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Alejandra Costamagna, escritora: “La ausencia puede reescribir una identidad” CULTURA

Alejandra Costamagna, escritora: “La ausencia puede reescribir una identidad”

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Alejandra Delgado
Por : Alejandra Delgado Periodista. Colaboradora de Cultura de El Mostrador
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En Dónde puedo dejarlo (Anagrama, 2026), la autora, finalista del Premio Herralde, narra la historia a dos amigas y el vínculo que resiste cuando una de ellas desaparece, en los últimos meses de la dictadura.


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Alejandra Costamagna publicó su primera novela, En voz baja (LOM Ediciones), en 1996, en plena transición. Treinta años después, vuelve a ese momento histórico con Dónde puedo dejarlo (Anagrama, 2026), una historia sobre la persistencia de la amistad. Es diciembre de 1989, Chile se prepara para dejar atrás la dictadura con la elección de Patricio Aylwin como Presidente. Mara entra a la clandestinidad, mientras Manu, su amiga, se queda buscándola.

Autora fundamental de la narrativa chilena, ha construido una obra personal, en la que la experiencia y el artificio se superponen. Con una escritura sugerente, Dónde puedo dejarlo avanza como el recuerdo de alguien que falta: a saltos, con un narrador que cambia de voz, y va armando un “antidiccionario” para lo que el lenguaje normativo no alcanza a nombrar.

Aquí, la escritora habla del duelo cuando no hay un cuerpo, de cómo llega a lo político desde lo afectivo y de una memoria que terminó “abducida por la imaginación”, entre otros temas.

-En una novela que no avanza de manera lineal, Mara desaparece y Manu, su amiga, se queda buscándola. ¿Buscabas que el lector también lo hiciera? Y al final, cuando el relato por fin se acerca a ella, ¿querías resolver la ausencia de Mara o mostrar que cualquier resolución solo puede ser imaginada?
-Es interesante que el verbo “buscar” aparezca tantas veces en la pregunta, porque esa acción, la búsqueda, fue una constante en el proceso de escritura. Busqué voces, busqué temporalidades, busqué perspectivas, busqué quiebres, busqué modos de usar la palabra para captar todo eso que era irreducible a palabras. Quería dar espacio al vacío, pero no para llenarlo, sino para tantear la permanencia de lo que desaparece: cómo la ausencia puede reescribir una identidad.

Y no es que buscara dejar al lector en actitud de pesquisa (si eso pasaba, en todo caso, que no viniera direccionado por mí), sino abrir la compuerta a la proliferación de lecturas posibles, a la conjetura, a la especulación, al “podría haber sido que”, al “y si”. Que la historia –y con ella Mara– continuara fuera de sí. Porque no buscaba subrayar una salida, cerrar un desenlace y zanjarlo. Todo lo contrario. Quizás lo que buscaba era resguardar el carácter abierto que tiene el título como pregunta: Dónde puedo dejarlo.

-La desaparición de Mara se vuelve material en cosas pequeñas para quienes se quedan: una carta, una fotografía pegada con chinches, un plato frente a una silla vacía, una planta, una habitación. La ausencia adquiere un volumen doméstico. Manu incluso llega a encarnar a Mara frente a Juan, el padre de su amiga. ¿Qué necesita un duelo para sostenerse en el tiempo?
-Supongo que cada duelo es único y resulta difícil saber de antemano cómo sostenerlo en el tiempo. Pero hay una particularidad en la desaparición. La falta de informaciones, la ausencia de un cuerpo que confirme la pérdida, deja a los que se quedan en una especie de limbo. Quizás entonces ese duelo se sostiene con sustitutos de corporalidad como los que mencionas. Con pedacitos del ausente: un chaleco, un cepillo de dientes, un modo de reírse, una muletilla, un olor, una caligrafía, una música. Todas cosas cotidianas, afectivas, bastante triviales.

En la primera parte de la novela, el narrador en segunda persona lleva el foco hacia una mimetización de las amigas. Y es como si el vacío dejara de ser vacío para transformarse en presencia desplazada y acaso recíproca: Mara en Manu y Manu en Mara. Por lo demás, vivirse en las vidas del otro/la otra es uno de los asuntos que atraviesa el libro. No solo como eco del duelo, sino también como pulsión de escritura. Convertirse en otro/otra y hacer de ese extrañamiento una identidad desbordada.

-La forma fragmentaria y elíptica de la novela ha producido lecturas distintas. Para algunos críticos, resulta demasiado críptica o incluso se apartaría de la forma novela; para otros, esa indeterminación es justamente la que permite narrar la ausencia de Mara, y agrego que lo hace con mucha belleza. ¿Qué estabas dispuesta a perder al elegir una forma que no completara el mundo narrado?
-Creo que no tiene que ver con “perder” algo, sino con asumir que mi interés como lectora pasa justamente por esa indeterminación. Me cautiva lo sugerido, lo que se narra en los intersticios, en la entrelínea, y que a veces genera un extrañamiento especial, como si algo no encajara del todo. Es justo eso lo que me sacude y me moviliza al leer. Pero también al escribir.

Y como bien dices, en Dónde puedo dejarlo la indeterminación está vinculada con la ausencia, que es su asunto: lo que no aparece, lo que está oculto, velado, lo que se sostiene en la huida. Me encanta que alguien diga que esta novela se aparta de la forma novela. Porque ciertamente la huida de una de las protagonistas, su escape de un orden determinado, va de la mano con la huida de la propia novela a su “deber ser” como género. La novela se fuga de la novela.

-Mara se involucra en la resistencia en 1989 y entra en la clandestinidad justo cuando la dictadura empieza a dar paso a la democracia. ¿Cómo imaginaste a quienes tomaron ese camino cuando el país ya empezaba a contarse otra historia?
-De algún modo el ejercicio de tomar como telón de fondo esos años ya lo había hecho en En voz baja, mi primera novela, que empecé a escribir en 1993. No sé si entonces lo pensé exactamente de esa forma, pero hoy me parece que el libro trata de cómo el golpe de Estado no solo descompuso las estructuras sociales, sino que afectó a las personas en su cotidianeidad, en sus microespacios. Y cómo la huella de ese quiebre perduró una vez recuperada la democracia. Y, sin proponérmelo, creo que en Dónde puedo dejarlo toco una tecla parecida al atender los ecos de esa democracia sinuosa para concentrarme en un vínculo que se resiste al quiebre y se tuerce en la ausencia.

Son novelas muy distintas respecto de sus tonos, usos del lenguaje, énfasis, registros, ramificaciones, etcétera. Pero en ambas es desde el campo afectivo y desde la “voz baja” que accedemos a lo político. Dónde puedo dejarlo no enfoca la resistencia ni la épica de la militancia como tal, sino que apunta a esas identidades igualmente sinuosas, tanto de la amiga que pasa a la clandestinidad como de la que se queda y pierde algo de sí al perder a la otra.

-La novela incluye un “antidiccionario” con palabras que el uso normativo no te daba. ¿Cuál fue la más difícil de recuperar del lenguaje político o policial?
-“Desaparecer”, sin duda. Por eso no la defino, apenas doy vueltas alrededor de ella: “Desaparecer no es una palabra, es un pozo”.

-La novela no cuenta la militancia de Mara, y ella permanece parcialmente inaccesible hasta el final. ¿Esta opacidad es acaso una forma de cuidado hacia quien haya podido inspirarte para escribirla?
-Puede que algo de eso hubiera al inicio, de manera inconsciente. Pero mi interés siempre fue situarme desde el lado de los que se quedan, no apropiarme de la otra voz. La novela partió de un impulso memorioso (dónde se dejan ciertos recuerdos que vuelven y vuelven) y terminó abducida por la imaginación. Porque la ficción para mí se nutre de la experiencia, pero luego se dispara. El material toma otros rumbos y es, siempre, una construcción. Y la opacidad en Dónde puedo dejarlo se desprende justamente del material.

Cuando empecé a ensayar escenas fui derivando en una escritura que se desdibujaba todo el rato y entendí que esa era la forma que demandaba el tratamiento de la ausencia. En realidad nunca busqué la reconstrucción de una historia, sino el paseo por unos afectos y unos rastros y unas huellas y unas pesadillas y unas fantasías y unos vocablos y unas cicatrices y unas fantasmagorías y también unas ilusiones de futuro que se tomaron la escritura. Y yo no opuse resistencia.

-En 2020, durante el encierro de la pandemia, escribiste un texto en Revista Santiago donde citas a Anne Carson: “¿Por qué aferrarse a todo eso? Y yo dije: ¿dónde puedo dejarlo?”. Esa pregunta es hoy el título de la novela. ¿Qué te hizo volver a ella?
-Cuando escribí ese texto ya estaba con la novela. Y algo de esa experiencia límite y de otras situaciones de pérdida que experimenté entonces se cruzó en la escritura. En esa atmósfera fantasmal de la pandemia, que traía la reminiscencia de otros tiempos, me pareció que la cita de Carson graficaba algo radical en un tiempo que cada vez se volvía más veloz y feroz: dónde puedo dejarlo. ¿Dejar qué? ¿Para qué?

Una pregunta abierta y ambigua y atemporal, por lo demás, que sigue vigente y no busca clausurar sentidos. Una pregunta sin prisa que, en medio de tanta inmediatez, se me instaló como una conspiración memoriosa y no supe dónde dejarla.

Ficha técnica

Título: Dónde puedo dejarlo
Autora: Alejandra Costamagna
Editorial: Anagrama, colección Narrativas Hispánicas
Fecha de publicación: 08/04/2026
184 páginas.

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