“El día de la revelación”: El regreso de Spielberg a la ciencia ficción
Con extraterrestres y archivos desclasificados, ofrece un blockbuster eficaz y entretenido. Aunque por momentos predecible, demuestra que el director mantiene intacta esa capacidad para cautivar al público.
La premisa cobra una especial relevancia en un contexto cultural donde el debate sobre la existencia de vida extraterrestre ha dejado de pertenecer exclusivamente al terreno de la especulación para irrumpir, ocasionalmente, en la discusión política.
En febrero de este año, Barack Obama generó controversia al realizar declaraciones ambiguas sobre la posibilidad de vida extraterrestre, comentarios que posteriormente matizó al reconocer que no contaba con pruebas concluyentes ni conocimiento de su presencia en instalaciones como el Área 51.
Sus palabras provocaron una amplia repercusión mediática y política, al punto de que Donald Trump cuestionó públicamente sus dichos y sugirió que el expresidente podría haber revelado información clasificada, en declaraciones que sonaron casi como una confesión a medias.
Más allá de la veracidad de estas afirmaciones, el episodio evidenció la persistente fascinación que despiertan las narrativas de ocultamiento estatal. Spielberg se apropia de ese imaginario colectivo y lo convierte en materia cinematográfica, explorando la tensión entre los secretos custodiados por las estructuras de poder y el anhelo ciudadano de acceder a la verdad.
En ese sentido, la película dialoga con preocupaciones contemporáneas desde los códigos clásicos del cine de entretenimiento. Acción, thriller político y ciencia ficción convergen en una historia sobre una verdad oculta que, contra todo pronóstico, termina emergiendo a la luz pública. El resultado remite inevitablemente al Spielberg de las décadas de 1970 y 1980, aquel cineasta capaz de construir grandes espectáculos populares sin renunciar a ciertas inquietudes humanistas.
La ciencia ficción ha ocupado un lugar central dentro de la filmografía de Spielberg. Obras como Minority Report (2002), A.I. A.I. Inteligencia artificial (2001), E.T (1982) o La guerra de los mundos (2005) constituyen distintas aproximaciones a los vínculos entre humanidad, tecnología y alteridad. Sin embargo, la referencia más evidente para comprender El día de la revelación es Encuentros cercanos del tercer tipo.
Aunque pertenecen a contextos históricos y cinematográficos muy distintos, ambas películas comparten una misma sensibilidad. En ellas, los extraterrestres no aparecen como fuerzas invasoras destinadas a destruir la civilización, sino como catalizadores que obligan a la humanidad a confrontar lo desconocido. Los protagonistas ven trastocada su vida cotidiana por una revelación que desafía las certezas establecidas, mientras las instituciones gubernamentales intentan controlar la información mediante mecanismos de secretismo y manipulación.
Las diferencias, sin embargo, son significativas. Encuentros cercanos de tercer tipo se aproximaba a la ciencia ficción desde una dimensión casi mística y contemplativa, mientras que El día de la revelación adopta las convenciones del thriller conspirativo. El propio Spielberg ha descrito la película como una obra “más cercana a la realidad que a la ficción”. Aquí no predominan las gigantescas naves espaciales ni el asombro metafísico, la narración se articula a partir de filtraciones de información, testimonios y documentos inspirados en casos reales, con claras alusiones al incidente de Roswell y a las múltiples teorías sobre el secretismo militar estadounidense.
El mito de Roswell, considerado por muchos como el relato fundacional de la ufología moderna, funciona como una referencia inevitable. Según la versión más difundida, una nave extraterrestre se habría estrellado en las cercanías de la ciudad de Roswell, donde un granjero llamado Mac Brazel encontró restos de materiales cuya naturaleza parecía desconocida.
Con el paso de las décadas, la historia fue alimentada por relatos de supuestos encubrimientos oficiales, autopsias extraterrestres y teorías que situaban los restos en instalaciones secretas como Área 51. Spielberg aprovecha ese supuesto material para construir una ficción que juega deliberadamente con la frontera entre mito y realidad.
Desde el punto de vista formal, la película confirma una vez más la extraordinaria destreza de Spielberg como narrador visual. Sus secuencias de persecución automovilística destacan por una precisión coreográfica que remite a la tradición clásica de Hollywood. En ellas pueden percibirse ecos de cineastas como John Ford, William Friedkin o Peter Yates, maestros de la tensión cinematográfica. Al mismo tiempo, la influencia de Alfred Hitchcock resulta evidente, especialmente de North by Northwest (1959), cuya combinación de paranoia, conspiraciones y secretos de Estado parece inspirar buena parte del tono general de la obra.
No obstante, la película también exhibe ciertas limitaciones. Se trata de una producción cuidadosamente empaquetada que privilegia la eficacia narrativa por encima del riesgo, apostando por fórmulas probadas antes que por la innovación. Varios de sus diálogos tienden a la sobreexplicación y buena parte de la trama avanza de manera previsible. La nostalgia por una forma clásica de concebir el cine comercial constituye una parte importante de su atractivo, aunque también evidencia ciertas restricciones.
En el apartado visual, algunos efectos digitales empleados para representar animales carecen de la materialidad y el realismo que suelen aportar los efectos prácticos, una cualidad defendida por realizadores como Guillermo del Toro. Del mismo modo, la representación visual de los extraterrestres reproduce arquetipos ampliamente establecidos por Hollywood, sin aportar una reinterpretación original.
La estructura narrativa adopta inicialmente una lógica coral a través de dos líneas argumentales principales. Por un lado, el personaje interpretado por Josh O’Connor, un experto en ciberseguridad que descubre información clasificada relacionada con contactos extraterrestres y se convierte en objetivo de las agencias gubernamentales.
Por otro, el personaje encarnado por Emily Blunt, una periodista relegada como meteoróloga en la televisión, que comienza a experimentar fenómenos inexplicables tras un extraño incidente con un pájaro. A partir de entonces desarrolla capacidades que desafían toda explicación racional, incluyendo la manifestación de un lenguaje desconocido durante una transmisión televisiva en vivo.
De los dos relatos, el de Emily Blunt resulta inicialmente el más atractivo, mientras que el de Josh O’Connor adquiere verdadero peso dramático recién en el desenlace de la película. Sin embargo, la convergencia progresiva de ambas historias termina funcionando con relativa eficiencia dentro de la estructura general.
En definitiva, El día de la revelación representa un sólido ejercicio de cine comercial. Está lejos de constituir la obra maestra que algunos críticos han proclamado, pero tampoco pretende reinventar el género. Su principal virtud reside en la capacidad de Spielberg para transformar materiales ya conocidos en una experiencia cinematográfica cautivadora. A pesar de su extensa duración, la película mantiene un ritmo constante y rara vez pierde el interés del espectador, aunque recurra con frecuencia a lugares comunes narrativos y visuales.
Es, ante todo, una película concebida para la experiencia de la sala de cine, particularmente en formato IMAX, donde la escala visual y sonora adquiere una dimensión mucho más impactante. Los admiradores de Spielberg, los aficionados a la ciencia ficción y quienes sienten fascinación por la ufología encontrarán aquí motivos suficientes para disfrutarla.
Más allá de sus imperfecciones, la película constituye también una reivindicación del cine comercial entendido como evento cultural. Con la colaboración habitual de John Williams, trigésima colaboración cinematográfica entre ambos, y un guion escrito por David Koepp, responsable de los guiones de películas emblemáticas como Jurassic Park (1993), El mundo perdido: Jurassic Park (1997), La guerra de los mundos (2005) eIndiana Jones y el reino de la calavera de cristal (2008), Spielberg demuestra que aún es capaz de convertir una historia convencional en un espectáculo cinematográfico de gran envergadura.
Sin revolucionar el género ni ampliar sus fronteras, El día de la revelación confirma que el viejo arte del blockbuster clásico sigue vivo cuando cae en manos de un cineasta que comprende, como pocos, los mecanismos del espectáculo y la emoción cinematográfica.
- El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.
Inscríbete en el Newsletter Cultívate de El Mostrador, súmate a nuestra comunidad para contarte lo más interesante del mundo de la cultura, ciencia y tecnología.