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La crisis ecológica actual tiene raíces éticas además de tecnológicas, según libro CULTURA|CIENCIA Crédito: Cedida

La crisis ecológica actual tiene raíces éticas además de tecnológicas, según libro

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Richard García Zúñiga
Por : Richard García Zúñiga Agencia Inés Llambías Comunicaciones/ colaboradores de El Mostrador.
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Así lo plantea “Fundamentos de Ética Ambiental”, primera traducción al español del libro del filósofo estadounidense Eugene C. Hargrove, presentada en el Centro Cultural Gabriela Mistral (GAM).


La crisis ecológica no responde solo a causas materiales o tecnológicas, sino también a una forma de pensar que durante los últimos siglos relegó a la naturaleza a un lugar secundario, como algo disponible para ser usado, explotado o transformado.

Esa es una de las principales ideas de “Fundamentos de Ética Ambiental”, primera traducción al español de la obra del filósofo estadounidense Eugene C. Hargrove, presentada en abril en la Librería del GAM, en el Centro Cultural Gabriela Mistral (GAM).

“Hargrove demostró que la crisis ecológica tiene raíces culturales, filosóficas y éticas”, plantea Ricardo Rozzi, discípulo del autor y encargado de la edición en español.

Junto a Francisca Massardo, directora del Centro Internacional Cabo de Hornos (CHIC) han trabajado no solo en la traducción de este libro sino que también han mantenido un estrecho contacto con Hargrove durante más de 30 años, al mismo tiempo que han desarrollado programas de ética ambiental en el extremo sur de Chile.

El libro sostiene que la discusión ambiental suele concentrarse en las consecuencias visibles del problema, como el aumento de las temperaturas, el retroceso de los glaciares o la desaparición de especies, pero deja en segundo plano las ideas y los valores éticos que permitieron llegar a ese escenario.

A juicio de Hargrove, durante los últimos cinco siglos la tradición occidental privilegió lo racional, lo abstracto y lo permanente por sobre lo biológico, lo físico y lo cambiante. Con pensadores como John Locke, la naturaleza fue quedando relegada a un plano secundario, como algo disponible para ser usado, intervenido o transformado.

En el pensamiento de Locke, por ejemplo, la tierra solo adquiere valor cuando es trabajada por el ser humano y convertida en propiedad. Antes de eso aparece como un espacio improductivo, casi inútil. Para Hargrove, esa forma de entender el mundo sigue presente hoy en gran parte de las leyes, la economía y las decisiones públicas.

La consecuencia es que resulta mucho más fácil asignar valor a un edificio, una carretera o una plantación que a un bosque nativo, un humedal o un río. La naturaleza continúa siendo vista principalmente como un recurso y no como una realidad viva que posee valor por sí misma.

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El libro también discute las ideas del filósofo australiano John Passmore, quien en la década de 1970 sostuvo que Occidente tenía solo una base intelectual para desarrollar una ética de respeto hacia la naturaleza. Según Passmore, la tradición occidental era esencialmente utilitarista y centrada en la idea de dominio humano.

Hargrove, quien es fundador de la revista Environmental Ethics, rechazó esa visión y sostuvo que dentro de la propia historia intelectual occidental existe también una corriente menos visible, pero igualmente importante, que reconoce los valores estéticos y éticos en el mundo natural.

El director académico del CHIC explica que uno de los grandes aportes de su maestro fue demostrar que Occidente no solo produjo ideas de dominio sobre la naturaleza, sino también tradiciones que valoraron la belleza, expresada por pintores, poetas y otros artistas, y la contemplación del mundo natural valorado por sí mismo, como expresan San Francisco de Asis, numerosos teólogos y filósofos.

Seres integrales

“Los humanos no somos solo máquinas de cálculo costo-beneficio, somos seres integrales con sensibilidad y un instinto de cuidado por otros seres humanos y el conjunto de seres con quienes compartimos el planeta”, afirma el investigador.

A su juicio, la conservación debe considerar cuánto beneficios para la sociedad produce un bosque, una cuenca o un humedal. Sin embargo, hoy debemos incorporar un amplio espectro de valores de identidad nacional y local, estéticos y éticos para protegerlos.

“Hay muchas otras defensas, argumentos y valores en Occidente, tales como el valor estético, la contemplación, el concepto de lo sublime y el valor intrínseco de la naturaleza, que no niegan el valor económico, pero lo amplían”, señala. Por ejemplo, en la Cumbre de la Tierra celebrada en Río de Janeiro 1992, Chile y la mayor parte de las naciones del mundo suscribieron el Convenio sobre la Diversidad Biológica, que en su preámbulo comienza por afirmar:

Diversidad biológica

“Las Partes Contratantes, conscientes del valor intrínseco de la diversidad biológica y de los valores ecológicos, genéticos, sociales, económicos, científicos, educativos, culturales, recreativos y estéticos de la diversidad biológica y sus componentes… Afirmando que la conservación de la diversidad biológica es interés común de toda la humanidad, … y reafirmando asimismo que los Estados son responsables de la conservación de su diversidad biológica y su utilización sostenible”.

Rozzi continúa enfatizando que, treinta años después de la cumbre de Río, la Organización de las Naciones Unidas estableció la Plataforma Intergubernamental Científico-Normativa sobre Diversidad Biológica y Servicios de los Ecosistemas (IPBES) para evaluar el estado de la biodiversidad, los ecosistemas y sus contribuciones a la sociedad.

Con sede en Bonn, Alemania, IPBES actúa como el equivalente al IPCC para la biodiversidad, uniendo la ciencia y la política para mejorar la toma de decisiones, y ha hecho un llamado urgente a considerar los múltiples valores de la naturaleza en la toma de decisiones y formulación de políticas medioambientales.

Derecho ambiental

En la presentación del libro, el abogado Raúl Campusano, director del posgrado de Derecho Ambiental de la Universidad del Desarrollo, reforzó ese punto. Sostuvo que la ética ambiental amplia el espectro valórico para la toma de decisiones políticas que puede considerar solo la utilidad ni basarse solo en cálculos económicos.

“La preocupación moral por la naturaleza se vincula con experiencias de belleza, admiración y contemplación. Estas experiencias no son superficiales, sino que aportan un fundamento ético sólido”, afirmó.

Campusano añadió que el valor del libro también radica en mostrar que la naturaleza puede ser significativa para las personas más allá de su uso inmediato, “especialmente en términos de su valor estético y cultural”, señaló.

Hargrove rescata especialmente a los pensadores presocráticos, para quienes la naturaleza ocupaba un lugar central. En esa tradición temprana, filosofar no significaba abstraerse del mundo, sino tratar de entender cómo funciona el entorno y cuál es el lugar de las personas en él.

Historia intelectual de Occidente

“La historia intelectual de Occidente es mucho más rica y diversa de lo que suele suponerse”, resume el filósofo.

El autor estadounidense también pone énfasis en el papel que desempeñó la belleza en la conservación ambiental. Recuerda que los primeros movimientos de protección de paisajes y ecosistemas no surgieron desde la ecología, sino desde la admiración por la belleza de ciertos lugares.

Durante los siglos XVIII y XIX, científicos, naturalistas, escritores y artistas participaron en expediciones donde la observación de la naturaleza iba acompañada de descripciones sobre su belleza. Esa mezcla entre ciencia y sensibilidad ayudó a instalar la idea de que ciertos paisajes merecen ser protegidos no solo por su utilidad económica, sino también por lo que representan.

Al respecto, el director académico del CHIC sostiene que muchas de las primeras áreas protegidas del mundo no nacieron desde la ecología o desde informes científicos, sino desde movimientos culturales, artísticos y paisajísticos.

“Muchos de los parques nacionales se crearon a instancia de movimientos, obras o figuras muy carismáticas, líderes artísticos. Después vienen los científicos que van dando la justificación. Entonces el movimiento cultural se produce por delante”, afirma.

Por ejemplo, en Chile, continuó, “Gabriela Mistral nos ha encantado con sus poemas que nos inspiran para descubrir la gran diversidad y belleza de sus plantas, incluso las pequeñas, como los musgos a quienes dedica un poema, escribiendo: ‘Aunque tus ojos, chiquillo, rebrillaron en los álamos y gritaste al encontrar maitén-sombrea-ganados, también te enamorarás del musgo aterciopelado, del musgo niño y enano, humilde y aparragado”.

“Estos valores no suprimen en modo alguno los valores económicos de la naturaleza, sino que los amplían y complementan en pos de una vida más íntegramente humana. Entonces aparece una pregunta que sigue siendo incómoda. Si la sociedad reconoce valor en una pintura, una catedral o una escultura, aunque no generen beneficios prácticos, ¿por qué no ocurre lo mismo con un bosque, un archipiélago o una cordillera?”.

Pintora magallánica

Esa misma idea apareció en la intervención de la escultora y pintora magallánica Paola Vezzani, autora de las obras incluidas en el libro. Durante la presentación, involucró a los asistentes, pidiéndoles que interpretaran y mostrara una imagen de una de sus obras sin explicar de qué se trataba. Algunos hablaron de un bosque, un río, raíces, un cerebro o incluso una placenta. Solo después reveló que se trataba de una escultura llamada “Espiral de vida”.

“En esta escultura hay un mensaje de colaboración, de amistad, de aceptar, de adaptarse”, señaló Vezzani. Para la artista, una obra puede recordar que personas, bosques, hongos y ecosistemas forman parte de una misma red de relaciones.

Rozzi lleva esa discusión hacia su propuesta de ética biocultural. Desde hace años, su trabajo en el extremo austral de Chile ha insistido en que la separación entre naturaleza y cultura no refleja cómo funcionan realmente las comunidades humanas.

“La diversidad biológica y la diversidad cultural están profundamente entrelazadas”, afirma.

Para Rozzi, las personas no están fuera de la naturaleza, sino que forman parte de ella. Por eso plantea que el conocimiento científico moderno y las visiones de los pueblos originarios pueden encontrarse en un punto común. Ambos reconocen que la vida humana depende de relaciones complejas con otros seres vivos, paisajes y ecosistemas.

Francisco Solís, abogado y director de Chilean Patagonia Project de Pew, recogió esa idea desde una experiencia más práctica en conservación. Durante la presentación señaló que uno de los méritos del libro es reconocer que no existe una sola ética ambiental, sino distintas maneras de relacionarse con la naturaleza según el contexto y la biografía de cada persona.

“Hace muy bien tener esa actitud para considerar e integrar distintas perspectivas”, afirmó.

Solís recordó una reunión de iniciativas de conservación privada en Estados Unidos donde coincidían agricultores, cazadores y ambientalistas con visiones muy distintas, pero todos interesados en proteger ciertos territorios o especies.

“Había asociaciones de cazadores que se dedicaban a conservar hábitat de patos, pero no para mirarlos, para cazarlos. Pero ojo, que ahí hay una dimensión amorosa”, dijo.

Más adelante resumió una idea que, a su juicio, ayuda a abrir conversaciones en vez de cerrarlas.

“Yo me centro en el concepto de amor a la tierra. ¿Cuál es tu concepto de amor a la tierra? Y desde ahí conversamos”.

Economía sostenible

Rozzi plantea que la relación entre cultura y naturaleza puede verse con claridad en lugares como el extremo sur de Chile, donde comunidades locales, pueblos originarios, científicos, el turismo y otras actividades económicas sostenibles conviven con ecosistemas especialmente frágiles. En esos territorios, separar cultura y naturaleza no tiene demasiado sentido porque la vida cotidiana depende directamente del bosque, del mar, de las aves, de los ciclos del clima y de los paisajes.

Según el investigador, esa experiencia ayuda a entender mejor por qué la pérdida de biodiversidad no es solo un problema científico. También implica una pérdida de conocimientos, de prácticas, de lenguajes y de formas de habitar un territorio.

Esa idea también aparece en el origen de la palabra humano. El director académico del CHIC recuerda que proviene del latín humus, que significa tierra fértil.

“Esta antigua intuición cultural encuentra hoy una sorprendente confirmación científica. Estamos hechos de las mismas moléculas y participamos de los mismos procesos que las plantas y los animales”, explica.

Rozzi sostiene que la publicación en español del libro también busca abrir un diálogo entre las tradiciones anglosajonas y latinoamericanas sobre la relación entre seres humanos y naturaleza.

Favorecer el diálogo

“El objetivo general es favorecer un diálogo entre la cultura anglosajona y la cultura latinoamericana e iberoamericana respecto a la relación humano-naturaleza, y basado en evidencia científica y cultural superar falsas dicotomías entre el cuidado de la biodiversidad y el bienestar humano”, señala.

Por eso, una de las principales conclusiones del libro es que la prudencia debería volver a ocupar un lugar importante en las decisiones humanas. Si la ciencia demuestra que los ecosistemas son frágiles, interdependientes y difíciles de predecir, entonces la respuesta más razonable es aprender a convivir con sus límites.

“Hoy día estamos en una tensión máxima, incluso con riesgo de una guerra nuclear”, advierte el director académico del CHIC.

A su juicio, justamente por eso resulta urgente “volver a discutir no solo cuánto vale la naturaleza en términos de recurso, sino por qué debería importar para el bienestar humano en la generación actual y las futuras, que podrán admirar las sublimes araucarias, aves como el cóndor y sorprenderse en encuentros con los ciervos voladores. En resumen, al cuidar la naturaleza, la vida humana es más plena; a su vez, la naturaleza cuida de nuestra especie e infunde la alegría de vivir en un país tan hermoso como Chile”.

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