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Benjamín Escobedo, autor: “Hay redes que los cuicos son incapaces de construir” CULTURA Crédito: gentileza del autor

Benjamín Escobedo, autor: “Hay redes que los cuicos son incapaces de construir”

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El escritor conversó con El Mostrador sobre su primera novela “A ratos me reconoces”, publicada por La Pollera y que narra la historia de Camilo, un adolescente homosexual de Conchalí, que cuida de su abuela con demencia y se enamora de un compañero de liceo.


El Mostrador Fuente Preferida

Una novela que sigue a un joven de Conchalí que todavía no encuentra su lugar en el mundo ha publicado Benjamín Escobedo.

El libro cuenta la historia de Camilo que, entre las miradas de los vecinos, lo que aparece en el espejo y las revelaciones espontáneas de la Tita, tantea su sexualidad igual que todo lo demás, a oscuras y en silencio.

«Vivíamos en un lugar donde la vida nos recordaba, cada cierto tiempo, que las calles y los pasajes se sostenían con la ausencia», se lee en el libro.

– Tu novela “A ratos me reconoces” cuenta la historia de Camilo, un escolar que vive en Conchalí y cuida a su abuela con demencia. El título es bastante sugerente, pero no sólo en relación con la Tita, sino también con las otras personas de su vida. ¿De dónde surge la idea de contar su historia, esta historia?

– Yo creo que esta historia surge un poco desde la inquietud por nombrar y hablar de Conchalí. Yo nací y crecí en ese lugar, que tiene algo bien curioso, que es el hecho de que parecía que solo las personas que vivíamos ahí sabíamos dónde estaba esa comuna, que es un lugar medio chico, un poco feo y que por el puro nombre la gente asocia que te demoras horas en llegar. Entonces me pasó que quería que se hablara de Conchalí, que se nombrara, que incluso solo despertara curiosidad.

De ahí la importancia de los personajes y el juego con el reconocimiento, casi como un espejeo para mencionar algo tan básico como la existencia en sí misma: la existencia del barrio, de la comuna, de la Tita, del Camilo, de sus amigos. Y siento que esa existencia no solo se basaba en retratar de una manera específica un territorio, sino que tiene mucho que ver con cómo las personas dibujan sus propias historias en esos pasajes pequeños que le dan vida a Conchalí.

– Los temas que tocas en la novela no son sencillos: la vergüenza en torno a la homosexualidad, la enfermedad del olvido, la vida de las personas dedicadas sólo a trabajar para sostener a la familia. ¿Piensas que hay poco espacio para conversar sobre estos temas en nuestra sociedad?

– Más que pocos espacios, creo que hay poco interés por hablarlos. Creo que muchas veces todos estos temas se asocian a ciertas realidades como si fueran aisladas o también muchas veces se asumen como normales, algo así de cómo tiene que ser la vida. Pienso en por ejemplo en la explotación laboral, en trabajar todo el día, que muchas veces se vende como puro esfuerzo y, claro, hay un esfuerzo en sacrificar a la familia, pero por sobre todo hay abuso en ese sistema que construye y condiciona estas mismas realidades.

Lo mismo con el tema de los cuidados, la ausencia de redes, la nula conversación en torno a la enfermedad. Creo que Chile en un momento, hace un par de años atrás, se abrió a conversar sobre la vida qué soñábamos, y pienso que muchos de estos temas entraron en ese intercambio de visiones, pero ahora todo se enfrió de cierta manera, ahora se habla de trabajar más, de reducir al Estado, de la familia heterosexual por sobretodo, entonces claro, en ese contexto la novela también puede entenderse no solo como una invitación a volver a hablar de estas desigualdades, sino que a también se transforma en una suerte de soporte para poder cuestionarlas.

Crédito: gentileza del autor

– ¿A quién le escribes, Benjamín? ¿Quién es realmente tu lector final?

– No sé si es que, en algún momento, mientras escribía la novela, o incluso ahora cuando escribo, me detuve en pensar quienes podían ser mis lectores o lectoras. Creo que lo primero que se me viene a la mente son mis vecinos, gente de mi alrededor, gente que creció conmigo.

Creo que hay una cierta belleza en estos contextos más precarizados, que se puede encontrar y retratar, sin la necesidad de caer en una romantización de la pobreza. Hay redes que los cuicos son incapaces de construir, hay afectos que acá se habitan de manera diferente, con un sabor distinto. Y creo que mi escritura apunta a rescatar esas formas de relacionarse, apela a ese reconocimiento más allá de la aspiración del cuiquerio.

Entonces por un lado pienso en eso, pero también creo que escribo para personas no heterosexuales, y con esto no quiero decir que los heteros no puedan leer mis textos o que no se puedan reconocer en mi escritura, sino que apunto a una necesidad, que se puede plantear como artística o incluso política, de escribir para las maricas. Creo que, en el mundo, y en la literatura por sobretodo, abundan las subjetividades y experiencias heterosexuales, lo que acorta y limita la construcción de otras poéticas, de otras formas de mostrar un mundo. Entonces creo que mi escritura también apunta a eso, a poner otros ojos para mirar hacia otros lugares también.

– En el libro nos encontramos de inmediato con un protagonista que sufre en secreto porque tiene ladillas. Su abuela no lo juzga ni lo reta, incluso lo ayuda y le sugiere cómo ayudar a otros. ¿Somos justos con las mujeres más viejas? ¿Hay un intento por homenajear a las abuelas?

– No sé si puedo hablar de un homenaje hacia las abuelas. En un plano muy personal, tengo que confesar que yo no viví la experiencia de ser nieto, no conocí a mi abuela, entonces no sé si levantaría esta novela como un homenaje directo hacia esa figura. Si creo que puedo señalar a esta escritura como una suerte de tributo o distinción hacia otras formas de afectos, y es ahí donde el rol de la abuela toma total relevancia en la novela.

Me interesó mucho que fuera la relación abuela y nieto, o la relación del protagonista con sus amigos, los espacios en donde recaen los afectos dentro del relato, porque creo que muchas veces esas relaciones quedan fuera del discurso del amor. Hay una sobrevaloración del amor de pareja, de la construcción de la familia tradicional, que muchas veces nubla la manera en que podemos construir una subjetividad en torno a los afectos.

Somos injustos con las otras maneras de cariño, con las otras formas de dar cariño, con el cuidado, con guardarle un secreto a alguien, con hacer cariño sin un interés romántico. Entonces creo que esas injusticias o desigualdades también se pueden ver desde esta jerarquización de los afectos, y es esa misma jerarquización, la que viene a robustecer la injusticia, y desde ahí entender un cierto desprecio hacia otros vínculos, como el de las abuelas, por ejemplo.

– Pareciera que todos los hombres adultos de la novela han desaparecido o son figuras distantes, ausentes. En varios casos, son personas consumidas por alguna adicción. ¿Cómo crees que afecta a la sociedad esta ausencia general de las figuras masculinas?

– Creo que Chile, y Latinoamérica en general, se ha construido en base a la ausencia del padre. Esta falta, más allá del efecto que puede tener sobre los hijos y las familias, tiene un efecto mucho mayor, desde mi punto de vista, sobre la mujer que trata de suplir esa ausencia. Las madres, las abuelas, las tías, son quienes tienen que cargar con las preguntas, la estrechez económica, la frustración y el sinfín de porvenires que significa criar sola.

Dudo que exista alguien que no conozca a alguna prima, vecina o compañera de trabajo que no haya tenido que criar a sus hijos sola. Creo que aún nos falta, como sociedad, condenar con más fuerza al padre que abandona, el hombre aún cree que tiene el derecho a hacerlo. Al hombre heterosexual, en general, le falta conocer la palabra vergüenza.

– La otra ausencia permanente es la de Mariana, hermana Karina, amiga del protagonista, desaparecida hace años. ¿Qué simboliza su ausencia y la búsqueda permanente?

– Creo que la ausencia es algo que recorre a todos los personajes de la novela. La figura de Mariana es bien particular, porque de alguna manera los une a todos en torno a un lugar común, la desaparición de alguien de la comuna, alguien que era su vecina, su hermana, alguien que era parte de su cotidiano. Entonces la desaparición de Mariana comienza a alzarse como algo más o menos identitario, no solo para ellos, sino que también para la gente que no vive en la comuna, y esto tiene que ver con algo más allá de la ficción.

En Conchalí han desaparecido muchas mujeres, algunas fueron encontradas asesinadas, otras a las que derechamente se les perdió el rastro. La primera vez que yo escuché la palabra Conchalí en la tele fue porque una adolescente había desaparecido, entonces, en mi imaginario, mi comuna es sinónimo de ausencia. Ahí aparece la búsqueda, que tiene que combatir, de cierta forma, el olvido. Donde lamentablemente la única respuesta a la que se llega es al silencio.

Chile tiene una deuda con las y los desaparecidos, tanto por el terrorismo y la violencia de Estado durante la dictadura, como por aquellos que se esfumaron por razones que se desconocen. Creo que el personaje de Mariana también termina dialogando con eso, es la personificación de un dolor que nadie quiere cargar.

– La historia ocurre íntegramente en Conchalí y pinta un panorama bien triste. ¿Piensas que hemos dejado de mirar hacia ciertos lugares para no tener que pensar en ellos y las cosas que allí ocurren?

– Sí, creo que cada vez se mira menos y se juzga más. Hay un abandono impresionante de los territorios, de ahí que las iglesias evangélicas y el narco logren conquistar cada vez más estos espacios, donde el Estado simplemente insiste en no querer mirar y quedarse en soluciones simplonas, como el aumento de penas en los delitos que cometen menores de edad. Por eso no da lo mismo quién y cómo cuenta una historia de estos lugares. Es importante que la literatura se abra a nuevas voces más allá de la frustración de un adulto promedio de providencia.

– En contraposición a Camilo se encuentra Eduardo o Lalo, que es un personaje que poco a poco va cambiando, pasando de la dureza a la ternura. ¿Cómo fue construir ese tránsito de un personaje muy masculino que al mismo tiempo puede ser muy suave?

– Me parece que hay una cierta belleza en el tránsito del personaje del Lalo dentro de la novela. Más allá del estereotipo del machito que no quiere asumir que le gustan los hombres, en Eduardo hay toda una historia de vida que moldea la manera en que el personaje se enfrenta al mundo y es en ese contexto, donde todas sus emociones y deseos están totalmente reprimidos. Por eso creo que es muy importante el giro del Lalo, porque aprende a construir confianza con otros.

Más allá de la incapacidad de reconocer y vivir su deseo, el Lalo termina construyendo vínculos de amistad que jamás había experimentado, se atreve a llorar, a dejarse acompañar y acariciar. Hay una cierta ternura en su personalidad arisca, que solo se entiende en la medida en que se atreve a recibir el afecto de otros. Y ese camino, ese cambio, y la manera en que se va construyendo su relación con los distintos personajes, me parece una construcción de personaje muy bella, porque de alguna manera, nunca deja de ser ese niño bruto, sino que encuentra un espacio para el amor en ese corazón tan áspero.

– En general, no se habla mucho de la sexualidad de los niños adolescentes que no son heterosexuales. ¿Cómo fue explorar ese mundo que se construye desde la vergüenza y el silencio? También se habla brevemente sobre el abuso sexual entre jóvenes, un tema que existe pero que no encuentra palabras que le den forma.

– El tema de la sexualidad adolescente fue una de los que más me interesó tocar. Creo que existe una pulsión en los adultos de anular cualquier emocionalidad o experiencia del adolescente, apelando a las hormonas, la exageración, el cliché de la etapa complicada y todos esos discursos que se replican para recordarle a los jóvenes que ellos no saben suficiente de la vida, creencia que me parece de lo más patética.

Validar esta etapa, la confusión, la curiosidad y las ganas de desear y sentirse deseado siendo un adolescente me parece fundamental, sobre todo en tiempos donde el conservadurismo pacato insiste en levantar el discurso de que con mis hijos no te metas. Espero que en algún momento esta novela pueda leerse en los liceos, que también llegue a las y los adolescentes, que sea un rinconcito para alguien que aún le da miedo desear en libertad.

– ¿Quiénes son tus referentes literarios? ¿Piensas que tenemos una narrativa queer nacional con suficiente desarrollo o es un espacio al que aún le falta explorar?

– Dentro de mis referentes literarios están Giuseppe Caputo y Fernando Molano, dos escritores maricas de Colombia, también pienso en N. Pino Luna y Belén Fernández, dos autoras chilenas que han influido en mi escritura, por supuesto que también me resulta imposible no mencionar a Antonio Silva, Pedro Lemebel y Claudia Rodríguez como representantes de la literatura cuir chilena que han marcado mi experiencia como lector y escritor. Y me cuelgo de esos nombres para decir que, en Chile, más que una narrativa cuirdesarrollada, hay una literatura cuir con un tremendo valor literario, pienso en Diego Ramírez, Mara Rita, José Donoso, María Carolina Geel.

Creo que el problema no va en que literariamente no se está explorando, sino que se insiste en cerrar la literatura cuir chilena en un par de nombres. Ahí resulta interesante pensar en la figura de Lemebel, a quien admiro con profundidad y reconozco el tremendo valor literario de su obra, pero que, de alguna manera, ha sido capturado por la heterosexualidad open, alzándose como el único al que el canon heterosexual ha dejado entrar, lo que ha hecho que en todas las escrituras maricas de la periferia se busque a Lemebel o que se alce como el único y gran referente de las escrituras cuir en Chile. Creo que es deber nuestro, ampliar esas lecturas, recomendar otros nombres, diversificar a quien se está leyendo y dónde se está leyendo, porque en Chile las maricas hemos escrito siempre.

– ¿Podrías contar cuáles son tus próximas aventuras con la escritura? ¿Qué temas o historias te gustaría contar ahora?

– Estoy explorando algunos hechos históricos de comienzos de los dos mil. Llevo un poquito escrito de lo que planeo sea mi nueva novela y me interesa seguir explorando voces no adultas. En este proyecto mi narradora es una niña, que tiene que de alguna forma, entender qué significa la muerte de golpe a partir de una tragedia que marcó a Chile a comienzos de siglo. Espero que este relato llegue a buen puerto, tengo muchas ganas de explorar cosas nuevas en mi escritura y siento que esta historia me está dando la posibilidad de hacerlo.

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