CULTURA
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Verónica Zondek sobre Anne Carson: “Nos transporta a zonas insospechadas”
El Premio Nobel de Literatura 2026 fue otorgado a la poeta, ensayista y traductora canadiense Anne Carson. Pero hay una chilena en todos lados y Verónica Zondek es esa. También escritora y traductora, trabajó junto a Carson y hoy compartió sus recuerdos con ella.
La poeta canadiense Anne Carson fue galardonada con el Premio Nobel de Literatura 2026. “Por su audaz e inventiva obra que, en juguetón diálogo con la tradición clásica, ha creado nuevas formas para la literatura contemporánea”, detalló la Academia. Y aunque parece lejano, en 2018, Carson visitó Chile, donde recorrió la casa de Pablo Neruda, dio un paseo en el teleférico del Cerro San Cristóbal y un almuerzo con Julieta Venegas. En su breve paso por el territorio, las personas que estuvieron con ella la recordaron como alguien amable, tímida y elegante.
Pero hay alguien que no solo pasó cuatro días con ella, sino que trabajó bajo las letras de sus creaciones: Verónica Zondek. Poeta, escritora, traductora y gestora cultural chilena. Comenzó su carrera en los ochenta con su primer libro, Entre cielo y entre línea, en 1984. También ha participado en otras expresiones artísticas como el teatro, música, grabado y fotografía.
Sin embargo, es a través de la traducción donde hace su primer acercamiento con la ahora ganadora del Premio Nobel. Al encontrar una obra sin traducción, decidió tomar el riesgo y hacerlo ella, lo que consideró “una aventura feliz”.
En conversación con El Mostrador, la escritora Verónica Zondek profundizó en su experiencia en la traducción de las creaciones de Anne Carson y su pequeño encuentro en su visita a Chile.

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—¿Cómo llegaste a los libros de Anne Carson? ¿Qué te llevó a traducirla?
—Llegué a Anne Carson por casualidad, como suelo llegar a todo lo que leo: algún libro o autor lo nombra en algún contexto y me interesa, o en conversación con un amigo o librero. A Anne Carson me la nombró y mostró por primera vez Pedro Serrano, un amigo y poeta mexicano, mientras buscábamos libros en una librería en Washington. Y después de hojear algunos, no me pude aguantar y compré sus libros. Nox, entre ellos. La lectura de Nox me encandiló y dio hambre. Su modo casi físico de transitar entre mundos doctos e íntimos sin que quede rastro de costuras, cómo entrelaza distintas expresiones lingüísticas y formales, la tenacidad con que busca los detalles que pueden reconstruir al muerto y el cómo relaciona a todo esto con el poema de Catulo. El objeto, libro, caja, dispositivo que contiene al poema. Y más.
Me pareció extraordinario el viaje mental y emocional que emprende y cómo hace uso de todas las herramientas y conocimientos que tiene para hacer ese viaje. Eso fue lo que me impulsó a seguir leyendo todo lo que pude encontrar. Así fue como me di cuenta de que había un libro que no había sido traducido al castellano. Y también encontré a una editorial dispuesta a arriesgar y pagar los derechos y editarla. Nada de eso es fácil, pero fue para mí una aventura muy feliz.
—¿Qué crees que el Nobel reconoce de la obra de Anne Carson?
—No he tenido tiempo de escuchar o leer lo que dice el Nobel. Imagino que la destacó su capacidad de traducir y conectar mundos, de transportarnos a zonas insospechadas. Su gran imaginación, el cómo conmueve con lo propio echando mano a lo ajeno. Su forma de trabajar la materialidad y también los atrevimientos lingüísticos y formales que encuentra para mover el piso, trizar la autocomplacencia y movilizar nuestras emociones y experiencias. Su capacidad para des-cartonar nuestra percepción del mundo clásico. Y, por último, su experimentación e innovación con la forma que resulta de la necesidad interna de lo que escribe y no como un fin en sí mismo.
—¿Qué recuerdas de la visita de Anne Carson en Chile?
—Recuerdo sus silencios y su manera de observarlo todo. Su fiera complicidad con “the randomizer” o “el azarólogo”. Su personaje público y sus respuestas escuetas y su locuacidad en los momentos en que pudimos conversar solas.
—Carson es una autora vinculada con la literatura griega antigua, pero al mismo tiempo escribe sobre el deseo, el duelo, el amor y la vida contemporánea. ¿Qué encuentra ella en los clásicos que sigue siendo tan urgente para el presente?
—Justamente encuentra allí la tragedia y la comedia de la existencia humana, que son los puntos por donde transita su escritura. Y toma lo que necesita con total libertad, para, con esos encuentros y lo que a partir de ellos imagina, iluminar nuestra pobre y triste condición. Siempre queribles, eso sí. Encuentra a los seres atrevidos y audaces que fracasan y los cruza con personajes contemporáneos con problemáticas cotidianas, y en ese viaje literario que atraviesa lo humano, instala al mundo clásico revisitado y replanteado.
Esa lectura de lo clásico con ojo actual es, en definitiva, lo que permite que un clásico sea clásico. La grandeza de Carson es que saca a ese mundo de petrificada belleza y corrección y la ausculta con la emoción de lo humano, de lo no perfecto, desde el aquí y ahora con todas sus flores y miserias.
—Carson ha conseguido algo bastante excepcional: ser una autora muy experimental y, al mismo tiempo, despertar un enorme interés entre lectores que quizás no suelen acercarse a la poesía. ¿A qué atribuyes esa conexión?
—¿Sabes? Para mí es un misterio. No es una poeta fácil de leer, pero creo que quizá hay dos cosas que lo logran. La primera es que ella creó un personaje medio roquero y escénico y también algo performativo para compartir sus textos con el público. Creo que eso es atractivo. Maneja muy bien los silencios, el misterio, la teatralidad y la magia. Eso, por una parte. Por otra, creo que ella es una poeta irreverente a la vez que atrevida, y su poesía siempre cuenta una historia que nos desafía a re-mirarnos en el espejo de los ojos propios. Y también el tono lúdico y su imaginación puede que sean algunas de las llaves que despiertan el deseo de leerla.
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