“Matapanki”, el presente del pasado sin nostalgias
Lo que hace más fuerte y accesible a la película es su afirmación de un tiempo presente, por inefable que este sea. No como apelación a un futuro desde el cual él ahora es mero instrumento, sino como momento del presente.
Me pregunto por qué ha gustado tanto la película Matapanki. Tanto en Chile, desde que se estrenó en el pasado FIC Valdivia, como en festivales extranjeros, ha gozado de inmediata simpatía y entusiasmo. Se trata de un proyecto de título de la UDD, con todos los ripios que aquello pueda implicar. Una película nacida desde la pulsión y una cierta pasión temeraria, propia de los jóvenes.
Por lo mismo sorprende la manera en la que plasma todos sus temas y referencias sociales y políticas de forma acelerada, sin cartas marcadas, y explicándose en el puro sentido común del habla coloquial y los lugares comunes a un Chile que parece cambiar mucho menos de lo que lo que ciertos discursos pudieran afirmar.
Es como un espejo excéntrico y “granuloso” donde los sujetos y sus vidas se explican en un barrio periférico, en solitarias dueñas de botillería amigas de los jóvenes vecinos ‘punketas’, en mujeres ya abuelas que son empujadas en la feria por tipos que parecen no respetar la edad, y que transcienden la muerte desde las creencias de religiosidad popular: amuletos regalados desde el más allá a ese improbable nieto bautizado como “Matapanki”, un superhéroe de esquina, de la plaza donde te pueden “cogotear”.
Lo primero que recuerdo tras verla son las relaciones horizontales de género y edad: en ese idioma compartido de la dueña de la botillería con los jóvenes, y sobre todo ya dentro de los grupos punkies, entre mujeres y hombres. Lo curioso y atractivo es que esto es algo que para el contexto juvenil y sobre todo punk (pero también podría ser metalero) no es tan extraño ni nuevo. Los códigos de supervivencia social en esos grupos siempre, llámese desde fines de los ochenta, han contado con horizontalidad de género, donde todos son parte de un mismo margen. El “yugoslavo” (vino blanco y cerveza) compartido junto a las pasarelas de autopista.
En ese Santiago que parece una historieta underground, sucia, invernal, intentando una épica que peligra a cada instante en ser más bien un meme, la película se revela justamente así: Matapanki es un comics y al igual que el Santiago popular, llámese de Plaza Italia para abajo, Quilicura en este caso, guarda gracias al blanco y negro de su fotografía, una estética que conecta indisolublemente pasado y presente en una sola línea temporal de la historia de la ciudad.
El estilo expresionista de esa imaginería puede recordar, a pesar de sus diversas referencias pop que alcanzan al “Kyodai” japonés de Ultraman o Godzilla, a la estética del comics chileno que al igual que el movimiento punk local, surge en los últimos años de la dictadura, particularmente desde las revistas Trauko y Bandido, con las aventuras del rockero “Anarko”.
La forma en la que la distorsión y la exageración nos permiten de una manera indirecta subvertir a los sujetos populares en artificios pop, y luego de manera inversa, a través de ese pop el avizorar en una mezcla de humor negro y a ratos violenta, la humanidad de estos sujetos muy chilenos, juega en Matapanki sus propias reglas de lenguaje visual. La estética juguetona asociada al vértigo de esos lenguajes, comics y punk, primero nos distancian para inmediatamente después acercarnos más al fermento que conecta a unos con otros: la noción tan especial, a veces bizarra, de comunidades locales.
No hay nostalgia en Matapanki, no hay punk triste, pero si drama bajo la capa de la comedia desenfrenada, aterrizada al “lenguaje de la tribu”. La desaparición de la abuela en pleno pasillo del hospital público, se narra con la ternura enrarecida de la mujer que espectralmente alcanza a despedirse de su nieto dormido en el hombro, mientras esperan atención de salud, y es metáfora de la misma muerte por las listas de espera, como la muerte del improvisado superhéroe reactiva el mito chileno del sacrificio, ahora frente el monstruo estilo ultraman en que se ha convertido el enemigo número uno: el presidente de Estados Unidos.
Todo es un retrato que se aleja de esas estéticas de decadencia y melancolía construidas desde un juego que compara el pasado más precario pero honesto versus un Chile que grita que ha cambiado sin convencerse del todo. La película en cambio, se siente como pura fuerza.
Si se piensa a Matapanki como una fábula orientada a revelar lo popular desde un pop de “jerga”, lleno de saltos y cortes, filtros y ángulos sinuosos que desestabilizan la subjetividad, el Chile que emerge puede lograr que generaciones distintas, últimamente acostumbradas a consumir dispositivos culturales radicalmente opuestos, converjan en una cierta memoria común que conecta periodos históricos del país en los que la promesa de estatus, dinero, y poder, colisionan con el espejo en el que nos miramos.
Vista así, la película de Diego Mapache Fuentes no debería ser un espejo tan extraño para los que ya han pasado la barrera de la juventud. Los potreros, los callejones de muros rayados, pueden ser el sitio indicado para que los desafiantes logren tener esa eterna segunda oportunidad: el Chile en blanco y negro del comics y la memoria colectiva de una modernidad fake.
Puede que uno de los secretos del éxito de Matapanki radique en la conexión con el optimismo del estallido social, un sentimiento originado entre las llamas y visión de colapso, y transfundido con la imagen de los jóvenes como víctimas y a la vez resolvedores, esto último en sus figuras de honestidad intelectual, de pureza primigenia más orientada a la acción y espontaneidad que al consenso.
Ahí es donde también entra a tallar lo rotundo del punk como ideología: o se es o no se es. Lo que hace más fuerte y accesible a Matapanki es su afirmación de un tiempo presente, por inefable que este sea. No como apelación a un futuro desde el cual él ahora es mero instrumento, sino como momento del presente. Solo el epilogo juega con la nostalgia del pasado inmediato y vuelve a ensamblar la vieja ecuación muy nacional de sacrificio mortal igual a heroísmo: Matapanki ha muerto, viva Matapanki y viva la vibra del punk hoy, en el Chile de otoño del 2026.
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