CULTURA|OPINIÓN
Crédito: Biblioteca Nacional de Argentina
“La puerta de Tannhauser” de Juan Ignacio Colil: las lágrimas de la memoria
Se agradece un libro que habla de la vejez, de la memoria y del melancólico transcurrir de las edades en ciudades que, por momentos, parecen levantarse sobre los cimientos de un espejismo.
Juan Ignacio Colil es, a estas alturas, un escritor de andamiaje sustancial, además de prolífico y significativo. Ha construido una obra sólida que no deja de sorprender y maravillar por su profunda humanidad y por cultivar una literatura auténtica, a contrapelo de ciertas hegemonías estéticas algo estridentes.
Libros como El reparto del olvido (2017) y El sol en la escalera (2023) dejan siempre la impresión de una escritura genuina, que despliega honestidad y lucidez.
La puerta de Tannhauser (Lom Ediciones, 2023) podría definirse como una novela entrañable. En ella, la memoria —esa curiosa entidad que reúne tanto el peso de la penumbra existencial como la levedad de lo más evanescente— dialoga de manera elocuente a través de los encuentros entre un padre y un hijo.
El célebre monólogo del replicante Roy Batty en Blade Runner (1982), habitualmente conocido como “Lágrimas en la lluvia”, constituye un eje desde el cual reflexionar sobre la memoria, la mortalidad y el valor de la experiencia:
«Yo he visto cosas que vosotros no creeríais: atacar naves en llamas más allá de Orión. He visto rayos C brillar en la oscuridad cerca de la Puerta de Tannhäuser. Todos esos momentos se perderán en el tiempo, como lágrimas en la lluvia. Es hora de morir».
La referencia a Tannhäuser remite al legendario caballero y poeta medieval alemán inmortalizado en la ópera de Richard Wagner. Asociada a esa tradición, la novela incorpora ideas de viaje, redención y tránsito hacia otro mundo, elementos que dialogan con el instante en que Roy Batty se encuentra frente a la muerte.
Arturo es un hombre de cincuenta años que ha desempeñado diversos oficios. Sin embargo, en lo más profundo de su ser habita un escritor cercano a la ciencia ficción. Con regularidad visita a Juan, su padre, residente en un asilo que responde al pomposo nombre de Vida Plena. Entre ambos se desarrollan conversaciones entrelazadas con prolongados silencios, un espacio donde la memoria reafirma su voluntad de persistir y, de pronto, se disuelve en la neblina de la evocación.
La viudez de Juan, por ejemplo, constituye una herida que nunca termina de cicatrizar y que se funde con la pérdida de un país anterior al golpe de Estado de 1973, hoy convertido en un territorio donde las palabras parecen haber perdido su capacidad de comunicar.
Asimismo, la descripción de las residencias para personas mayores ofrece una mirada casi kafkiana de esos lugares concebidos para contener el ocaso de la vida y, con frecuencia, edulcorados por una mercadotecnia engañosa que los presenta como centros recreativos.
La evocación de un partido en el que jugó Óscar Fabbiani, el célebre delantero argentino nacionalizado chileno que tantas alegrías dio al Club Deportivo Palestino, despierta una nostalgia profunda. Esa emoción impulsa a Arturo a sacar furtivamente a su padre del asilo para asistir al estadio, donde se rendirá homenaje al exfutbolista.
Cuando padre e hijo ingresan a Santiago, algo parece haberse removido en lo más profundo de la ciudad y en la mirada de quienes la habitan. La azarosa visita a un hipódromo y el recorrido por calles donde todavía parece transitar el espíritu de la velocidad y la diligencia se convierten en testigos de una reivindicación de los afectos y de una forma muy particular de atavismo.
He utilizado la palabra nostalgia, cuya etimología proviene de las voces griegas nostos (“regreso”) y algos (“dolor”). Ese regreso doloroso hacia una latencia perdida constituye, probablemente, el hilo conductor de toda la novela. Su mayor mérito consiste en amalgamar un realismo lacerante con la evocación de un mundo perdido o, más precisamente, oculto en las entretelas del alma humana.
Se agradece un libro que habla de la vejez, de la memoria y del melancólico transcurrir de las edades en ciudades que, por momentos, parecen levantarse sobre los cimientos de un espejismo. Juan Ignacio Colil ha construido, con riguroso oficio, un fascinante microcosmos poblado por personajes que permanecen tatuados en la conciencia del lector. Ha escrito una hermosa novela.
- El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.