Opinión
La inteligencia artificial y la disputa por el futuro
¿Cómo orientamos la tecnología para resolver los problemas comunes, las listas de espera, los trámites eternos, las escuelas sobrepasadas? ¿Cómo distribuimos los beneficios de su productividad, con reglas para los datos, con voz de los trabajadores en su adopción, con impuestos a sus rentas?
A comienzos del siglo XIX, en los distritos textiles de Inglaterra, grupos de tejedores entraban de noche a los talleres para destrozar telares a martillazos. Los llamaron luditas por Ned Ludd, un líder que probablemente nunca existió. La posteridad los pintó como enemigos del progreso, gente que odiaba las máquinas. La verdad es más triste. Eran artesanos que vieron cómo la mecanización hundía sus salarios, disolvía sus oficios y empujaba a sus familias a las fábricas, mientras la nueva riqueza se acumulaba lejos de ellos. Pidieron leyes que los protegieran y el Parlamento respondió castigando con la horca la destrucción de telares. Su rebelión fue tan comprensible como impotente. Rompieron las máquinas porque nadie les permitió conducirlas ni recibir parte de los beneficios que su inclusión en la producción trajo.
Una máquina es, en esencia, conocimiento humano convertido en objeto. El telar guardaba el saber acumulado de generaciones de tejedores. La locomotora, siglos de física y de metalurgia. Marx observó este fenómeno y lo llamó General Intellect, el conocimiento social de una época incorporado a las máquinas que producen riqueza de forma más eficiente.
Siglo y medio después, la inteligencia artificial es su encarnación más clara, la máquina codificadora de conocimiento más sofisticada que se haya construido. Dentro de los grandes modelos de lenguaje cabe casi todo lo que la humanidad ha escrito. La ciencia financiada con nuestros impuestos, las novelas, el código compartido por programadores de todo el mundo, las enciclopedias levantadas por anónimos cooperadores voluntarios, incluso nuestras propias conversaciones más íntimas. Ese patrimonio común fue recolectado, en su mayor parte, sin permiso o consentimiento ni pago, y procesado para dar origen a modelos capaces de responder a distintas tareas cada vez más complejas. Estos modelos guardan el saber de toda la humanidad, listo para ser aprovechado. Así, la pregunta del siglo XIX regresa amplificada ante una herramienta capaz de modificar las formas de producción de manera aún más radical que lo ocurrido durante la Revolución Industrial. ¿Aprovechado para quiénes y para qué?
Sobre esa pregunta hay evidencia de sobra. Los economistas Daron Acemoglu y Simon Johnson, galardonados con el Nobel de Economía en 2024, revisaron mil años de historia tecnológica en su libro “Poder y progreso”. Sus conclusiones incomodan a los entusiastas de la época. Nos dicen que los beneficios de la productividad no se distribuyen per se de manera justa, sino que su repartición responde a las estructuras de poder. Y allí, quienes no tienen poder para disputar la orientación del cambio tecnológico, suelen quedar relegados al desempleo y la precariedad, tal como ocurrió con los luditas. Tal como ocurrió con los molinos medievales, que enriquecieron a señores y monasterios mientras los campesinos seguían igual de pobres. Durante el primer medio siglo de la revolución industrial, la producción británica se multiplicó y los salarios apenas se movieron. La prosperidad compartida llegó después, cuando los trabajadores se organizaron, el sufragio se amplió y la ley entró a la fábrica. La combinación de desarrollo tecnológico y pactos sociales produjo entonces los mayores saltos de bienestar que registra la historia humana.
Sin ir más lejos, Chile guarda memoria propia de esa secuencia. La riqueza salitrera convivió tensionada por décadas con la cuestión social, hasta que la organización y movilización obrera forzó a la política para dar pie a las leyes laborales de los años veinte.
A pesar de que la IA y la automatización están revolucionando nuestra sociedad, la pregunta por la distribución de sus frutos no aparece con la relevancia que merece y justo cuando más falta hace, porque nunca antes tan pocas manos habían concentrado a la vez los datos, el cómputo y los modelos con que una época piensa y produce.
Hay excepciones que muestran luces de cómo enfrentar el problema. Los guionistas de Hollywood sostuvieron en 2023 una huelga de casi cinco meses y conquistaron cláusulas pioneras que regulan el uso de la inteligencia artificial en una industria completa.
¿Será tu trabajo el próximo en ser automatizado y te quedes sin poder generar fuentes de ingreso? En estos días, es probable que esa incertidumbre pueda alcanzar a cualquiera. Y la conversación sobre un mejor abordaje a los frutos de ese conocimiento acumulado por generaciones es posible, pero debemos darla a escala de sociedad completa y buscando mecanismos de equiparar el poder de los distintos actores que intervienen en el proceso, pero nunca siguiendo la inercia, sino que torciéndola para que los beneficios fluyan hacia las mayorías.
¿Y hacia dónde conducir esta nueva máquina? Chile ha explorado un camino incipiente. Desde 2018 una inteligencia artificial desarrollada por ingenieros chilenos revisa los exámenes oftalmológicos de los pacientes diabéticos en la salud pública. Se llama DART y separa las retinas sanas de las que muestran daño, para que los escasos oftalmólogos del sistema concentren su tiempo en quienes arriesgan quedar ciegos. En 2022 apoyó más de 200 mil exámenes. También está LatamGPT, el primer gran modelo de lenguaje abierto de América Latina, lanzado en febrero de este año y coordinado desde Chile por el Centro Nacional de Inteligencia Artificial junto a instituciones de quince países. Buena parte de sus datos fueron aportados voluntariamente por bibliotecas, archivos y universidades de la región. Mientras las grandes plataformas privatizaron un bien común, en esta iniciativa se cooperó para construirlo. Tecnología orientada a los problemas de las mayorías y desarrollada con reglas de reciprocidad.
Algunas de las preguntas más relevantes de las décadas venideras ya están planteadas. ¿Cómo orientamos la tecnología para resolver los problemas comunes, las listas de espera, los trámites eternos, las escuelas sobrepasadas? ¿Cómo distribuimos los beneficios de su productividad, con reglas para los datos, con voz de los trabajadores en su adopción, con impuestos a sus rentas?
Nada de eso ocurrirá por chorreo espontáneo. En mil años nunca ha ocurrido así. Los luditas rompieron las máquinas porque nadie les permitió conducirlas, y pagaron su impotencia con la horca. Doscientos años después tenemos la oportunidad que a ellos les negaron. La velocidad de la máquina la están poniendo otros. La dirección tenemos que disputarla todas y todos, de forma organizada.
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