CULTURA|OPINIÓN
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La patria también se escucha
Chile es también de quienes llegaron de otros lugares y decidieron quedarse, de quienes hacen patria por afecto más que por nacimiento.
La famosa onomatopeya tiquitiquití es quizás el primer signo de que septiembre ha llegado a Chile. Antes que las banderas, las guirnaldas o las empanadas, septiembre hace su entrada por el oído. Una cueca que suena en la radio o en el patio de un colegio, un acordeón que se cuela desde algún ensayo. La patria entra por ahí, por lo que suena, y cada año vuelve a instalarse en los mismos compases.
Solemos pensar la identidad como algo que se ve y se toca, hecho de paisajes, símbolos y objetos heredados. Lo que se escucha, sin embargo, guarda tanta memoria como lo demás. En una melodía cabe una época entera, y basta que suene para que un país se reconozca en ella.
Esas melodías —también el pop, el rock o las cumbias, por supuesto— siguen vivas porque cada generación las vuelve a cantar, a bailar y a rehacer a su manera. La cultura tiene esa doble capacidad de conservar lo que una comunidad ha aprendido junta y, a la vez, de renovarlo.
Por eso, las sociedades han puesto siempre a la música en el centro de sus momentos importantes. Celebra, consuela, acompaña y reúne.
Hay algo singular en la escucha compartida. Una canción, una obra, un espectáculo pueden volverse experiencias que miles de personas viven a la vez y que, por un rato, nos muestran lo que tenemos en común: la sensibilidad, la memoria, la capacidad de emocionarnos con el arte. Personas que difícilmente se cruzarían en otro lugar se sientan juntas, escuchan lo mismo y, mientras dura, las diferencias pasan a segundo plano. Una melodía puede pertenecer a alguien y a todos a la vez: despierta un recuerdo íntimo y, en el mismo gesto, se vuelve memoria de muchos.
Hay un matiz que en septiembre solemos pasar por alto. Hablamos mucho de lo que nos une y nos hace sentir chilenas y chilenos, y casi siempre es una conversación sobre lo que ya existe y reconocemos. Pero, la identidad de un país se alimenta tanto de lo que hereda como de lo que se anima a imaginar. Cada obra nueva, cada encuentro entre músicos y su público, cada canción que empieza a sonar agrega una línea a esa historia común. Somos también lo que todavía podemos inventar y compartir.
Esa creación ocurre ahora mismo. En este septiembre suenan orquestas y coros, se estrenan obras y nacen canciones que mañana media ciudad cantará como propias.
Chile es también de quienes llegaron de otros lugares y decidieron quedarse, de quienes hacen patria por afecto más que por nacimiento. Por eso vale la pena volver sobre la palabra misma. Patria es la tierra natal o adoptiva, y es además el lugar al que nos ligan toda clase de lazos, incluidos los afectivos. Una patria vive en sus símbolos y en sus fechas, y vive igualmente en esas ocasiones en que muchas personas se reúnen, escuchan una misma música y sienten, por un momento, que pertenecen a algo mayor.
Tal vez esa sea una de las formas más hondas de celebrar lo que hace patria: reconocer que la seguimos escribiendo cada vez que alguien se atreve a crear y muchos se juntan a escuchar.
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