CULTURA
Crédito: Germán Villarreal
Roxana Miranda: “La poesía permanecerá porque es insostenible vivir a tanta velocidad”
Debuta en la narrativa con “Dos corazones tengo”, que será presentado el jueves 8 de octubre a las 18:00 horas en el Museo Violeta Parra.
La destacada poeta mapuche huilliche Roxana Miranda Rupailaf debuta en la narrativa con Dos corazones tengo, libro de relatos publicado por la editorial valdiviana La Maña. Escrito durante la pandemia, el volumen reúne historias familiares, recuerdos, personajes y voces de Rahue y Osorno, entrelazando memoria, oralidad, territorio y ficción.
El título proviene del canto mapuche huilliche “Dos corazones tengo, uno de vida y otro de muerte”, y dialoga con la figura de la shumpall, presencia recurrente en el imaginario poético de Roxana Miranda. El libro incorpora fotografías del artista y poeta osornino Aukán Martínez, tomadas en los mismos espacios que recorren los relatos.
A lo largo de su trayectoria Roxana Miranda ha sido reconocida por diversos premios nacionales, como el Premio Municipal de Literatura De Santiago, Premio a la artista de trayectoria Región de Los Lagos, Premio de Arte y Cultura Víctor Jara, entre otros.
En esta conversación aborda el paso de la poesía a la narrativa, la transformación de experiencias personales y duelos en literatura, la importancia de la oralidad y la escritura colectiva. También reflexiona sobre el lugar de la poesía como forma de resistencia y sobre la necesidad de que la literatura pueda dar cuenta de territorios e identidades que históricamente han quedado fuera de los relatos oficiales.
Dos corazones tengo será presentado el 8 de octubre a las 18:00 horas en el Museo Violeta Parra, ubicado en Av. Vicuña Mackenna 37, Santiago.

Crédito: Cedida
En estos relatos hay personajes que parecen vivir al margen de los grandes relatos. ¿Qué te interesa de esas vidas aparentemente pequeñas?
De los relatos breves me atrae la sencillez de la gente, la vida cotidiana y esa dignidad alegre con que se enfrenta la adversidad. Siento que en la intimidad de las historias familiares late el pulso profundo del país; en ellas, a través de los giros del habla y de las huellas del territorio, se revelan los matices culturales que solo se descubren cuando observamos con atención a nuestra propia gente.
¿Hubo algún relato de Dos corazones tengo que te costara especialmente escribir o dejar atrás?
Creo que el relato de Deysi fue el más difícil de abordar, pues encierra una pena profunda a pesar del tiempo. Es un duelo de niños y me cuesta leerlo en voz alta; aunque ya no lloro, no puedo evitar conmoverme. Sobre todo porque, para el público, esa herida es una revelación, un dolor mío que ignoraban. Es complejo guardar distancia con el trauma, porque basta con nombrarlo para que reaparezca con un rostro nuevo. Con todo, veo en Dos corazones tengo una ofrenda, algo muy íntimo que entrego a los lectores.
La pandemia fue el contexto en que escribiste el libro. ¿Qué cambió en tu forma de mirar el tiempo, la memoria y la escritura durante esos años?
Creo que comencé a reflexionar más sobre la muerte y sobre el recuerdo de los que ya no están. Conforme abordaba estos temas, la escritura fue ganando densidad y peso. Me encerré un poco más y me habitué al hogar; la pandemia pasó, pero conservo esa necesidad de permanecer y de regresar. Antes era todo lo contrario: no aguantaba estar adentro y salía todos los días, inventando pretextos, almuerzos o trámites.
¿Qué fue lo más desafiante de transformar recuerdos y experiencias cercanas en ficción?
Tenía muy presente que estos no son únicamente mis muertos, sino también los de otras personas. El duelo es colectivo y sobrepasa la memoria individual, por lo que el lenguaje debía ser cuidadoso con los demás. Traté de que el libro tuviera ese carácter de homenaje y, cuando me surgían dudas, las conversaba con Gabriela, la editora. A su vez, el haber publicado otros libros te da la intuición de saber cuándo el trabajo está cerrado: lógicamente siempre van a aparecer más temas e historias, pero hay que saber poner un límite.
Después de tantos años escribiendo poesía, ¿qué libertad te permitió la narrativa y qué límites nuevos te impuso?
La verdad, no percibo límites tan tajantes entre géneros; más bien creo que pasé de una expresión del lenguaje a otra sin perder la pulsión poética. La narrativa me dio la holgura necesaria para caracterizar a los personajes y hacer que volvieran a existir, permitiéndome narrar con mayor aliento mi relación con ellos. Frente al desborde que me provoca la poesía —que concibo como un estado del corazón más intempestivo—, la narrativa me exigió otra estructura. Aquí los personajes se erigen desde la memoria y el relato cotidiano: es un modo de abrazar a quienes ya no están a través de las vivencias que compartimos.
En una cultura cada vez más rápida y atravesada por las redes sociales, ¿qué lugar crees que ocupa hoy la poesía y qué puede aportar frente a esa velocidad?
Entiendo la poesía como pausa, reflexión y resistencia del lenguaje. Frente a la inmediatez devoradora del mundo, la palabra poética ofrece un abrigo necesario. Mantendrá siempre su lugar porque quienes alguna vez nos hemos sentido solos, desamparados o incomprendidos, acudimos a ella para volver a encontrarnos. La poesía permanecerá porque es insostenible vivir a tanta velocidad: tarde o temprano la tragedia irrumpe y, en esas fugas de la vida, es donde alumbra el poema.
Dices que “la escritura es colectiva”. ¿Cómo se manifiesta esa idea en tu manera de escribir y de entender la literatura?
Mi imaginario poético está muy ligado al relato oral; me apasiona escuchar a las personas y sumergirme en sus historias. Uno toma prestado constantemente de los demás: cada individuo alberga una dosis enorme de literatura y en la charla cotidiana se aprende muchísimo. Me refiero al diálogo de todos los días, no al que ocurre únicamente entre escritores; hace falta salir de esos círculos. Aprendí mucho de esa búsqueda al trabajar en Kewakafe, un libro sobre boxeo para el que conversé con atletas, boxeadoras y fanáticos del deporte. La escritura se nutre de la experiencia social: la literatura debiera servir para encontrarnos y es, en el fondo, una manera más de querernos.
Como profesora, ¿qué relación ves hoy entre los jóvenes y la poesía? ¿Sientes que todavía existe esa disposición a detenerse y poder leer con el corazón abierto?
Los jóvenes se reencuentran con la poesía en el enamoramiento, pues la vinculan de inmediato a los afectos. Hablo desde mi experiencia en Frutillar, donde llevo más de diez años enseñando. Las nuevas generaciones creen en el amor; no en un amor cursi o idealizado, sino en uno cotidiano que los mueve a buscar en la poesía un refugio para sus desamores, sus peleas y su soledad. Contra todo lo que se piensa, todavía se escriben y se leen poemas.
¿Crees que la poesía puede ser una forma de resistencia frente a los discursos dominantes?
Sin duda, la poesía es resistencia. Lo veo en la poesía mapuche, en la feminista, en la poesía homosexual. A algunas personas no les gusta que la poesía tenga apellidos, pero los tiene, y eso es lo que la hace representativa de un tiempo, de un territorio y de una generación. De adolescente, encontré en el quiosco de mi barrio un diario con una entrevista a Jaime Huenún, poeta huilliche, y al leerlo me reconocí de inmediato. En ese entonces yo ignoraba que hubiese un escritor rahuino famoso y que la poesía pudiera hablar de nuestro entorno cotidiano: de las calles, los vecinos o la familia. Verme en sus palabras y descubrir la historia del territorio a través de otros fue transformador. A eso le llamo resistencia: frente a la narrativa oficial adversa, la nula educación intercultural de los años 80 y un legado de despojo y usurpación de tierras, la poesía mapuche logró florecer, multiplicarse y traspasar fronteras.