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Filme “La vida que vendrá”: un futuro a color

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La directora Karim Cuyul construye en la cinta un testimonio político necesario para el presente. A partir de un trabajo con imágenes de archivos en color, la película propone una relectura de los últimos cincuenta años de la historia chilena.


El documental “La vida que vendrá” recorre hitos fundamentales de la historia reciente de Chile, desde la Unidad Popular (1970-1973) y la dictadura del general Augusto Pinochet (1973-1990) hasta el plebiscito del Sí y el No (1988), la detención del dictador en Londres (1998), su muerte (2006) y el estallido social (2019).

Este trayecto se articula mediante una voz en off que no solo guía el relato, sino que también interpreta y tensiona las imágenes. A lo largo de este recorrido, la película entrelaza celebraciones, manifestaciones y momentos de introspección, configurando un tejido en el que la memoria íntima y familiar dialoga con la memoria política colectiva.

De este modo, lo personal deja de ser anecdótico para convertirse en una puerta de entrada a una experiencia histórica compartida, en la que resuena un ejercicio ensayístico cercano al de cineastas como Patricio Guzmán e Ignacio Agüero.

Uno de los gestos más significativos de la obra es su uso deliberado del color en el material de archivo. Frente a la tradición de representar el pasado (especialmente los periodos de conflicto) en blanco y negro, como si se tratara de una memoria solemne y distante, Cuyul propone una resignificación visual que devuelve vitalidad a la historia.

El color no opera aquí como un mero recurso estético, sino como una toma de posición: humaniza a los sujetos, acerca los acontecimientos y restituye la intensidad emocional de cada momento. En lugar de una memoria apagada, emerge una memoria viva, donde los rostros, las calles y las multitudes recuperan su energía original. Este uso del color también permite visibilizar los llamados “sueños populares”.

Mientras el blanco y negro tiende a fijar el pasado en una dimensión casi museística, el color lo reactiva y lo vuelve presente. Las imágenes revelan no solo la violencia y el dolor, sino también la alegría, la esperanza y la vitalidad de los movimientos sociales.

Al mismo tiempo, el documental formula, de manera implícita, una reflexión sobre las desigualdades históricas: el acceso a tecnologías como el registro en color estuvo durante mucho tiempo restringido, por lo que rescatar y poner en primer plano estos archivos, muchas veces amateurs, constituye también un gesto político. Se reivindica así la existencia plena y vibrante de los sectores populares, desafiando las representaciones tradicionales que los han reducido a una imagen deslavada o marginal.

A diferencia de otros documentales que utilizan el archivo como ilustración de un discurso previamente establecido, La vida que vendrá se construye enteramente desde estos registros, muchos de ellos familiares o domésticos. Esto le otorga una textura íntima y una perspectiva “desde los bordes”, alejada de la grandilocuencia de los relatos oficiales. En esa elección formal se juega también su potencia: la historia deja de ser narrada desde arriba y se recompone desde fragmentos, miradas parciales y experiencias cotidianas.

En términos emocionales, la película traza un arco que va desde la euforia colectiva hasta el desencanto, explorando cómo las derrotas políticas de generaciones anteriores sedimentan en las siguientes. Sin embargo, lejos de instalarse en una mirada pesimista, el documental sugiere que incluso en esa herencia de dolor persiste una posibilidad: la de recuperar la capacidad de imaginar y construir futuro. La esperanza que propone no es ingenua ni ahistórica, es una esperanza política, consciente de las fracturas del pasado, pero también de la resiliencia de quienes lo han atravesado.

En este sentido, La vida que vendrá funciona como un puente entre una memoria herida y la posibilidad de un porvenir distinto. Más que un ejercicio nostálgico, se plantea como una reflexión sobre el papel del cine documental como herramienta de resistencia y como archivo vivo. El pasado no aparece aquí como un museo estático, sino como un espejo que interpela el presente.

En un contexto marcado por el resurgimiento de discursos autoritarios y neofascistas, obras como esta adquieren una relevancia particular. No solo invitan a mirar hacia atrás, sino que también nos confrontan con la responsabilidad de sostener la memoria para evitar la repetición de las atrocidades. A su vez, recuerdan que, incluso en los momentos más oscuros, ha existido una fuerza colectiva capaz de resistir, denunciar y seguir imaginando un país más justo.

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.
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