CULTURA|OPINIÓN
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Derechos de autor, polémico artículo y la promesa de la IA
Recibimos ya y seguiremos recibiendo cientos de toneladas de basura digital, libros de baja calidad hechos por las IA. Cuando estemos asfixiados con esos desechos revestidos de novedad, nos daremos cuenta de que la verdadera creatividad reside en los humanos.
Debo partir por precisar desde dónde hablo antes de entrar en materia. Primero, aclarar mi naturaleza de escritor e ingeniero; ciertamente complementaria y dialéctica, aunque se haya tornado más natural con el paso de las décadas. Introducido al mundo de las letras como resultado obvio de pertenecer a una familia de escritores, humanistas y artistas, era esperable que me convirtiera en voraz lector. Y como niño y adolescente en los 60, que arribara en algún momento a la ciencia ficción. Eso ocurrió en paralelo con la llegada de soviéticos y estadounidenses al espacio en la época de la Guerra Fría.
Fui hechizado por las historias que preveían la marcha de la humanidad en futuros posibles, más distantes o más cercanos. Pronto las novelas de Isaac Asimov llegaron a mis manos y pude encontrarme con sus fantasías sobre la robótica. Esos sueños me acompañaron durante mucho tiempo, y me deben haber conducido a las puertas de la Escuela de Ingeniería de la U. de Chile en 1974.
Muy pronto, bien ilusionado, hice mi primer curso de computación, mayormente en pizarra con tiza. Jamás divisé el supercomputador —el más grande de los mainframe- oculto en los subterráneos. La comunicación con el computador era remota, a través de formularios, tarjetas perforadas y listados. Mientras tanto, seguí con la lectura y empecé a escribir cuentos, alimentando sueños. Y trabajando en modelamiento y simulación computacional, que me fue acercando a la convivencia con las máquinas cibernéticas.
Una década después, vino la gran oportunidad. Ya convertido en ingeniero, fui convocado a sumarme a un proyecto de biotecnología en la U., donde mi responsabilidad se centraba en temas avanzados de tecnología de información, en particular con Inteligencia Artificial (IA). A mediados de los 80, nadie hablaba de IA en Chile ni en ninguna parte. Cuando declaraba que me dedicaba a trabajar en IA las personas me miraban con sospecha. Seguramente pensaban: “¿Con qué clase de loco me he encontrado?”. Unos pocos con curiosidad y tolerancia; uno que otro con interés.
Una década me dediqué a crear aplicaciones de IA en la academia y en la empresa privada, hacer un magíster en el tema, estudiar lenguajes y aplicaciones, desarrollar una metodología para modelar conocimiento humano. Conseguí logros importantes y sorprendentes, concretos, atractivos, pero el horno no estaba para bollos. Las máquinas y los software sobre los cuales operaban las IA de la época -aplicaciones hechas en lenguajes especiales- no daban el ancho, demoraban mucho. Ponían a prueba los imperfectos sistemas computacionales de la época y revelaban las agudas falencias de las bases de datos, cuya calidad era dudosa. Otras materias absorbieron mi interés.
Sin embargo, a mediados de los 90 apareció una inquietud en mi mente: escribir una novela donde la IA fuera protagonista; que la trama se diera en Chile, que recogiera la historia reciente, que indagara en el género negro y las aventuras, y que tuviera humor. De ahí surgió la novela Flores para un cyborg, que en 1996 obtuvo el premio Mejores Obras Literarias, publicada al año siguiente por Random House. La novela tiene varias ediciones, traducciones y tres continuaciones que conforman una tetralogía de ciencia ficción. Y otros libros, editados e inéditos, abordan el asunto de la IA.
Disculpen esta larga introducción, pero la estimo necesaria para justificar el origen de mis dichos y reflexiones.
La marcha de la IA comenzó con el fragor de la Segunda Guerra Mundial, como otras invenciones notables. Fue un avance complejo y polémico, con muchos detractores atentos a cualquier debilidad. Aunque siempre hubo y habrá soñadores, desde los delirios lejanos de bandejas parlantes en el Olimpo, hasta los golems que anunciaban el monstruo de Mary Shelley. Yo me sumé a esa horda de soñadores.
Sin embargo, muy pronto me encontré con las dificultades. Al fin y al cabo, operábamos con versiones más potentes de las mismas máquinas binarias con las que veníamos trabajando desde hacía varias décadas. Todo lo que las computadoras realizaban era resultado de operaciones gigantescas y veloces con ceros y unos. Quizás el nombre más exacto para este dominio nuevo era “Simulación Cognoscitiva”, pero evidentemente que Inteligencia Artificial es una denominación mucho más atractiva. Qué decir de lo llamativa que puede resultar para una estrategia comercial.
Transcurrió el tiempo, ese primer momento de la IA perdió protagonismo, se dejó de hablar del tema con interés. Me alejé del campo como consecuencia de ese descenso del interés
Pasaron los años: las máquinas se hicieron más robustas y poderosas, así como las herramientas de software. Las grandes empresas tecnológicas resucitaron la marca IA y crearon productos que hoy andan en la boca de todo el mundo. La mercadotecnia y la falta de conocimientos han hecho creer a las grandes masas que ahora contamos con una especie de pitonisas sobrenaturales o diosas de la sabiduría. Que estas maravillas están disponibles en internet para preguntarle lo que sea y brindarnos respuestas que se suponen sabias, sin mediar dudas al respecto.
No son dioses infalibles como tratan de aparecer ante nosotros; son aplicaciones muy avanzadas construidas por gigantescas compañías tecnológicas para ganar sumas siderales. Se basan en correlaciones, ciertamente muy complejas, establecidas sobre la base de algoritmos de aprendizaje que devoran toneladas de conocimiento de cualquier tipo (ficción, ensayos, estudios, artículos científicos, etc.) sin pagar los derechos de autor que corresponden, cometiendo un delito.
Así aprenden y pueden contestar nuestras preguntas y hacer montañas de dinero. Dicho sea de paso, el artículo 8 del proyecto misceláneo del gobierno configuraba una permisividad absoluta para utilizar obras humanas sin pagar derechos de autor para las gigantes tecnológicas; por suerte fue rechazada esta propuesta en la Cámara de Diputados.
Las aplicaciones de IA actuales, presentes en el mercado, son simulaciones cognoscitivas, no reales demostraciones de inteligencia, menos aún de consciencia. Las máquinas carecen de experiencia emocional, sensorial, de dudas, de intuiciones, de capacidad de convivencia con la incertidumbre. ¿Cómo podrían escribir una novela novedosa y profunda? Lo que pueden hacer es reproducir obras que siguen los patrones de lo ya escrito y alimentado para entrenar las IA; o sea, nada nuevo. Variaciones astutas sobre lo que ya existe.
Recibimos ya y seguiremos recibiendo cientos de toneladas de basura digital, libros de baja calidad hechos por las IA. Cuando estemos asfixiados con esos desechos revestidos de novedad, nos daremos cuenta de que la verdadera creatividad reside en los humanos, aquellos que somos capaces de sentir de verdad (no solo de simular) amor, empatía, piedad, solidaridad. Estas son las claves de la conciencia, mucho más importantes que la inteligencia.
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