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Pan de Azúcar mira a las estrellas CULTURA|CIENCIA Crédito: Cedida

Pan de Azúcar mira a las estrellas

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Mientras Coquimbo y Antofagasta han desarrollado circuitos astronómicos, la Región de Atacama conserva lugares de baja luminosidad que aún permanecen fuera de una oferta turística estable.


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Al caer la noche en Pan de Azúcar, el desierto se alarga hasta el mar. Frente a la costa se distingue la silueta oscura y misteriosa de la isla, cercana a la vista, pero distante sobre el océano. Encima, miles de estrellas, satélites y otros puntos luminosos atraviesan un cielo de extraordinaria oscuridad. El paisaje que maravilla a los visitantes, durante siglos, también acompañó a los changos, los antiguos dueños de este territorio, en su manera de orientarse, comprender la naturaleza y construir su cosmovisión. Ese encuentro entre océano, desierto, memoria ancestral y firmamento es más que una visión mágica: gracias a su escasa contaminación lumínica, el Parque Nacional más relevante de Atacama, podría convertirse en un nuevo espacio de observación astronómica, astroturismo y educación científica.

Atentos a ese escenario natural, la Corporación de Desarrollo de Chañaral, el club astronómico Costa Orión y CONAF, que administra el área protegida, buscan transformar esas condiciones naturales en actividades permanentes de este tipo.

La iniciativa pretende enfrentar uno de los problemas históricos del destino: la estacionalidad. La mayor parte de las visitas se concentran en pocas semanas del verano y la experiencia habitual puede completarse en tres días, entre playas, senderos, miradores y gastronomía local. Una programación astronómica regular permitiría sumar actividades nocturnas y prolongar la estadía en un par de días o noches más.

José Luis Gutiérrez, administrador del Parque Nacional, lo resume así: “El turista viene, recorre los senderos, disfruta la gastronomía y se va en unos tres días. Si incorporamos actividades astronómicas, podríamos agregar una noche o más a su estadía”.

La propuesta también responde a un cambio en el perfil de los visitantes. Según antecedentes de CONAF, el parque recibe consultas y visitas de turistas con mayor capacidad de gasto, los cuales llegan en casas rodantes y otros vehículos y buscan una oferta más variada durante su permanencia.

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La oscuridad como patrimonio

El proyecto nació al alero de la Corporación de Desarrollo de Chañaral. Manuel Vargas, vecino de la comuna e integrante de la entidad, explica que la idea surgió mientras analizaban nuevos atractivos para el circuito turístico asociado al parque.

“Nos preguntamos qué condición del territorio podíamos transformar en un beneficio y apareció la oscuridad nocturna. Hacia el norte existen extensos sectores sin fuentes importantes de iluminación”, señala.

La baja luminosidad artificial es uno de los principales atributos del lugar. Vargas revisó mapas digitales de contaminación lumínica y comparó las condiciones de Chañaral con las de Copiapó y Caldera, donde el crecimiento urbano y las instalaciones industriales generan un resplandor mayor. Así identificó áreas especialmente oscuras en Pan de Azúcar que no están presentes en ningún otro lugar de la región.

La evaluación coincidió con una recomendación que había recibido años antes de un astrónomo del Instituto de Ciencias Planetarias, quien le habló de un punto de interés en los llanos del parque. Vargas visitó el lugar con una carpa, binoculares y una cámara fotográfica.

“Empecé a sacar fotos y quedé maravillado. Ahí confirmé que esto se tenía que hacer”, recuerda.

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La Corporación organizó luego una salida exploratoria con el club astronómico Costa Orión, agrupación local integrada por cerca de diez aficionados a la observación y la astrofotografía. El grupo, liderado por José Soriano, Carlos Ibacache y Paoly Monardez, ha sido fundamental para llevar la idea al terreno.

Durante la jornada comprobaron la visibilidad de la Vía Láctea y evaluaron el viento, la nubosidad, el acceso y la instalación de equipos. Según los participantes, los cerros bajos permiten realizar una de las mejores observaciones nocturnas de la región, mientras que el calor del desierto ayudaría a disipar parte de la nubosidad costera. El terreno es relativamente plano, tiene una amplia apertura hacia el cielo y permite el fácil acceso en vehículos debido a la impecable bischofita de sus caminos.

“Esa noche estaba todo calmado y había un silencio impresionante, sobrecogedor. El lugar permite llegar, instalar los equipos y regresar sin grandes dificultades”, describe Vargas.

El sitio escogido, denominado preliminarmente “Astro 1”, se encuentra dentro del Parque Nacional Pan de Azúcar, según información actualizada de su administración. Esto permitiría integrarlo directamente a la experiencia del área protegida, bajo criterios de conservación, seguridad y bajo impacto ambiental.

Un potencial que debe medirse

Las observaciones de los aficionados constituyen un primer antecedente favorable, pero una evaluación científica exige mediciones sistemáticas. Mario Soto, director del Instituto de Investigación en Astronomía y Ciencias Planetarias de la Universidad de Atacama, explica que la humedad costera es una variable relevante, aunque no descarta el potencial de Pan de Azúcar para el astroturismo.

“La humedad puede limitar algunas observaciones, pero eso no impide desarrollar actividades de astroturismo. Para este proyecto, lo importante es medir las condiciones del lugar y determinar cuáles son los mejores periodos y sectores para observar”, señala.

Soto distingue entre las exigencias de un gran observatorio científico y las de una iniciativa destinada a visitantes, familias y comunidades educativas. En su opinión, la alternativa más inmediata es avanzar en divulgación astronómica, aprovechando la oscuridad del cielo y su integración con el parque.

“Antes de pensar en un observatorio profesional, Pan de Azúcar puede desarrollar una muy buena propuesta de astroturismo, conectada con los atractivos naturales que ya ofrece”, afirma.

Para caracterizar el sitio, el académico recomienda instalar estaciones meteorológicas y fotómetros que registren el brillo del cielo, la humedad, el viento, la temperatura y la cantidad de noches útiles. Esto para respaldar la cifra de más de 300 noches despejadas al año, mencionada como referencia por los promotores de la iniciativa.

Proteger la oscuridad

La escasa contaminación lumínica que distingue al sector es una ventaja para el proyecto, pero también un patrimonio frágil. El crecimiento urbano, las carreteras y las instalaciones industriales pueden alterar la oscuridad natural si no se adoptan medidas preventivas.

“La oscuridad del cielo es un recurso que debe protegerse. Una iluminación mal diseñada puede afectar tanto la experiencia turística como una eventual observación científica”, advierte Soto.

Aunque el proyecto se concentre inicialmente en el turismo y la educación, sus impulsores consideran necesario resguardar desde ahora las condiciones del lugar. Esto supone utilizar iluminación controlada, reducir fuentes innecesarias y compatibilizar cualquier infraestructura con los objetivos de conservación del parque.

Uno de los desafíos inmediatos es que Chañaral todavía no dispone de instrumentos astronómicos comunitarios. Las actividades dependen de equipos particulares y, por ello, no pueden realizarse con regularidad. El club Costa Orión cuenta con cerca de cinco telescopios, entre ellos modelos refractores y newtonianos, además de dispositivos digitales capaces de localizar objetos celestes y proyectar imágenes en tiempo real.

“Podemos comenzar con una charla y luego observar planetas, nebulosas o galaxias. Es una experiencia especialmente atractiva para niños y familias”, explica José Soriano.

El primer paso concreto será una actividad programada para el 7 de noviembre de 2026. La administración del parque ofreció su centro de interpretación para que Mario Soto imparta una charla, seguida de una jornada de observación en terreno.

El administrador del Parque Nacional considera que el astroturismo es “una oportunidad para incorporar actividades de interés para los visitantes, en línea con los objetivos de conservación del parque”.

“Una oferta constante puede ayudar a proteger y difundir el patrimonio natural y cultural, contribuir al desarrollo de la comuna y fortalecer nuestros objetivos”, agrega.

Para Vargas, la aspiración es que la experiencia no quede reducida a una sola jornada. “La idea es traspasar la iniciativa a CONAF, capacitar a uno o dos guardaparques y replicar el ‘Pan de Azúcar Astronómico’ varias veces durante el año”, explica.

Más que instalar de inmediato un observatorio de grandes dimensiones, la propuesta busca avanzar por etapas: disponer de equipamiento comunitario, formar guías locales, capacitar a guardaparques, medir las condiciones del sitio y establecer una programación regular.

“La astronomía puede acercarse a los habitantes de Chañaral y convertirse en una nueva alternativa turística durante el año”, sostiene Paoly Monardez.

Carlos Ibacache toma como referencia un centro de observación en Ocoa, donde los visitantes asisten primero a una charla y luego pasan a los telescopios. Un modelo similar, adaptado a Pan de Azúcar, podría sumar senderos de bajo impacto, una estación astronómica, zonas de descanso y espacios controlados para acampar.

La propuesta también busca integrar el conocimiento científico con la dimensión cultural del territorio. Sus promotores plantean convocar a comunidades changas o de pueblos originarios para incorporar relatos sobre el uso ancestral de las estrellas, como la orientación mediante la Cruz del Sur.

“La cosmovisión de los pueblos originarios y la historia de la astronomía en Atacama pueden enriquecer el relato y entregar un valor adicional a la experiencia”, sostiene Soto.

Mientras Coquimbo y Antofagasta han desarrollado circuitos astronómicos, la Región de Atacama conserva lugares de baja luminosidad que aún permanecen fuera de una oferta turística estable. La Corporación de Desarrollo de Chañaral y el club Costa Orión dieron el primer paso al reconocer el valor de ese cielo y convertir una observación de aficionados en una propuesta para el territorio.

El cielo ya está allí. El desafío es medir sus condiciones, proteger su oscuridad y transformar la iniciativa en una experiencia accesible, educativa y ambientalmente responsable, capaz de mostrar que el patrimonio de Pan de Azúcar no termina cuando se oculta el sol.

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