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Hacia una ciencia nacional Opinión Archivo

Hacia una ciencia nacional

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Hugo Herrera
Por : Hugo Herrera Abogado y profesor de Filosofía y Teoría Política. Universidad Diego Portales y Universidad de Valparaíso. https://orcid.org/0000-0002-4868-4072
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En un mundo alterado por avances y cambios inusitados, renunciar a formar capacidades estratégicas, más que neutralidad, es resignarse a que otros produzcan nuestro futuro y que Chile quede condenado a comprometer, cada vez más, su soberanía.


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En 1912 Francisco Antonio Encina, un humanista de fuste, dirigió una crítica certera a la educación chilena: formaba en profesiones liberales y especulación, copiando modelos europeos, mientras relegaba la instrucción técnica, el gusto por transformar la materia y las destrezas consecuentes.

En un pueblo muy joven como el nuestro, forjado de la unión heterogénea de esforzados puñados de españoles y aborígenes que se hallaban entre la piedra y los metales, no eran las fuerzas de la especulación sino los poderes de transformación los más comúnmente repartidos.

Más de un siglo después, la falla persiste. El pueblo es sustancialmente el mismo. La educación continúa fuertemente orientada a la especulación antes que a la transformación. Incluso en la enseñanza técnico-profesional, no es inusual que institutos y centros técnicos se limiten a instruir a sus alumnos en disciplinas “de tiza y pizarrón”, lejanas a toda tecnología, no más que simplificadas y abaratadas respecto de las universidades.

Todos los saberes son necesarios. Algunas humanidades, en Chile, son incipientes o de nivel lamentable. A las principales se las debe fortalecer, pues son la autoconciencia nacional. Una nación que trabaja sin comprender se vuelve mecanismo.

También hay que reparar en que una cultura que especula y no transforma su realidad entrega a otros su destino.

Chile conserva una desconexión entre saber, innovación y producción. Superarla exige ingenio aplicado en áreas que nos catapulten a niveles de despliegue inusitados: en energías limpias, minería sustentable, alimentos y tecnologías, agua, urbanismo y ocupación del territorio, que rehagan la vida común.

En ese contexto cabe entender las bases del Fondecyt Postdoctorado 2027, que definen 10 áreas prioritarias, que contarán con un 70% de los recursos. El modo en que fue comunicado el asunto es cuestionable y cómo se aplicará genera incertidumbre. En decisiones tan relevantes se ha de incluir a la comunidad académica y productiva.

Con todo, afirmar que el diseño debilita necesariamente a las humanidades y ciencias sociales es, a esta altura, exagerado. Con un 30% para proyectos no prioritarios, los resultados no debieran alejarse drásticamente de lo que ha sido tradicional en concursos anteriores. Más aún, parte de las ciencias sociales compite dentro de las áreas prioritarias.

Los datos comparados debilitan la tesis de una marginación. En 2024, humanidades y ciencias sociales obtuvieron el 25,5% en las becas Humboldt (Alemania), programa que incluye a investigadores postdoctorales y experimentados. En las becas postdoctorales Marie Skłodowska-Curie (Francia) 2024, esas áreas representaron 22,94%. Participaciones de entre un cuarto y un tercio son consistentes con sistemas avanzados. Las bases chilenas no fijan un techo menor.

Se dice que las áreas estratégicas deben financiarse con fondos nuevos. Esta es, ciertamente, la dirección en la que se ha de avanzar. Chile tiene que multiplicar por cinco, por ocho, por 10, lo que gasta en ciencia y tecnología si quiere cumplir metas razonables en investigación y desarrollo. ¡La discusión no puede centrarse en cuantas becas más o menos se entregan en un programa específico de la ANID! El asunto decisivo es si este Gobierno será el que por fin invertirá seriamente en ciencia y tecnología o nos mantendrá en disputas como la actual, por la repartición de migajas, como ocurrió bajo Boric, pese a la grandilocuencia frenteamplista.

Hoy somos incapaces de tomar las riendas de nuestros recursos y asumir su elaboración. Por eso, las prioridades investigativas tienen que convertirse en política de Estado: acordada entre sectores amplios, que perdure por períodos largos, fundada en evidencia y revisada según criterios comúnmente aceptados. Dentro de los énfasis concordados han de reinar, asimismo, la más completa libertad académica y la iniciativa de las comunidades. El Estado puede señalar problemas; no dictar métodos ni resultados.

La orientación sin libertad esteriliza la inteligencia, pero la libertad sin ninguna orientación termina reproduciendo inercias, lo que en un país de baja complejidad transformadora es gravísimo. Una política madura sostiene ambas.

En un mundo alterado por avances y cambios inusitados, renunciar a formar capacidades estratégicas, más que neutralidad, es resignarse a que otros produzcan nuestro futuro y que Chile quede condenado a comprometer, cada vez más, su soberanía.

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.

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