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Una distopía que también es a nivel científico
Una distopía no siempre llega con grandes estridencias. A veces comienza con decisiones pequeñas, con recortes “razonables”, con preguntas aparentemente pragmáticas. Y así, sin que nos demos cuenta, el país que apostaba por el conocimiento empieza a desmontar, pieza por pieza, las condiciones que lo
“Chile lanzará el primer satélite construido en territorio nacional: el SUCHAI 1″, “Tecnología antisísmica ‘made in Chile’” se abre al mercado mundial”, “Histórico hito de la ciencia nacional: vacuna chilena contra virus sincicial iniciará estudios clínicos en Europa”, “Chile lanzó “Latam-GPT”, una inteligencia artificial con perspectiva latinoamericana.”
Hasta hace poco, titulares como estos no solo eran motivo de orgullo, sino también evidencia de un camino compartido: el desarrollo del país de la mano de la ciencia y la tecnología. Detrás de cada uno de estos logros hay años de trabajo silencioso, fracasos acumulados, cientos —a veces miles— de estudiantes e investigadores, noches sin dormir y un Estado que, con dificultad pero con convicción, decidió invertir en conocimiento.
Cada peso destinado a ciencia ha sido fruto de prioridades disputadas, pero sostenidas sobre una idea que parecía indiscutida: no hay desarrollo sin ciencia y tecnología.
Durante años, la comunidad científica en Chile ha luchado por mayor financiamiento. En el gobierno del Presidente Boric se logró, por primera vez, superar la barrera del 0,4% del PIB en inversión en I+D. Aun así, la brecha con países desarrollados sigue siendo enorme. Pero el rumbo era claro: más inversión, más capacidades, mejor ciencia.
Hasta ahora.
“¿Cuántos trabajos generó? Ninguno”. Así cuestionó el Presidente Kast el financiamiento a la investigación. La frase, más que una opinión aislada, instala una lógica preocupante: medir la ciencia únicamente por su rentabilidad inmediata.
En un contexto de recortes aún difusos, solo sabemos que serán muchos, pero no sabemos con certeza en qué ámbitos, por lo cual estas señales no pueden leerse sino con alarma, porque lo que está en juego no es solo el presupuesto de algunos proyectos, sino la posibilidad misma de construir futuro.
¿En qué momento empezamos a dudar de algo que tomó décadas construir? ¿Cuándo la evidencia dejó de ser suficiente para sostener un consenso básico?
Una distopía no siempre llega con grandes estridencias. A veces comienza con decisiones pequeñas, con recortes “razonables”, con preguntas aparentemente pragmáticas. Y así, sin que nos demos cuenta, el país que apostaba por el conocimiento empieza a desmontar, pieza por pieza, las condiciones que lo hacían posible.
Sin ciencia no hay desarrollo. Sin ciencia no hay autonomía. Y, en un mundo cada vez más complejo, sin ciencia tampoco hay democracia.
- El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.
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