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Pablo Schalscha, artista gráfico: “Mi concepción del arte se sustenta en lo colectivo” CULTURA Crédito Ignacio pérez

Pablo Schalscha, artista gráfico: “Mi concepción del arte se sustenta en lo colectivo”

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Mariana Hales Beseler
Por : Mariana Hales Beseler Periodista y Licenciada en Comunicación Social. Desde 2003 ha trabajado en distintas editoriales chilenas y extranjeras como encargada de comunicaciones.
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El artista radicado en Valdivia acaba de publicar “Nifú, Nifá”, protagonizado por dos manos hermanas, el libro explora el juego, la imaginación, el aprendizaje y la colaboración desde una propuesta visual y poética.


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Pablo Schalscha Doxrud, artista visual y gráfico radicado en Valdivia, presenta Nifú, Nifá, su primer libro álbum para niños y niñas. Protagonizado por dos manos hermanas, el libro explora el juego, la imaginación, el aprendizaje y la colaboración desde una propuesta visual y poética. La obra, publicada por la editorial Escrito con Tiza, recoge varias de las preocupaciones que han atravesado su trayectoria: el trabajo manual, la poesía visual, la participación comunitaria y la relación entre las personas y su entorno. 

Conversamos con Schalscha sobre el origen del libro, el valor de las manos en un mundo cada vez más digital y su concepción del arte como una experiencia colectiva. Nifú, Nifa se presentará el 10 de octubre al mediodía en la librería Gato Caulle en Valdivia y el 24 de octubre a las 12:30 en la librería Escrito con Tiza en Santiago. 

—¿Cómo nace Nifú, Nifá y qué te llevó, después de años de trabajo como artista visual, a entrar por primera vez al mundo del libro álbum infantil?

—Nace de mis experiencias como artista visual realizando trabajos de arte público donde participan muchas “manos” que colaboran artesanal y simbólicamente en la elaboración de esculturas o artefactos que intervienen edificios y ríos, hasta ahora. Estas obras efímeras, van siempre acompañadas de un objeto gráfico o libro de artista. Yo me formé como pintor, luego como artista gráfico y además durante muchos años trabajé con infancias. Ese lenguaje gráfico me ha acompañado siempre, tanto como artista y como educador. Es un sistema de pensamiento. Debo confesar que siempre he soñado hacer libros para infancias. Estoy cumpliendo un sueño.

—Elegiste dos manos como protagonistas. ¿Qué posibilidades encontraste en ellas para hablar del cuerpo, la imaginación, el juego y nuestra manera de relacionarnos con el mundo?

—Infinitas posibilidades.  Es decir, las manos se prolongan en infinitas formas, objetos, deseos, pensamientos. Toda expresión tecnológica es una prolongación de alguna facultad de nuestros cuerpos. Todo hacer es una forma de juego que el cuerpo puede ejecutar. Así como la respiración nos permite tener una vida, las manos, o su ausencia, nos muestran la importancia del tacto, del cuerpo, de la experiencia sensible o estética, del papel fundamental de la presencia, de la importancia de seguir confiando en nuestros sentidos o “ilusiones mortales”. Como leí alguna vez, de lo radical que es apostar por la experiencia directa y de primera fuente, de la necesidad de practicar nuestros sentidos y “antenas” que nos guardan aun muchas sorpresas. 

Las manos y el tacto como protagonistas me permiten profundizar en una idea de imaginación que está amarrada a las cosas y los fenómenos, una imaginación que entra y sale, que funciona como bisagra entre el individuo y el mundo, una imaginación que no separa el adentro del afuera. Esta relación, en mi opinión, alcanza su mejor momento cuando nos disponemos desde la lógica del juego y la curiosidad. 

Ambas manos representan dos maneras distintas de jugar o curiosiar. El juego es transversal a estas protagonistas. Una juega participando, la otra indagando. Ambas “personalidades” se complementan en sus acciones y me permiten invitar a repasar esos aparentes polos en nuestra propia existencia humana. 

—Nifú imagina y Nifá calcula, dos formas distintas de aproximarse a la realidad. ¿Hay algo de esas dos maneras de pensar que también esté presente en tu propia práctica artística?

—Por supuesto. De eso se trata el hechizo del arte para mi. De mantener el justo equilibrio que nos despierta el mundo. Un equilibrio que debiera contaminarse hacer simbiosis… y caer en la realidad. 

Me gusta ver el imaginar y el calcular como dos ingredientes inseparables. Cuando me lanzo a la práctica artística ambos componentes se nutren. Por ejemplo, cuando intentas calcular y producir algo que imaginaste o cuando el proceso constructivo y material te hace imaginar nuevas relaciones. Esta balanza o vaivén es una vieja cuestión del arte. Como el huevo o la gallina. 

—En el libro aparece con fuerza la idea de la “tercera mano de la colaboración”. ¿Por qué te interesa particularmente la colaboración como una forma de creación y qué has aprendido de ella en tu trabajo artístico?

—Me interesa porque cuando opera la reciprocidad todo parece posible. Se triza el pensamiento individual, entra la sorpresa, el error, comienza a funcionar la filosofía de la red, del cardumen. Me interesa también un fenómeno que sustenta ese concepto y es que cuando juntas muchas cosas de lo que sea se genera una “masa crítica” que es sorprendente como presencia y como agente de cambio. Esto está muy de la mano de la reproductibilidad técnica y de la abundancia de lo vivo que se reproduce sin límites. Siempre me llamó la atención del refrán “la union hace la fuerza” y las fábulas que expresan la idea de que la unión nos protege y la división nos debilita. Aprendo en definitiva a comunicarme y a socializar, a formar parte, a mezclarme y a reconocerme como un ser que forma parte de otros. 

—Nifú, Nifá reivindica el hacer con las manos en un momento en que gran parte de nuestra experiencia cotidiana ocurre a través de pantallas. ¿Qué crees que seguimos descubriendo cuando tocamos, construimos, reparamos o simplemente hacemos cosas con las manos?

—El libro es una vieja pantalla que aun nos permite estar en el mundo. Tocar, reparar, hacer… Nos permite esas tres cosas que mencionas. Creo que esas tres “estrellas” nos permiten encontrarnos, volver, darnos sentido. El trabajo con las manos, muy presente en cualquier práctica artesanal, te permite otra cosa maravillosa y es que requieres de tiempo y ese tiempo “pasa por tus manos”, o como mejor lo dice la artista Maria Nepumoceno, “el trabajo artesanal, más que la construcción de objetos útiles parece consistir en el hecho de experimentar el tiempo”. Esto es muy fascinante porque abre nuevas formas de experimentar y comprender algo tan inabarcable como el tiempo. Nadie puede escapar del tiempo, y el trabajo con las manos nos enseña sobre ese ingrediente ineludible de la existencia. 

—Tu trabajo se mueve entre la poesía visual, las esculturas, las acciones comunitarias y ahora este libro pensando en las infancias. ¿Qué elemento común conecta esas distintas formas de creación?

—En primer lugar, las conecta el lenguaje gráfico. La poesía visual se sustenta en esta visualidad de la palabra, del texto. Así también las esculturas asociadas a estas acciones comunitarias también vienen, se originan desde esta predilección, este deseo, esta conexión con el lenguaje gráfico. 

Los procedimientos que se arman en esas esculturas, el trabajo artesanal, manual, repetitivo que está incubado en esos trabajos y en estas metodologías comunitarias también están inspiradas en este lenguaje gráfico, en la lógica de la reproductibilidad que se expande, por decirlo de cierta manera, a lo real, al mundo, a la realidad. 

Todas estas acciones, entonces, que quieren congregar el trabajo de muchas manos están inspiradas en esta potencialidad del lenguaje gráfico, específicamente en su componente reproductivo. Y así mismo estos libros de infancia están conectados con esta predilección.

—Estudiaste arte en Santiago y hace años vives en Valdivia. ¿Qué transformó en tu manera de mirar y producir el traslado desde Santiago hacia el sur?

—Siempre busqué ese formato colectivo y comunitario de trabajo.  Valdivia es un lugar tan particular del mundo que te permite una escala de vida en comunidad, la posibilidad de formar parte de algo mayor. Amo mi lugar, a mi gente, a mis colegas, a mi barrio, al proyecto de ciudad que muchos levantan e imaginan. La ciudad inspira, nutre y devuelve si intentas aportar de la manera adecuada, es decir, mezclandote con esa gran diversidad de propuestas artísticas, culturales, sociales, ambientales y políticas. Mi manera de mirar maduró en esta ciudad, mi manera de aproximarme a las personas, a las cosas, al entorno, a las temáticas que mueven a la ciudad y que detonan en mi caso una forma de producción artística situada, cuya razón de ser se aloja en ese ámbito de lo público y local. Esto es interesante porque este trabajo con foco local es en mi opinión el mejor pie para reflexionar lo global. 

—¿Cómo ha influido Valdivia; su paisaje, su escala, su vida cultural y comunitaria, en tu trabajo como artista? 

—Ha influido positivamente. En primer lugar, porque su paisaje único es tremendamente inspirador. Especialmente si pienso en su cualidad fluvial, en la presencia del agua que define este paisaje. Su escala también colabora para realizar un trabajo de arte que tiene la vocación de desplegarse en el ámbito de lo público. Es decir, esta ciudad a escala humana, como decía Manfred Max Neef, permite establecer diálogos y complicidades con un potencial público.

También el ecosistema o la vida cultural de la ciudad que promueve instancias comunitarias, son un excelente contexto para poder realizar estas propuestas de arte público y de arte participativo.  Me permite como artista elaborar trabajos de arte que tienen mayor pertinencia territorial. No es algo que esté forzado. Valdivia tiene una historia, tiene una serie de identidades que la conforman, tiene conflictos que la han redefinido en su historia, conflictos de todo tipo: desastres naturales, conflictos medioambientales, etcétera. Es un lugar en donde las necesidades son muy evidentes y las potencialidades están a la vista. Esta diversidad de componentes, como su paisaje, su escala, su vida cultural y comunitaria, esta diversidad me permite entonces activar relaciones creativas y propuestas de arte que tienen mayor oportunidad de incidir en una ciudad que se va imaginando con muchos actores. No solo desde el arte, sino que desde muchos otros ámbitos: sociales, ambientales, socioambientales y también simbólicos, por supuesto. 

—En tu obra existe un interés por sacar el arte de los espacios tradicionales y generar experiencias colectivas. ¿Qué lugar ocupa hoy la comunidad y la participación de otros en tu concepción del arte?

—Creo que ocupan un lugar central.  Desde un inicio hay un interés que mueve mi concepción del arte, y es la apropiación del espacio público. El cómo se negocia ese lugar que es de todos y que es de nadie.  Mi concepción del arte se nutre de apropiaciones y micro resistencias cotidianas que se expanden más allá de la esfera privada. Entonces mi trabajo intenta impulsar experiencias que promuevan una apropiación ciudadana del espacio público en su más amplia dimensión. Lo que no es fácil en el panorama actual. Básicamente visibilizo algo que ya existe y cambio su escala. La participación y la comunidad se tornan la médula que moviliza este tipo de trabajos de arte, y en particular una concepción del arte que se basa en la idea de colectividad.  Esto está muy asociado, a mi entender, a la creación de mitos. Los mitos tienen la particularidad de narrar una comprensión que es de muchos. Y el arte al que estamos más habituados tiende a colocar una visión individual o de un autor en ese rol. 

Mi intención es retomar la construcción de mitos, y para eso no lo puedo hacer solo. Debo involucrar la participación de otros y debo de alguna manera promover la generación de micro comunidades que están en complicidad con estas invenciones y propuestas. Es una apuesta. Esa es de alguna manera mi concepción del arte: se sustenta en lo colectivo. 

—Este es tu primer libro álbum, pero también parece reunir varias preocupaciones que has desarrollado durante años. ¿Sientes que Nifú, Nifá abre una nueva etapa en tu trabajo?

—Absolutamente. Primero que nada, es un sueño cumplido. Siempre he soñado con hacer libros para infancias. Y abre una nueva etapa, sin duda, porque me da la oportunidad de seguir realizando un trabajo, que considero un trabajo artístico, para un público específico, para un público que respeto muchísimo, para un público y rango etario que inspira muchas de las cosas que hago, seguramente porque hay mucho de niño en mí. Y abre también una nueva etapa que me permite trabajar hasta viejo. Crear libros para infancia puede hacerse hasta viejito. No necesito subirme a una escalera, atornillar, ni cortar, ni pegar; solo necesito de una historia, una visión, un lápiz y un papel. Puede hacerse hasta estirar la chala o, como dicen, hasta ponerse el pijama de palo. 

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