Obra sobre mujeres que cacerolearon contra Allende: “Nos interesan las fisuras de la memoria”
Bajo la dirección de Soledad Cruz y la dramaturgia de Iván Fernández,”Las cacerolas vacías” ahonda en las memorias y contradicciones con el presente de tres mujeres que se reencuentran en la actualidad en un funeral.
La pregunta sobre cómo se construye la historia, de qué lado estamos, o estuvieron, en el caso de María y Elena, atraviesa “Las Cacerolas Vacías”, obra de teatro en la que estas dos mujeres se encuentran en un funeral de una compañera. Un sepelio vacío, según creen ellas, acompañadas solo del cuadro “Judith decapitando a Holofernes” de Artemisia Gentileschi, hasta que llega otra, una tercera mujer.
Escrita por Iván Fernández, dirigida por Soledad Cruz y como parte de la trayectoria de La Maulina Producciones,“Las Cacerolas Vacías” se estrenó este jueves en la sala Bunster del Centro Cultural M100.
María y Elena fueron protagonistas de un movimiento femenino que, a comienzos de los años setenta, se organizó para enfrentar al gobierno. Poco a poco el pasado comienza a irrumpir en el presente, revelando las contradicciones de aquellas mujeres que, en medio del caos social, salieron del espacio doméstico para conquistar una voz pública, mientras defendían, paradójicamente, el retorno de un orden que las quería de vuelta en sus casas.
Como señala la directora, la obra se propone discutir con el presente en cuanto “pone en tensión la manera en que construimos la memoria. Muchas veces miramos el pasado desde posiciones muy definidas, pero nos interesaba entrar en una zona menos cómoda: observar a estas mujeres en su intimidad, escuchar sus miedos, sus convicciones y contradicciones, sin borrar por ello las consecuencias de sus actos. La memoria no es solamente recordar lo que ocurrió, sino también preguntarnos desde dónde lo contamos y qué dejamos fuera de ese relato”.
“Las protagonistas están obsesionadas con no desaparecer”, agrega el dramaturgo, “pero la obra les devuelve una pregunta brutal: ¿qué precio tiene ser recordada? Porque ellas también participaron de la construcción de una memoria que dejó fuera a otros”.
“Las Cacerolas Vacías” se presenta de jueves a domingo, hasta el 13 de septiembre en Centro Cultural M100. Específicamente, se monta en Espacio Patricio Bunster. Las funciones son de jueves y viernes a las 20:00 hrs. y sábados y domingos a las 19:00 hrs.
-¿Qué mirada proponen sobre la memoria del pasado reciente, encarnada en las protagonistas de esta obra?
Soledad Cruz (SC): La memoria es algo que está vivo y que, por lo mismo, es contradictoria. Las protagonistas recuerdan un mismo periodo, pero no necesariamente recuerdan lo mismo ni construyen el mismo relato sobre lo vivido. Cada una acomoda, omite, justifica o cuestiona ciertos episodios desde el lugar en que se encuentra hoy.
Nos interesa poner en escena las fisuras de la memoria, aquello que se recuerda, aquello que se omite y aquello que, aunque intentemos enterrarlo, termina regresando.
Iván Fernández (IF): La obra parte de una sospecha: la memoria no es inocente. No existe una memoria pura, objetiva, esperando ser descubierta. Hay memorias que se construyen, otras que se borran y otras que directamente se administran para que ciertas personas puedan aparecer como heroínas y otras como monstruos. Todo se trata de relatos, ficciones producidas y administradas a través del lenguaje, es ahí donde aparecen nuestras protagonistas. Por eso me interesaba poner en escena a mujeres que participaron activamente de la movilización de la derecha contra el gobierno de Salvador Allende. Este interés no es nuevo, ya que esta obra toma como inicio otra que escribí hace unos años titulada “Poder femenino”.
No quería volver a contar la dictadura desde las víctimas, que es una tarea imprescindible y que seguirá siendo necesaria mientras existan quienes intenten relativizar los crímenes de Estado. Quería hacer otra cosa: mirar el lugar desde donde también se construyó el clima político que hizo posible el golpe.
Hoy, cuando desde la propia derecha se vuelve a discutir el significado del golpe, la dictadura y la violencia política, mirar estas mujeres no es un ejercicio arqueológico. Es mirar un mecanismo que todavía está funcionando.
-Usualmente las obras abordan las memorias de las mujeres militantes, las ayudistas. En este caso se internaron en la “vereda contraria”. ¿Por qué?
SC: Precisamente porque nos parecía una vereda mucho menos transitada por el teatro. La memoria de la dictadura y de la Unidad Popular ha sido abordada muchas veces desde quienes fueron víctimas de la represión, desde la militancia de izquierda, desde la resistencia, y es absolutamente necesario que esas historias sigan siendo contadas.
El texto fue una inspiración del libro La Mujer de Derecha de Margaret Power, donde apareció una contradicción que nos resultó teatralmente muy potente: mujeres que salen de sus casas, se organizan, marchan, construyen redes y adquieren una voz política para defender un modelo que, en gran medida, seguía entendiendo que el lugar de la mujer estaba dentro de la casa. Hay una emancipación en el gesto y una profunda contradicción en el objetivo. Nos interesaba acercarnos a sus miedos, deseos, prejuicios y convicciones para tratar de comprender cómo una persona llega a tomar determinadas decisiones.
IF: Hay una cierta comodidad en representar la memoria desde personajes con los que sabemos de antemano que debemos empatizar. Queríamos hacer lo contrario: poner al público frente a mujeres que defendieron ideas que probablemente le resulten insoportables. La obra intenta mostrar cómo una persona puede participar de una estructura política, defender una idea, sentir que está haciendo lo correcto y, al mismo tiempo, ser capaz de cometer una atrocidad.
El problema político empieza cuando alguien está convencido de que su violencia es moral. Y creo que esa es una pregunta que Chile debería hacerse con mucha más honestidad, especialmente ahora.
-Esta revisión la aplican desde las mujeres. Podrían haber sido dos hombres. ¿Por qué eligieron este punto de vista?
SC: El ser mujeres es el corazón de la contradicción que plantea la obra. Estas mujeres entran en la política justamente desde una identidad muy vinculada a ser madres, esposas y administradoras del hogar. Además nos interesaba preguntarnos por el poder femenino. ¿Qué ocurre cuando mujeres que históricamente han estado desplazadas de los espacios de decisión adquieren poder? A eso se suma que las conocemos cuando son mujeres mayores. Sus cuerpos también tienen memoria: están cansados, sienten dolor, han envejecido, algunas han sido abandonadas y ya no ocupan el lugar social que alguna vez tuvieron. Me interesaba mucho que fueran esos cuerpos los que intentaran reconstruir una época en la que se sintieron fuertes, necesarias y protagonistas.
IF: Son mujeres porque permiten revelar una contradicción que es cómo una idea aparentemente emancipadora puede convertirse también en una herramienta de conservación del poder. “Poder femenino” suena hoy casi inevitablemente progresista, pero en la obra ese nombre pertenece a mujeres que están intentando movilizar a otras mujeres para defender un orden profundamente conservador.
También me interesaba mostrar que la clase social atraviesa el género. Cuando Camila plantea que el movimiento debería convocar a todas las mujeres, Elena le responde que no todas son iguales y establece una diferencia entre quienes pertenecen a su mundo y quienes simplemente pueden ser utilizadas para ampliar la movilización.
-Está muy claro el guiño a la historia y su construcción, a la memoria también, pero a la “justicia” hay atisbos más subterráneos. ¿Qué preguntas hay en la obra sobre esta dimensión?
SC: La justicia está muy presente, pero tratamos de no convertirla en una respuesta. De hecho, el cuadro de Judith decapitando a Holofernes instala esa pregunta desde el comienzo: Judith mata a Holofernes convencida de que está realizando un acto justo, incluso un acto guiado por Dios. Pero inmediatamente aparece la pregunta de quién determina qué violencia es legítima.
Eso atraviesa también a las protagonistas. Ellas estaban convencidas de estar defendiendo a Chile, a sus familias, un modo de vida. Desde su propio relato hicieron lo correcto. El problema aparece cuando esa convicción se encuentra con las consecuencias que tuvieron algunas de sus acciones sobre otros. Ahí aparecen preguntas como: ¿basta con creer que estamos del lado correcto para que nuestros actos sean justos? ¿Hasta dónde somos responsables de las consecuencias de aquello que ayudamos a poner en movimiento? ¿Podemos exigir reconocimiento histórico sin asumir también nuestras responsabilidades?
Pienso en la diferencia entre justicia y venganza. La obra constantemente tensiona esa frontera y no estoy segura de que entregue una respuesta. Prefiero que sea el espectador quien tenga que enfrentarse a esa incomodidad
IF: La justicia es probablemente el lugar más incómodo de la obra porque no queríamos entregar una justicia tranquilizadora. Camila vuelve como un fantasma precisamente porque hay algo que no ha sido resuelto. No viene a recordar, ella viene a cobrar una deuda. Para mí esa es una de las preguntas centrales: ¿qué hacemos cuando la justicia institucional no alcanza, cuando la historia no consigue reparar el daño y cuando el pasado sigue viviendo dentro de los cuerpos? Pero hay otra pregunta todavía más incómoda: ¿puede alguien cometer una injusticia creyendo sinceramente que está haciendo justicia?
Las protagonistas no son monstruos. Son personas que alguna vez estuvieron convencidas de que estaban salvando Chile. Y justamente por eso resultan peligrosas. Porque quizás el problema no sea solamente quién tiene el poder.Quizás el verdadero problema sea qué estamos dispuestos a hacer cuando creemos que el poder está de nuestro lado. Y en un Chile donde nuevamente hay una derecha que reivindica buena parte del imaginario del orden y la autoridad, y donde incluso vuelve a discutirse públicamente la interpretación del período previo al golpe y de la dictadura, creo que poner estas mujeres en escena es una forma de decir “cuidado con las imágenes que estamos construyendo otra vez. El pasado no está muerto. Está aprendiendo a hablar con nuestras palabras”.
-¿Cómo esperan dialogar desde la obra con el presente, con la situación política actual?
SC: No es la intención hacer equivalencias directas entre 1971 y el Chile actual porque serían simplificaciones. Son momentos históricos distintos. Pero sí reconocemos mecanismos que permanecen: la polarización, el miedo al otro, la dificultad de escuchar a quien piensa distinto y, sobre todo, la enorme facilidad con que construimos un relato donde nosotros estamos del lado correcto y el otro representa una amenaza. Por eso la obra ocurre en el presente. No queríamos hacer una reconstrucción histórica de los años setenta.
Nos interesa que el espectador pueda reconocer esa operación porque nosotros también estamos construyendo hoy los relatos con los que mañana vamos a recordar este tiempo.
-¿Qué lugar ocupa esta obra en la trayectoria de la compañía?
SC: Las Cacerolas Vacías continúa una investigación que La Maulina viene desarrollando hace años en torno a la memoria, la identidad y la historia reciente de Chile, sin embargo ha significado un desplazamiento importante. Uno de ellos es el lenguaje porque esta vez quisimos acercarnos a hechos muy brutales desde el humor, particularmente desde una comicidad cotidiana, negra y por momentos absurda.
El humor nos ha permitido acercarnos a personajes con los que probablemente tenemos profundas diferencias sin convertirlos inmediatamente en caricaturas o monstruos. Podemos reírnos con ellas y, quizás justamente por eso, cuando la obra comienza a revelar aquello que hicieron o aquello de lo que fueron parte, la incomodidad es mayor. La risa nos acerca y después la propia obra nos obliga a preguntarnos de qué, y con quién, nos estábamos riendo.
Ficha artística
Texto: Iván Fernández
Dirección: Soledad Cruz Court
Asistente Dirección: Nicolás Pavez
Actrices: Tamara Ferreira, Carol Henríquez y Bárbara Mártin
Voces: Orlando Alfaro, Macarena Guzmán Rivas y Isidora Khamis
Universo Sonoro: Alejandro Miranda
Diseño Escenografía e Iluminación: Rocío Hernández
Realizador de escenografía: Fernando Quiroga
Diseño de Vestuario: Daniela Portillo Cisterna
Realizadora de vestuario: Daniela Espinoza Barría
Diseño y realización de prótesis y pelucas: Franklin Athos, Muto Studio, Javivi Misle, Fernanda José, Krystal Doll
Visuales: Alex Waghorn
Asesora visual: Tania González
Producción: Macarena Guzmán Rivas
Prensa: Francisca Palma
Diseño gráfico: Eduardo Filla
Mediación: Lorena González
La Maulina Producciones
Las entradas están disponibles por el sistema Ticketplus.
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