad que la Yelcho, momento en que se separaron. Durante varios días la Emma navegó hacia su destino, pero de repente, cuando todavía le separaban casi 200 kilómetros de isla Elefantes, el mar de hielo, como ya había ocurrido las otras veces, les cerró el paso. Por tercera vez tuvo que dar la más triste de las órdenes, la de regresar sin haber cumplido la misión.
Comunicó al gobierno chileno el fracaso con la goleta y le pidió que volviera a enviar la Yelcho para remolcarlos hasta Punta Arenas, donde llegaron el 14 de agosto. Una vez más acudió a las autoridades chilenas para rogarle que le volviese a prestar la Yelcho. Había constatado que era un barco muy marinero [fácil de maniobrar, no tiene tendencia a volcar y con el que se puede sacar partido de los vientos, las olas y las corrientes marinas]; y que tenía una tripulación bien entrenada y dispuesta a todo. Puede parecer que no tenía sentido intentar un cuarto rescate; además la Yelcho tenía el casco de acero y, aunque Shackleton se comprometió a no meterlo entre los hielos, no dejaba de ser una temeridad poner en peligro el barco y a su tripulación.
El viaje de la Yelcho hacia el rescate definitivo
El 9 de junio de 1916 el gobierno británico instruyó a su representante en Santiago a fin de que intercediera en nombre de Shackleton y obtuviera el empleo de la escampavía Toro de la Armada de Chile. El legendario Toro, que había escoltado al vapor Bélgica del comandante belga Adrien de Gerlache en 1899 por los canales del sur, a su regreso de la Antártica, no estaba en condiciones de navegar ni podía ser reparado en menos de quince días. Desde el ministerio de Relaciones Exteriores se consultó al Director General de la Armada acerca de la disponibilidad de las escampavías Huemul y Cóndor. Ninguna de ellas se encontraba en la región austral y en el territorio de Magallanes no había sino tres naves, el Meteoroque había dejado el servicio, la escampavía Yáñez y la escampavía Yelcho. Tampoco fue posible obtener el ballenero Almirante Goñi, de 86 toneladas, de la Sociedad Ballenera de Magallanes. En este escenario Shackleton insistió en solicitar la Yelcho y lo hizo por diversos conductos para asegurar su éxito: la Legación Británica, el Gobernador de Magallanes y a aquel amigo que conociera en el Orita, el almirante Joaquín Muñoz Hurtado, ahora Director General de la Armada. Hay dudas respecto de quién en definitiva inclinó la balanza en favor de la Yelcho, si bien el jefe del Apostadero contraalmirante Luis Vitalicio López y otros influyentes de la zona obtuvieron sin dificultad que el almirante Muñoz Hurtado, quien ya había recibido un telegrama directo de su amigo Shackleton, impartiera la instrucción definitiva de zarpe a la Antártica de la Yelcho, al mando del piloto Luis Pardo Villalón.
Antes de zarpar desde Punta Arenas hacia las aguas antárticas, Pardo escribió una carta a su padre que reflejaba su determinación: “Aunque la misión es difícil, arriesgada y llena de peligros, no he vacilado en aceptarla, entre otras consideraciones, porque es humanitaria (…) Si salgo avante, habré cumplido con mi deber, como hombre, como marino y como chileno. Esa sería mi gloria”.
El 25 de agosto volvieron a salir en dirección a isla Elefante. Llevaban la cubierta llena de carbón para poder permanecer el mayor tiempo posible a la espera de que el mar de hielo se abriese, pero no hizo falta esperar. En aquella ocasión el tiempo pareció favorecerles y la pequeña Yelcho avanzó a gran velocidad hacia el sur. Cuatro días después se encontraba a 150 kilómetros de la isla y todavía no se habían topado con el mar de hielo, pero entonces la temperatura bajo a 10° bajo cero y la niebla volvió a rodearlos. Siguieron adelante durante toda la noche temiendo toparse en cualquier momento con ese impenetrable frente de hielo, pero salvo pequeños roces con algunos témpanos no tuvieron mayores sobresaltos.
Entretanto, después de la partida de Shackleton, y a pesar del extraordinario liderazgo de Frank Wild y la cuidadosa planificación para administrar y mejorar las condiciones de vida de los náufragos de Elefante, éstas se fueron tornando gradualmente precarias y primitivas. Ya no había tabaco y los alimentos eran cada vez más escasos. Filtraciones subterráneas habían inundado el suelo y el bote invertido que les servía de vivienda se había transformado en un lugar inmundo.
Todos padecían debilidad, dolores y hambre. A fines de julio de 1916, la ansiedad de aquellos hombres tan largamente sofocada se hizo insoportable y, a cada instante, más difícil de disimular. Uno de ellos, el fotógrafo Frank Hurley, escribió en su diario de vida, el 30 de julio, las siguientes impresiones:
EL día de hoy se me antoja particularmente monótono. Los enormes acantilados que nos rodean y nos encierran en los limitados confines del cabo Wild, se nos aparecen en medio de la niebla cual muros de una prisión, tan siniestros como inaccesibles.
Por ahora, nuestro ejercicio es pasear arriba y debajo de la reducidísima extensión de la playa, o escalar el promontorio del vigía y escrutar el horizonte de busca de una vela, un mástil o una columna de humo que no llegan.
Esperamos con enorme ansiedad el mes próximo, durante el cual debiera llegarnos el soñado socorro…si es que llega. Se cansa uno de estar calculando continuamente los días transcurridos desde la partida del Jefe y de tratar de adivinar cuánto tardará el barco que venga a socorrernos.
En distinta medida, a todos les ocurría lo mismo. Sin embargo, se mostraban reacios a insinuar la posibilidad que el bote de Schackleton se hubiese hundido o extraviado en la vastedad del Océano Austral. Pero era demasiado el tiempo transcurrido y una duda atroz horadaba sus pensamientos. Hacía ya 99 días que el Jefe se había ido, llevándose consigo la vacilante lumbre de las esperanzas…y parecía ganar terreno en sus espíritus la silenciosa convicción de que seguían aguardando algo que jamás se materializaría.
En este ambiente, la cruel incertidumbre incubaba el demonio de la desesperanza. Transcurrieron pausados los días, hasta llegar al 30 de agosto de 1916. La jornada comenzó con la misma rutina de los días precedentes. Antes del mediodía densos nubarrones cubrieron el cielo azulado y el escenario se ensombreció. Fueron subiendo por turnos a la cima del promontorio que les servía de atalaya y comprobaron, una vez más, que no se divisaba barco alguno en el horizonte.
Poco después del mediodía, en silencio y desganados, se reunieron a comer lo poco de que disponían pues hasta los pingüinos escaseaban. Todos, menos uno que prefirió a subir al promontorio para tomar unos apuntes a lápiz. Era el artista Marston.
Minutos después oyeron sus pasos. A grandes zancadas corría casi despeñándose por la senda. Cruzó nerviosamente algunas palabras con el jefe del grupo y los demás escucharon a Frank Wild preguntar:
“¿No será mejor que enviemos algunas señales de humo?”
Un silencio descendió sobre el círculo de hombres que se miraron unos a otros estupefactos. De inmediato comprendieron de qué se trataba y antes que hubiese tiempo para una respuesta, corrieron atropellándose unos a otros hacia la vivienda a ponerse las botas, dejando olvidada la comida.

30 de agosto de 1916: el día del rescate. Crédito: Cedida
A media milla de la costa, podían ver claramente un pequeño navío. Se dirigía ahora hacia la playa. Continúo aproximándose hasta unos centenares de metros y luego se detuvo. Los hombres de tierra vieron cómo se arriaba un bote y en él se embarcaban seis hombres. La excitación en la isla era tan intensa que los hombres reían o sollozaban inconteniblemente, mientras se abrazaban o saltaban sobre la arena y las piedras de la playa.
Mientras tanto, a bordo de la escampavía Yelcho, el primer oficial Luis Aguirre escribía con nerviosos trazos en la bitácora: “11.30. Se llega a Isla Elefante. Se arría chalupa grande tripulada con cuatro hombres, sir Ernest Shackleton y Tom Crean. Va a la isla regresando a los 15 minutos con 12 de los náufragos. Antes de llegar avisa sir Ernest Shackleton que no hay novedad en su gente y la tripulación contesta con ¡hurras! A los cuales responden los náufragos con grandes vivas a Chile, a la Yelcho y a su comandante. Vuelve a regresar la chalupa a tierra a recoger el resto de la gente, regresando a las 2.15 PM. Inmediatamente se hiza la chalupa, a mano, apegando a la tira todos los náufragos que se demuestren en buena condición”.
Una de las mayores hazañas de rescate realizadas en los mares antárticos: escrita con la misma sobriedad con que se había efectuado, sin alardes, con sencilla claridad, con el sello de la Armada y el carácter de su gente.
No hubo tiempo para festejar encuentros al momento del rescate, tenían que salir de allí antes de que el mar de hielo pudiese rodearlos. Una vez todos a bordo del buque, el comandante Pardo Villalón ordeno zarpar, poniendo proa rumbo al norte. Shackleton no había tiempo ni para acercarse al refugio donde sus hombres habían sobrevivido. Ellos eran lo importante y por fin los tenía consigo sanos y salvos. El momento más delicado estaba superado.
Epílogo
La noticia del rescate liderado por el piloto Luis Pardo tuvo una repercusión mundial. En una época marcada por conflictos bélicos y tragedias humanas, la historia ofrecía un ejemplo inspirador de solidaridad y valentía. El rescate de los sobrevivientes de la Expedición Imperial Transantártica en la Isla Elefante constituye una de las páginas más brillantes de la historia marítima mundial. Aunque la figura de Ernest Shackleton ocupa un lugar central en la narrativa de supervivencia antártica, el desenlace exitoso no puede comprenderse sin la participación decisiva de Luis Pardo Villalón, la tripulación de la Yelcho y la Armada de Chile.
La operación realizada el 30 de agosto de 1916 representó una combinación excepcional de habilidad náutica, liderazgo y compromiso humanitario. En condiciones extremadamente adversas, un grupo de marinos chilenos logró rescatar a veintidós hombres que parecían condenados al aislamiento y al sufrimiento eternos.

La escampavía Yelcho. Crédito: Cedida
Más de un siglo después, la hazaña sigue siendo recordada como un símbolo de coraje y cooperación internacional. El nombre de Luis Pardo permanece asociado a una misión que trascendió fronteras y que demuestra cómo la determinación humana puede imponerse incluso en los entornos más hostiles del planeta. Su legado ocupa un lugar permanente en la memoria histórica de Chile y de la exploración antártica. El rescate fortaleció los vínculos de Chile con el territorio antártico, transformándose décadas después en una de las 7 naciones con reclamo de soberanía territorial en la Antártica.
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