CULTURA|OPINIÓN
Crédito: Ministerio de Cultura/Argentina
Indio Solari, el hombre que hizo del misterio una multitud
Si sus canciones siguen vivas, es porque nunca pretendieron ser fáciles. Y aun así -o precisamente por eso- llegaron. Llegaron a los que trabajaban, a los que resistían, a los que bailaban con la furia y la tristeza mezcladas, a los que encontraron en su voz un lugar desde donde mirar la intemperie.
Indio Solari se fue como vivió: dueño de su sombra y de su camino. Su obra no se dejó encerrar por la industria ni por interpretaciones apuradas. Y eso también explica por qué sigue sonando como si todavía estuviera cantando desde el borde.
Hay artistas que se vuelven noticia cuando mueren. Y hay otros que, aun en la muerte, parecen seguir caminando por detrás del humo, con esa mezcla de misterio y cercanía que sólo logran los nombres verdaderamente populares. Indio Solari fue uno de ellos.
No necesitó traducirse para llegar a millones: su música encontró el modo de hablarle a los que estaban al margen, a los postergados, a los condenados, a los nadie, y esos oyentes le devolvieron algo más que fidelidad; le devolvieron código, coro, cuerpo y destino, ya fuera en su banda Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota (Los Redondos, Los Redó), o como solista.
Durante años, muchos se preguntaron cómo podía ser que unas letras tan enigmáticas alcanzaran semejante masividad. La respuesta, quizá, estaba a la vista y no en el texto: el pueblo entendía. Entendía con esa inteligencia secreta que no siempre pasa por la explicación, sino por el temblor compartido, por el reconocimiento inmediato de una verdad emocional.
Un informe policial de 1997 referido a Los Redondos y al Indio Solari, creyó descubrir una amenaza donde había una comunión; dijo, sin querer, algo que terminó siendo una definición perfecta: el mensaje estaba allí, pero había que conocer el código para descifrarlo. Y ese código no lo guardó una élite, lo descifraron multitudes enteras.
Indio cantó para esa multitud sin bajar la vara ni suavizar el espesor de sus palabras. Nunca hizo concesiones al brillo fácil ni al orden de la industria. Su independencia fue un gesto artístico, pero también una ética. Desde Los Redondos hasta su etapa con los Fundamentalistas del Aire Acondicionado, sostuvo una forma de estar en el mundo que rechazó la obediencia como método y el mercado como brújula.
No hubo venta de alma ni domesticación del enigma. Hubo, más bien, una obstinación admirable: seguir creando desde el margen, incluso cuando el centro ya lo estaba aplaudiendo.
Por eso su relación con el público fue tan singular. No se trató de una audiencia que buscaba respuestas simples, sino de una comunidad que encontraba en sus canciones una manera de nombrar lo que no se deja nombrar del todo. La masividad de Solari no desmintió el misterio; lo confirmó. Y lo confirmó del modo más hermoso: transformando una lírica opaca en celebración colectiva, en baile, en tatuaje, en bandera. Ahí el rock dejó de ser apenas un repertorio de canciones y se volvió una forma de pertenencia.
También por eso duele su partida de un modo que no es sólo biográfico. Se fue una voz que había hecho de la distancia una cercanía rara, de la oscuridad una comunidad, de la independencia una forma de lealtad. No lo acompañó la industria; lo acompañó el pueblo. Y eso no es un detalle menor, sino la prueba más alta de su verdad artística. Indio Solari no fue el cantante de un grupo: fue una manera de escuchar el mundo cuando el mundo parecía hablar demasiado claro y decir poco.
Si sus canciones siguen vivas, es porque nunca pretendieron ser fáciles. Y aun así -o precisamente por eso- llegaron. Llegaron a los que trabajaban, a los que resistían, a los que bailaban con la furia y la tristeza mezcladas, a los que encontraron en su voz un lugar desde donde mirar la intemperie sin bajar la cabeza.
Esa es su inmortalidad: no la de la estatua, sino la de la multitud que aún lo canta como si siguiera aquí, bajo alguna luz incierta, encendiendo otra vez la ceremonia.
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