CULTURA|OPINIÓN
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El mar que somos y que nos habita
Porque la historia se cuela en los intersticios del poema en un solo momento delicado, frágil, antes que llegue otra ola a la rompiente y arrastre la espuma y todas nuestras biografías. En ese minuto, y solo en ese, podemos salvarnos de la soledad.
“El ser humano vive su vida y comprende su existencia como una travesía marítima. Pero el mar no es su lugar natural; es el espacio de lo incierto”.
Hans Blumenberg.
Recuerdo que, de niño, creía escuchar el océano a través de los caracoles: esos cadáveres de concha, duros y resistentes, que aparecían a medio asomar en la arena. También creía que mi madre recogía piedras de colores por un afán místico; veía en ellas algo secreto, tal vez calidoscopios rocosos para sortilegios y aventuras. Hoy sé que aquello es solo ruido, un murmullo constante y amplificado por la física del vacío; que las piedras son solo piedras y que mi madre está muerta. Sin embargo, sigo convencido de que en cada rastro de la playa reside la presencia absoluta del mar. Ese mar que somos y que, irremediablemente, nos habita.
El título del nuevo libro de Margarita Bustos (Orbytal editores, 2026) evoca eso, aquella fuerza natural indomable: raíces encabritadas en lo oculto y salado, en aquello informe que apenas se asoma. Lo abisal. Es un existir desesperado y violento, porque el mar es violencia y desesperación; es calma y refugio. En él, el pensamiento habita el claroscuro; lo ominoso se revela dual, como materia vital hecha poema. Aquí el presente es solo un instante, pura fugacidad en el ciclo de la vida.
El tiempo avanza con cada ola —evocando la cadencia de Woolf—: envejecemos, morimos. Y vendrán otros, o tal vez nosotros mismos, una vez más, en un retorno infinito. Eso queremos creer. La humanidad es un amasijo de fe, nervios y desesperanza. Pero también somos estas palabras que nos damos.
Ahora pienso que estuve a punto de no poder estar con ustedes hoy. Cuando Margarita me invitó a presentar su libro, me asaltó un problema de horarios: a esa hora hacía clases. Sin embargo, tras meditarlo, llegué a la certeza de que quería —y tenía— que hacerlo.
A menudo vivimos la vida como un acto mecánico, como una suma de obligaciones impostergables; está bien, hay que cumplir horarios y pagar las cuentas. Pero no es algo intuitivo, ni siquiera para los poetas; es un esfuerzo. Hay que sobrevivir; ese es el dictado del sistema que nos rige. Sobrevivir con poco y nada, y más encima, agradecer la miseria. Pero no.
Una pequeña rebeldía consiste precisamente en detenerse, en venir solo por el gusto de conversar. Nadie nos paga por estar aquí hoy, y eso es lo maravilloso y revelador: el encuentro por el puro deseo de la palabra compartida. Como bien dijo Virginia Woolf: “cómo se marchita la vida cuando hay cosas que no podemos compartir”. Estos espacios debemos protegerlos; debemos cultivarlos.
En fin. Me detengo en las palabras de Rosabetty Muñoz, en el prólogo: “Nos reconocemos buscando en el oleaje interior, el origen; ese momento primario donde volvemos a ser unidad antes del estallido que nos volvió soledades”.
Los viajeros que se pierden en el mar tienen hambre. El hambre tiene nombre de poema. El poema nos reúne. Pero las travesías son inciertas. A veces, aquello que logramos comprender —esa pequeña abertura de lo invisible— muere apenas toca la superficie.
Los símbolos apenas pueden sostenerse; a menudo son intentos vanos, aunque coqueteamos con ellos. Insisto: las travesías son inciertas, y la figura del pez en el poema “Agonía de los peces fuera del agua” lo representa con crudeza: lo que emerge para ser visto, a veces no sobrevive al aire de lo real. Los viajeros lo sabemos. Aunque no por ello renunciamos a habitar la paradoja. Bien lo sabe Margarita: “Nunca digas, de esta agua / no beberé, porque / la sed también es regreso”.
“Hay un mar en mí” es una declaración íntima y, al mismo tiempo, una búsqueda colectiva. El ser con otros, esa trenza donde habitan Violeta Parra, Alejandra Pizarnik, Stella Díaz Varín o Kim Ki-duk. Pero también los muertos y los desaparecidos; esa herida desgarradora donde el cuerpo se vuelve enigma y donde el mar interroga nuestra propia violencia: esa que se apropia de los recursos, la que hace desaparecer para deleite de torturadores y depredadores.
Es ese movimiento de las mareas: acercarnos para reconocernos y alejarnos para entender el origen. El retorno y el no retorno. Porque la historia se acaba cuando no podemos narrarla o cuando la tuercen los vencedores. La historia pervive, en cambio, en los intersticios del poema; su intensidad emocional no haya espacio en los fríos números ni en los documentos oficiales. La palabra es cardumen. Es decir, puede serlo. Porque los “muertos no sienten nada / ni siquiera nostalgia” y solo en la palabra se cuela su voz. Otras voces que son las nuestras. Pura correspondencia.
Sabemos que el mar es violencia y desesperación; es calma y refugio. Repetimos. Pero nada malo hay en ello. Es anterior a la palabra. Intraducible. Nada malo hay en ello, porque no existe lo bueno ni lo malo, como no existe el mar sin la orilla, y los caracoles, y las piedras. Mi madre podría haber amado esa imagen. Hoy sus cenizas están esparcidas bajo un viejo roble, en un bosque enmarañado del sur donde es fácil perderse. A lo lejos se escucha un río; la corriente fluye y es como el mar.
Perdonen tantas divagaciones. Y aquí termino. Solo pienso que hay que leer este libro. En ese mar que nos constituye, a veces podemos encontrar el cardumen, el timón del barco roto y a tantos de nuestros muertos queridos; reconocer, sin intentar arrancarlo, ese dolor hondo que se queda bajo la piel para despertar. Porque la historia se cuela en los intersticios del poema en un solo momento delicado, frágil, antes que llegue otra ola a la rompiente y arrastre la espuma y todas nuestras biografías. En ese minuto, y solo en ese, podemos salvarnos de la soledad.
Pero no hay que confiarse: las travesías son inciertas y ya estamos lejos de la orilla.
Ficha técnica:
Margarita Bustos Castillo. Hay un mar en mí. Orbytal editores, 2026. 60 páginas.
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