CULTURA|OPINIÓN
Crédito: EFE/Sáshenka Gutiérrez
Reedición de “Natalia” de Pablo Azócar: un carnaval divino y mortuorio
Lo que mantiene viva a “Natalia” no es su argumento sino la intensidad de su voz narrativa: un monólogo febril que convierte la bohemia -bares, amantes, noches sin término– en una celebración delirante donde, bajo la risa y el deseo, asoma siempre una conciencia del vacío.
Publicada por primera vez en 1990, Natalia, de Pablo Azócar tuvo un destino inusual. El autor desapareció antes del lanzamiento y la novela apenas circuló en librerías.
Con el paso de los años, el libro comenzó a moverse de mano en mano entre lectores jóvenes hasta convertirse en uno de esos raros libros de culto que sobreviven más por la intensidad de su voz que por el respaldo editorial. No obstante, esta escasa o nula difusión, ese mismo año ganó Natalia el Premio Municipal de Literatura de Santiago.
Azocar tenía entonces veintinueve años y había participado en el taller literario de Antonio Skármeta en el Goethe Institut de Santiago, un espacio que reunió a varios jóvenes narradores en los años finales de la dictadura. El lanzamiento del libro se vio frustrado cuando el autor, periodista de profesión, partió inesperadamente a Europa para reincorporarse a la agencia lnterpresse, donde ya había trabajado algunos años antes.
Sin promoción ni presencia pública de su autor -y sumado a dificultades editoriales-el libro desapareció rápidamente de las librerías. Paradójicamente, esa ausencia contribuyó a su destino posterior. Los pocos ejemplares disponibles comenzaron a circular de forma casi clandestina entre lectores jóvenes que encontraron en él una intensidad y una libertad poco comunes en la narrativa chilena de su tiempo.
Durante años la novela estuvo rodeada por una pregunta persistente: ¿quién era Pablo Azócar? La escasez del libro y el silencio del autor terminaron envolviendo la obra en un aura de misterio que aún hoy acompaña su lectura. El autor volvió a vivir a Chile definitivamente el año 1996. La reciente reedición de Natalia en la colección “La Recta Provincia” de Ediciones Universidad Diego Portales permite leer la novela desde otra perspectiva.
No se trata simplemente de una nueva impresión del texto original, sino de una versión revisada que ha depurado algunos excesos de la escritura juvenil y ciertas reiteraciones del lenguaje, sin afectar la intensidad verbal que constituye uno de los rasgos más distintivos del libro. Algunas interpretaciones han insistido en subrayar el papel de Santiago -sus calles, su atmósfera gris, ciertos ecos del final de la dictadura- como elemento central del libro.
Sin embargo, esa lectura parece reducir el verdadero impulso que anima la novela. Más que una novela en sentido clásico, Natalia funciona como el flujo mental de un narrador que convierte su vida nocturna -bares, alcohol, amantes, discusiones, esperas- en una suerte de alucinación urbana.
La narración avanza y retrocede sin transiciones lógicas; las escenas aparecen y se disuelven como fragmentos de una conciencia en movimiento, como si el relato obedeciera únicamente al ritmo de la mente que lo imagina. En ese universo, los personajes parecen existir menos como figuras autónomas que como proyecciones del propio narrador.
Natalia -tan inquietante como esquiva- se vuelve una presencia evanescente, mientras Lucía aparece como un reflejo o una variación de esa misma figura: “Natalia convocó a Lucía como si la hubiese soñado, o acaso se soñó a sí misma en ella”. Más que personajes plenamente desarrollados, ambas funcionan como máscaras dentro de una imaginación narrativa que transforma la experiencia cotidiana en materia de ficción.
El propio texto sugiere esa dimensión de ocultamiento y metamorfosis cuando afirma que “Natalia aprendió a esconderse en su sombrero al Capone y en las máscaras estampilladas en los muros”, como si en esos gestos pudiera proteger una identidad siempre en fuga, semejante al conejo que se precipita por la madriguera en Alicia en el país de las maravillas.
El lenguaje del libro se mueve en un territorio cercano al de la poesía. En él conviven enumeraciones, imágenes abruptas y asociaciones inesperadas que recuerdan por momentos el impulso surrealista y, en otra vereda, la ironía desmitificadora de la antipoesía de Nicanor Parra, junto con ciertos ecos del imaginario poético de Vicente Huidobro.
También se percibe, en la construcción de sus figuras femeninas, una afinidad atmosférica con Justine, de Lawrence Durrell, donde el deseo y la memoria configuran personajes tan fascinantes como inasibles.
No es casualidad, entonces, que el libro más premiado de Pablo Azócar sea El placer de los demás (Cuarto propio, 2008) Premio Consejo Nacional del Libro y la Lectura 2008 a la mejor obra literaria de autores nacionales, categoría obra inédita y el Premio de Poesía Altazor el 2010, un poemario donde, por momentos, logra en sus versos el efecto rítmico de las notas sincopadas del jazz.
También el conjunto de cuentos Vivir no es nada nuevo (Alfaguara 1998) recibió el Premio Consejo Nacional del Libro y la Lectura 1999.
Sus libros han sido traducidos a varios idiomas, entre ellos el portugués, el francés y el griego. En ese mundo, la noche, la embriaguez, las largas caminatas por la ciudad, los bares y las fuentes de soda permiten a los personajes escapar momentáneamente de la realidad.
Pero tanto los sueños como las pesadillas -incluso las alucinaciones que el narrador convierte en ficción- terminan inevitablemente, como todo termina. Volver a la realidad significa salir de ese carnaval divino y mortuorio, y enfrentarse nuevamente a la angustia de un mundo regido por leyes, muchas veces opresivas y absurdas, que obligan a los individuos a avanzar por un carril tan estrecho como el de un caballo de tiro.
Algo semejante ocurre con la experiencia del éxtasis: cuando la mente alcanza un estado de exaltación –como el produce una droga- se intenta prolongar esa elevación todo lo posible. Pero ese estado no puede sostenerse indefinidamente. Cuando se regresa lentamente a la realidad, el mundo aparece desprovisto de brillo y de sentido. Lo único que permanece es una forma persistente de angustia, acentuada por la ausencia de un propósito o de un horizonte que otorgue dirección a la existencia.
Lo que mantiene viva a Natalia no es su argumento sino la intensidad de su voz narrativa: un monólogo febril que convierte la bohemia -bares, amantes, noches sin término– en una celebración delirante donde, bajo la risa y el deseo, asoma siempre una conciencia del vacío. En ese contraste entre euforia y desamparo reside buena parte de su fuerza.
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