CULTURA|OPINIÓN
Crédito: Archivo
“Oye Gabriela” de la escritora Elisa Clark: un cuasi thriller patiloco
En el mundo de estos sabuesos de biblioteca, biógrafos y antologadores de distinta catadura, el libro se dibuja con el rimo de un thriller contenido, bien escrito, de certero humor y cuya sustancia cómica y criminal es de alguna manera opuesta al género.
Oye Gabriela, de la escritora Elisa Clark, abre un sabroso expediente sobre el rol de los investigadores que asediaron y asedian, día y noche, la vida y obra de la Mistral. En esta ficción documentada, se transan los valores más preciados de la premio Nobel. Aquí se ocultan agazapados bajo la fachada de su nombre, una bolsa de gatos feroces y sigilosos, que manejan y buscan todo tipo de documentos y en forma muy especial, de manera inconfesable, secretos que puedan alterar la percepción de su figura.
Bajo el alero de una especie de comedia negra, sus estudiados perfiles académicos resaltan con colores propios. Se trata de vistosos personajes incrustados en universidades, cátedras, embajadas e instituciones, que buscan -todos ellos forenses adictos a su obra- algún aroma que rezume, como clímax investigativo, el dato inédito que revele algo nuevo bajo el tabú de sus polleras.
Algo perturbadoramente inédito que se pudiera filtrar -la esperanza es lo último que se pierde- desde la historia secreta de sus bragas. Es decir, una clave distintiva al momento de exponer logros sobre la contundente materia que oculta y despierta su sexualidad, con el falaz pretexto de su obra. Elisa Clark, la narradora, es una de las investigadoras que trabaja incansablemente en la biblioteca, lo hace en un horario extendido gracias a un reciente terremoto.
Esto le permite trabajar a solas, por el salvoconducto que le extiende Pedro Pé, conservador del archivo. Sin público en el recinto en restauración, Elisa Clark va y viene como un atareado fantasma, trasladándose episódicamente en el tiempo a Washington, New York, estableciendo también contactos con Monte Patria y otras ciudades desde donde opera la extensa red de detectives que buscan pruebas, manuscritos o papeles para resolver el enigma, como si se tratara de un campo de batalla, que sigue alimentando la vida de la poeta y pagando las cuentas de los investigadores.
Es como si la Mistral se hubiese ido con algunos tempestuosos secretos a la tumba, o esa idea fija, la de una exhumación in progress, despertara en ellos una lucha, una carrera de frenéticos intercambios, que podría salvarles la vida o en el mejor de los casos, aniquilar de un plumazo al investigador antagonista. Clark se percibe a sí misma sola como la misma Mistral, esclava de Gabriela.
Esta tiranía delirante pareciera atravesar el poder de la poeta en las ambiciones de sus persecutores académicos; desde Regina Coelli, estudiosa de documentos íntimos, Pedro Pé, cauteloso conservador que recibe inesperadas donaciones, la emocionalmente contenida e inestable Doris Dana, siempre desde su tumba con una vaso de whisky en la mano, Rosalía, que arma álbumes con todo tipo de cuadernos, Von Tulip, el chileno alemán que se alcoholiza en el camino, todo lo que el lector no dejará de oír como la triste campanada que los despide a la salida de la catedral de San Patrick, donde fue velada la Mistral en Nueva York.
En esa misma ciudad, se encuentra la Universidad Desconocida, donde Elisa Clark va detrás de las cartas de amor de Gabriela. Luego, tal vez por el influjo de las huellas que persigue, el amor, queda embarazada de un poeta en plenas labores de investigación.
Esta cadena de hechos se desata como un efecto dominó en los demás cazadores mistralianos; la loca necesidad de compartir resultados, mostrar avances o presentar hallazgos, aparece siempre como una actividad de elaborado y sagaz contra espionaje, recelo y zalamerías declaradas, para despistar al oponente, jugar con la academia y decirle al lector que las bibliotecas no siempre son aburridas.
En el mundo de estos sabuesos de biblioteca, biógrafos y antologadores de distinta catadura, Oye Gabriela se dibuja con el rimo de un thriller contenido, bien escrito, de certero humor y cuya sustancia cómica y criminal es de alguna manera opuesta al género; resucitar a cómo dé lugar el cadáver textual de Gabriela, hacerlo circular en una comedia de tensiones, cuyo punto de arranque, la biblioteca sitiada, esconde entre sus muros y lámparas, a Teseo en su laberinto.
De esto queda la inconmensurable tarea de enfrentar premios por ganar, platas que cobrar, depresiones que sufrir, suicidios que atender, peleas y epistolarios por perder, todo esto consecuencia del patiloquismo de la misma Gabriela, palabra inventada por ella para referirse a su incansable costumbre de no quedarse quieta en ningún lugar, y a la dislocada costumbre de las amantes y los papeles al viento. Todo esto, tal vez, para no dejar huellas y confundir desde la muerte, a sus falibles persecutores académicos.
Esta situación a lo menos tiene los elementos de un trihiler psicológico, donde ambiciosos investigadores, algunos deseperados, encuentran una industria. Desde esta penumbra abarrotada de libros, Elisa Clark, elabora una crónica de los persecutores académicos de la Mistral, por distintos móviles y necesidades, intercalando en cada una de esas tramas. No dejar de sorprender el fuego cruzado que Gabriela Mistral encendía entre las mujeres que la acompañaron.
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