Aquí Arica
Crédito: Cedida
Los santos y difuntos tendrán comida y música andinas en los cementerios rurales
Tendrá lugar el 1 y 2 de noviembre en los cementerios de los valles, la precordillera y el altiplano de la Región de Arica y Parinacota.
Una particular celebración de santos y difuntos tendrá lugar el 1 y 2 de noviembre en los cementerios de los valles, la precordillera y el altiplano de la Región de Arica y Parinacota. La tradición comienza con una vigilia en las casas de los deudos, donde se prepara un altar con panes llamados t’ant’a wawas, elaborados con distintas figuras, además de licor y picante de guata y pata.
Luego viene la peregrinación a los camposantos. Allí, sobre las lápidas, se instalan mesas con comida y ofrendas para los difuntos. Cada cierto tiempo, bandas de bronce interpretan los temas que les gustaban a quienes ya no están en este mundo, mientras se suceden los brindis.
La celebración, denominada Ajayu Uru en lengua aymara, es descrita por el doctor en Antropología y académico del Departamento de Ciencias Históricas y Geográficas de la Universidad de Tarapacá (UTA), Carlos Choque Mariño, como una herencia del culto a los muertos que realizaban las culturas prehispánicas y que tras la conquista española fue proscrita por el cristianismo.
“Hay que tener en cuenta que desde la conquista hispana en adelante, aproximadamente desde 1538, se prohíbe el desfile de las momias imperiales, por ejemplo, en los actos litúrgicos en el Cusco. Y hacia 1570, cuando llega el rey Francisco de Toledo, comienza a tomar una política junto a los jesuitas, una política mucho más agresiva, y simplemente se toma la decisión de no solamente prohibir, sino también destruir y quemar todo vestigio de cultos a las momias, porque este culto dificultaba la evangelización, pero las comunidades o los linajes incas siguen teniendo este culto a sus antepasados, a las momias, en sus comunidades de manera secreta”, explicó.
―¿En qué consistía ese culto?
―Les presentaban ofrendas en alimentos, como el maíz y otros más. Esto cambia en el período colonial y, dado que ya no están las momias, van cambiando de ingredientes, pero está la memoria de la persona que ha fallecido.
―¿Cuál es el cambio que experimenta tras la conquista española?
―Lo que vamos a encontrar en esta continuidad de la tradición incaica son ofrendas más coloridas, que incluyen los panes llamados T’ant’a wawas, con formas de escalera, cuyo significado es el ascenso al cielo, y animales con formas caballos y llamas, soles, lunas, aves y cruces asociadas al cristianismo.
―¿Por qué se hace la distinción entre el Día de los Santos y el Día de los Difuntos?
―Pese a que el mundo contemporáneo ha ido ajustando el calendario a los feriados laborales, la tradición contempla el Día de Todos los Santos, que es el 1 de noviembre y se hace en las casas de las familias andinas para venerar a los niños que han fallecido. Se monta una mesa que debe llevar un mantel blanco y sobre ella las ofrendas. Esa mesa se levanta y se comparte con los asistentes, mientras que el 2 de noviembre es el Día de los Difuntos por los adultos que han fallecido. Para ellos se monta una mesa con mantel negro, y ese ritual sí se hace en las tumbas con esos panes y todo lo que le gustaba a la persona muerta. También son infaltables las velas, frutas y la hoja de coca como ofrendas.
―Según las familias aymaras, este culto debe hacerse durante los tres primeros años que siguen al fallecimiento de la persona…
―La tradición dice que este ritual debe hacerse durante tres años. Al tercero, la creencia lo define como el despacho, es decir, se deja partir el alma que estaba aún entre los vivos. Antes, las familias se reunían para cocinar los panes. Pero con esto de que la vida es más dinámica, varias familias encargan a las panaderías estos panes, lo que les da más prestigio. Esto habitualmente está acompañado además de la comida y bebidas para agasajar al difunto. Se come por el difunto, no por los vivos. Esto es similar a lo que relata la película Coco, dado que el culto a los muertos es transversal en toda nuestra América. Tiene que ver con esta fuerte vinculación con el pasado.
―¿Por qué se usan las coronas de papel de colores?
―Es también un elemento de prestigio y un ajuar preciado. Cuesta encontrarlas y se ven mejor que las flores plásticas. Esto es como una ofrenda, digamos, simbólica e importante. Entonces, también, al igual que el pan, se encarga con bastante tiempo. No es llegar e ir a algún lugar y comprarlas, porque son escasas también en las zonas rurales.
―El 1 y 2 de noviembre se ven muchas bandas de bronces y lakitas tocando, a diferencia de los cementerios tradicionales…
―A diferencia de los cementerios donde hay mucho silencio, en aquellos adonde acuden las familias aymaras llegan bandas de bronce, la gente se relaciona, bailan ahí, le encargan temas que le gustaban al difunto. Yo recuerdo a una tía, una tía abuela, la tía Isabel. Ella decía: “Cuando yo ya esté muerta y se produzca tal fiesta, yo voy a salir a bailar”. Es decir, la muerte para esta cultura no impide que hagan las cosas que les gustaba hacer. Hay que recordar que las almas están tres años con nosotros antes de partir.
Las almas van y vienen al otro mundo. El día de los santos o el día de los difuntos, propiamente tal, abre una temporalidad en donde los muertos vienen y el domingo de tentación de carnaval las almas terminan por irse. Es decir, hay como tres meses en donde las almas pueden estar en este mundo. Y se van con el abuelo carnavalón, que es el representante, que es el máximo símbolo de los antepasados, porque es un antepasado, es el abuelo mitológico, es el abuelo fundador de todo.
―¿Dónde se puede ver esta manifestación cultural?
―Obviamente en el cementerio de San Miguel de Azapa, donde esta expresión está amplificada. Es una fiesta enorme de celebración a los difuntos. También ha ido apareciendo de manera tímida en el Cementerio Municipal de Arica.
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