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El país secreto de Pablo Toro CULTURA|OPINIÓN Crédito: DIRAC

El país secreto de Pablo Toro

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“Diligencia” es una obra que desafía al lector por la profundidad de sus preocupaciones temáticas, por su significativa cantidad de registros. Explora desde la manipulación mediática ejercida por figuras como «Cachito» Ortega hasta los abismos éticos de la inteligencia artificial.


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Pablo Toro (Santiago, 1983) es lo que podríamos denominar un escritor larvario. Tiene a su haber dos libros anteriores que han dejado una impronta inconfundible en el panorama de nuestra literatura: Hombres maravillosos y vulnerables(Calabaza del Diablo, 2010), que obtuvo el Premio Municipal de Literatura en 2011, y Safari (Montacerdos, 2021), reconocida con el Premio Mejores Obras Literarias del Ministerio de las Culturas, las Artes y el Patrimonio, además de ser finalista de la Bienal de Novela Mario Vargas Llosa, ambos reconocimientos obtenidos en 2023.

En la impecable prosa que ya le conocíamos deambulaban personajes urbanos, a veces introspectivos, en ocasiones proyectando sus naufragios personales, siempre narrados con precisión y con el ritmo seguro de quien ha pulido, como un orfebre, cada una de sus incursiones literarias.

La reciente aparición de su novela Diligencia (Tusquets, 2026) no hace sino confirmar que se trata de un narrador de extraordinario talento y de gran calado. La obra se erige como un hito ineludible de la narrativa negra contemporánea, al ofrecer una radiografía visceral y asfixiante de las sombras del Chile actual, de su violencia corrosiva y de su singular teatro de sombras. Con una prosa que transita perfectamente entre la jerigonza callejera y la cavilación metafísica, Toro construye un thriller político que no solo engancha por su ritmo frenético, sino que también remueve por la hondura de su denuncia.

La novela resalta, en primer lugar, por su pareja protagonista, los agentes Dracos y Mansilla, cuya dinámica personifica la labilidad moral y la intimidación institucionalizada. Mientras Dracos representa la crueldad cínica del patrullaje menor, Mansilla aporta una fascinante complejidad psicológica, marcada por las heridas nunca cicatrizadas que le dejó la figura de su padre y por una inquietante obsesión con el «asesino de los puentes», una sombra que recorre los cauces de Santiago dejando tras de sí una estela de muerte y simbolismo. Toro adopta los códigos del thriller, pero lleva el itinerario emocional de sus personajes hasta rozar lo metafísico, poblando sus páginas de seres que vacilan frente al acantilado de la fatalidad.

El corazón del relato es la efigie mítica y pavorosa del capitán Reinaldo Baza. Baza no es solo un superior podrido en el fango de la corrupción; es el arquitecto de una estructura paralela llamada La Reunión, un sistema de poder en la penumbra donde confluyen el mundo empresarial, el crimen organizado y la política. La maestría de Toro reside en revelar que esta red no constituye una anomalía reciente, sino una constante histórica que parece atravesar los siglos de la historia de Chile, sugiriendo una continuidad de la represión y del control que se remonta a la época colonial.

La referencia a La Reunión como una estructura paralela de poder resulta especialmente significativa, pues evidencia la existencia de una red donde confluyen intereses empresariales, políticos y criminales. De este modo, la novela plantea que la corrupción no es un hecho aislado ni el resultado de acciones individuales, sino un mecanismo organizado que opera desde las sombras y condiciona el funcionamiento de las instituciones.

Uno de los aspectos más relevantes de la obra es la manera en que el autor amplía el conflicto desde el plano narrativo hacia una reflexión histórica. Al sugerir que esta red de poder se prolonga desde la época colonial hasta el presente, construye una visión cíclica de la historia chilena, marcada por la permanencia de prácticas de dominación, represión y control. Esta perspectiva cuestiona la idea misma de progreso histórico y plantea que ciertas formas de ejercer el poder sobreviven a los cambios políticos y sociales.

En consecuencia, esta dimensión del personaje no solo cumple una función narrativa al definir el papel del antagonista, sino que también articula una crítica a las estructuras de poder que han moldeado la sociedad chilena. La figura de Baza y la organización que dirige adquieren así un carácter alegórico, convirtiéndose en la expresión de una violencia institucionalizada cuya persistencia invita al lector a reflexionar sobre la relación entre historia, memoria y poder.

La novela brilla también por la agudeza de su crítica social, al contrastar con destreza los dos mundos que conviven en el país: desde la efervescencia de las protestas estudiantiles por la desaparición del líder Luis Toledo hasta el frío lujo de «Sanhattan», donde personajes especulan con las teorías del «aceleracionismo» y el «Proyecto Fedra». Esta dualidad se enriquece con la subtrama protagonizada por la escritora Lidia Pozo y la ex detective Ruth Cabañas, cuya investigación sobre la muerte de Francia Tejeda Pozo incorpora un componente profundamente humano en torno al duelo y a la búsqueda de justicia frente a la impunidad.

Diligencia es una obra que desafía al lector por la profundidad de sus preocupaciones temáticas, por su significativa cantidad de registros. Explora desde la manipulación mediática ejercida por figuras como «Cachito» Ortega hasta los abismos éticos de la inteligencia artificial y la vigilancia clandestina de la unidad R2. Es una novela en la que Santiago se convierte en un personaje más: un laberinto de puentes y secretos donde la «verdadera diligencia» no consiste únicamente en cumplir una orden, sino en sobrevivir a la propia historia del país. Toro posee el calado literario de Rodrigo Rey Rosa, de Horacio Castellanos Moya y de otros grandes narradores contemporáneos que han reflexionado sobre la ciudad latinoamericana. Sin duda, con Diligencia, Pablo Toro ha entregado una de las obras más contundentes, oscuras y necesarias de la literatura chilena reciente.

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.
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