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Cuando un cuerpo es también un país CULTURA|OPINIÓN Crédito: Cedida

Cuando un cuerpo es también un país

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Ricardo Rojas Behm
Por : Ricardo Rojas Behm Escritor y crítico, ha publicado “Análisis preliminar”, “Huevo de medusa”, “Color sanguíneo”, además de estar publicado en diversas antologías en Chile y el extranjero.
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“Cuerpos en el país de las Maravillas” no es sólo una intertextualidad irónica, ni tampoco un libro más, sino más bien una estudio que recorre parte importante de la obra de Guillermo Núñez (1930 – 2024), en la que convergen la historia del arte contemporáneo chileno y la memoria colectiva.


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Guillermo Núñez se definió a sí mismo como una máquina registradora de los hechos que rechaza. Y si bien nada es equiparable con mucho de lo que vivió entre 1966 y 1978, periodo en que se desarrolla la investigación que dio lugar al libro Cuerpos en el país de las maravillas (Editorial USACH), de Elisa Massardo Parancán, que aborda la producción de este artista como un testimonio en la que la historia de Chile se modificó de manera irreversible, y no sólo la vida socio-política del país, sino también las formas, los colores, los trazos y las heridas de su arte, representadas en un periplo que va desde un cuerpo trabajador a un cuerpo vulnerado.

Así, este completo análisis propone un tránsito a través de una atmósfera entre cruenta y sentenciosa. Digo esto porque está escrito con un paso firme desde el inicio de un Núñez centrado en afiches y pinturas con colores llamativos y un evidente interés por lo figurativo, muy especialmente por el cuerpo a nivel anatómico, el que además devela una clara influencia del Pop y la Gráfica cubana.

Un ejemplo de aquello se evidencia en la serigrafía Vencimos (1970), donde los colores reflejan el estado anímico de un país simbolizado en una boca un tanto sonriente, y un cuerpo social en el que subyace una dicotomía, donde para una parte de la población representaba un virus y para la otra, representaba la esperanza. La que se vio truncada por el 11 de septiembre de 1973, con un Guillermo Núñez que fue detenido en dos ocasiones durante la dictadura.

De ahí en adelante, y luego de salir de prisión, la impronta cromática de Núñez varía brutalmente. Algo que se puede constatar en el Jardín de los jardineros (1974), en su primera alusión a Alicia en el país de las maravillas, pero a través de una paleta primaria, en la cual los colores como en la canción de Charly García (Dinosaurios) “pueden desaparecer”, como un acto premonitorio y sintomático.

Todo lo demás, (bocas, musculaturas, rostros) desaparecen. Dando paso a los resabios de algo tan inaudito, y que sólo el imaginario del dolor permite representar – Lo inimaginable. Un hecho que coincide con el análisis que hace Massardo, en concordancia con lo expresado por Consuelo Pabón: “Conocer desde ahí lo que puede nuestro cuerpo, cómo se resiste, como es capaz de realizar hazañas para soportar lo insoportable. El cuerpo deviene portador de una poética de la vida que sobrepasa al hombre”.

A partir de ese acto de profunda deshumanización Núñez retoma la síntesis de lenguaje de sus inicios con Cravette (Corbata, 1975), en la cual invierte una corbata para representar una horca. Un asesinato colectivo. Un país asesinado por su propio país. Un enfoque que podría llevarnos a pensar que de ahí en adelante abandona todo vestigio corpóreo, pero no. Vuelve con más fuerza en muchas obras que hacen de los cuerpos una figura desmembrada, mutilada y despojada de su ser. Al igual que como cuelgan los cuerpos en las carnicerías. Suspendidos como si colgaran de un sudario. Porque además del ultraje, la herida y la sangre. Las ataduras se confunden con las vendas, como un solo amasijo sufriente. Pero a la vez, plasmado por un artista que también lo vivió en carne propia.

Por eso me parece que Cuerpos en el país de las Maravillas, no es sólo una intertextualidad irónica, ni tampoco un libro más, sino más bien una estudio que recorre parte importante de la obra de Guillermo Núñez (1930 – 2024), en la que convergen la historia del arte contemporáneo chileno y la memoria colectiva; atravesada por un cuerpo social que da cuenta del daño que se le pude hacer a un país simbolizado en un cuerpo, y es precisamente aquí, donde vemos como esa relectura percibida como una invitación abierta a la reflexión sobre un artista y su obra, pero principalmente por ese ser humano que además dejó un legado significativo en la escena artística y cultural chilena.

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.
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