CULTURA
Crédito: Instagram de Darwin Caris
“Yo, paria” de Darwin Caris: una novela sobre los amores prohibidos en el Santiago de los 90
La sociedad ha cambiado. La práctica de la sodomía ya no está sancionada en el código penal (no por nada Gina, esposa de Nelson, amenaza con ir a carabineros si se entera que su esposo tiene relaciones gays) y las personas pueden ser ellos mismos sin tantas complicaciones.
Estamos en el año 1992 en un sector del Santiago poniente. Un grupo de compañeros de liceo se junta después de clases a compartir un puchito en la cuneta y hablar de lo complicado que se ve el futuro, en un par de meses completan la enseñanza media. Viven cerca, algunos son compañeros desde la enseñanza básica, otros llegaron después.
Pero hay otra cosa que los hace cómplices: todos pasan, cada tanto, por la cama del vecino Samuel, lo que les hace sentir que manejan los mismos códigos ocultos, “la dosis necesaria para sentirnos parte de algo”. Una cofradía. Samuel tiene alrededor de 60 y vive desde hace tiempo en el block. Cordial y atento, a las vecinas igual les da la impresión que oculta algo, esa forma tan afectada de hablar, el hecho que siempre esté cerca de algún joven.
Cada uno de estos cuatro amigos tiene una personalidad que no se confunde con el resto, lo que es un gran acierto. Está Camilo, el rubio que llegó en primero medio, abusado por su padrastro cuando era niño y por eso se cambiaron de barrio. Favorito de Samuel, sus amigos le dicen “Kurt Cobain” por su parecido al vocalista de Nirvana. Damián es el culto, le gusta leer y el teatro, siempre pensando en escenarios probables que amplían las barreras de la ficción. Edmundo vive solo con su madre que padece demencia severa, su capacidad de retención es cada vez menor y le cuesta conectarse.
A Gerardo su hermana se le murió de leucemia cuando tenía 10 años y ahora comparte las clases con su trabajo en un restorán chino. Ha tenido que trabajar desde temprana edad porque su padre cayó en depresión luego de la muerte de la hermana y se jubiló antes de tiempo. Horacio, de carácter fuerte, sin miedo. En este grupo habría que considerar también a Nelson, si bien no se junta con ellos pero es la fantasía de varios. Descendiente de italianos, a sus 50 años se ve en forma y es probable que en algún momento también fantasee con alguno del clan.
Junto con Cobain a lo largo del texto se integran una serie de personajes de la cultura popular: Madona, Claudia di Girolamo, Soda Stereo, Los Prisioneros, banda con letras en que se sienten identificados, como la de El baile de los que sobran. Esto permite que la ficción se sienta cercana y existan puntos de encuentro entre el lector y los personajes, por más alejado que se esté de esa realidad, lo que es algo propio de la cultura: dominar un lenguaje común y establecer comunicación, que también ocurre cuando se habla de una película, de una banda, conversación que puede traspasar barreras sociales.
No todos se sienten abiertamente homosexuales, como Edmundo o Gerardo, que temen dejar su masculinidad y ser gays en el futuro, para ellos se trata de una forma rápida de conseguir dinero. Y es que hay tener claro donde estamos, un lugar donde la carencia es real, no se trata de los muchachos que andan con pantalones rotos para estar en la onda. Es Camilo dejando a su mamá sola en la casa diciéndole que no se mueva mucho, en la mañana temprano toman desayuno.
Están conscientes de los peligros del SIDA, de la posibilidad de contraer la enfermedad y quedar con el estigma. Por eso deciden unir fuerzas y exigirle a Samuel que se encargue de tener preservativos. Pero otros, como Damián, saben que desde niños miran a sus compañeros. Para ellos, lo pueden notar, no se trata simplemente de una transacción si no que de una preferencia identitaria.
Esto no significa una rivalidad entre ellos. Nadie anda denostando al otro por ser más o menos gays y también pueden echarse bromas, son amigos y pueden hablarse sin tanto cuidado. Incluso en un momento en que Horacio hace el intento de declararse con Gerardo le contestan fuera de toda solemnidad:
-¿Qué haríai si te diera que te quiero?
-¡Qué eres enfermo de fleto!
Teatro, una referencia constante
El teatro es una referencia constante. No solo por las dos citas de El rey lear, sino por el modo en que los personajes desarrollan sus puntos de vista en forma de monólogos o algunos capítulos de diálogo, sin intervención de narrador, donde evidencian su personalidad por sus propias palabras. Esto funciona bien además de permitir un interesante juego de espejos; si escuchamos a dos amigos hablar mal de alguien y luego escuchamos directamente a ese otro, sin intermediarios, la situación comunicativa se complejiza.
Lo que se traduce en una narración en donde todos tienen la posibilidad de expresarse, también los personajes desagradables. Así, por ejemplo, nos enteramos de la infancia de Samuel en el sur, abusado por un familiar, obligado a practicar sexo oral desde niño a otros hombres. Esto permite entender el abuso como una cadena, en donde el abusado de hoy probablemente será el abusador del mañana. Pero, además, hace posible que los personajes se saquen las máscaras de la diplomacia y den a conocer sus opiniones sinceras acerca del resto. Acá a veces la novela alcanza altos grados de humor y el lector se siente mal por reírse de esas opiniones que no se dicen en público.
Hay matices en la escritura. Así como están las escenas de sexo explícito, en donde se llama a las cosas por su nombre, situaciones que perfectamente entrarían en lo que se entiende por pornografía, en otros pasajes se buscan formas sugerentes de descripción, como la siguiente imagen: “Pero volvemos al ruedo: a esta corrida de toros donde las cornamentas ya están en su punto más alto”. Esta diferencia tonos, tratando el asunto de frente y tangencialmente, permite que la narración no se sienta plana y varíe.
Se percibe una facilidad para relacionarse con los detalles. Por ejemplo, las murallas. La de Samuel ajadas, llenas de hongos, “(…)Pero más que esos olores de señor me fijé en las paredes. Grises, sucias. Húmedas. Es como si todo lo que ocurriera ahí quedara atrapado en un sedimento. Tal vez son los gemidos o sudores que se van adhiriendo al estuco. ” En la casa de Camilo no había ningún cuadro, “nada alteraba la monotonía del blanco del papel mural”. Para Damián esto hablaba de una soledad “que alarmaba”. Y en el dormitorio de Damián su papel mural siempre estaba limpio, luminoso. Y se preguntaba a por qué ocurriría eso, si cuando mayor también tendría sus paredes sucias, pero concluye: “O puede ser que el muro funciona como un espejo y refleja lo que tenemos guardado en lo más íntimo, en los corazones. En las almas”.
Por esto, a pesar que se narra una historia, la novela también funciona como estudio de diferentes personajes. Samuel, más allá de ejercer una suerte líder de secta, prohibiendo a los jóvenes que hablen con otros hombres si no quieren que cuente todo lo que hacen con él, no impide que podamos acceder a su mundo, tratar de entenderlo. A pesar del daño que provoca tiene un sufrimiento que arrastra desde niño, lleva una vergüenza, una aversión a sí mismo: “Yo sé que estoy maldito: por viejo, por feo, por maricón. Porque le hago daño a la gente y a Dios. Yo no debo ser. Yo no debí ser, pero se dieron las cosas y no me pude despegar de ese olor que llevo pegado a la piel. Esta piel añeja, rancia, cochina, manchada. Me pongo frente al espejo y me doy asco”.
Yo, paria es un debut de gran fuerza narrativa en donde hay dureza, pero también afecto, risas y cariño. El lector se ve envuelto rápidamente por su ritmo vertiginoso y la forma hábil en que se intercalan distintas voces. Se reconocen influencias de autores como Pedro Lemebel, por el desparpajo de referirse a ciertos temas que muchas veces produce efecto cómico o José Donoso, por ese coro de viejas y ciertas apariciones del horror que recuerdan a El Obsceno pájaro de la Noche.
La sociedad ha cambiado. La práctica de la sodomía ya no está sancionada en el código penal (no por nada Gina, esposa de Nelson, amenaza con ir a carabineros si se entera que su esposo tiene relaciones gays) y las personas pueden ser ellos mismos sin tantas complicaciones.
Por supuesto que no todo es perfecto, seguramente un joven homosexual en la actualidad se enfrente a algunas situaciones complicadas. Pero pareciera que, al menos en este plano, la problemática que inquietaba a Damián se está resolviendo favorablemente: “La posibilidad de ser Damián Cisternas, sin importar para qué lado chutea. Sin importar si a la hora de almuerzo come patitas de chancho o pollo con arroz. Ser. Hombre y Homosexual o “gay”, como ya se está catalogando en la categorización gringa. Ser y desear. Ser y hacer. ¿Nos irá a costar tanto eso, simplemente, ser?”
FICHA TÉCNICA
Título: Yo, paria
Novela
Autor: Darwin Caris S.
136 páginas
Más info:@plumanegraedicioenes
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