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La batalla cultural contra la política
Es menester reconstituir las fuerzas políticas de la República: reformar el Estado, la representación, el municipio, la escuela; integrar territorio y nación; elevar la productividad con ciencia y tecnología; crear las condiciones sociales para que la familia deje de ser mera exhortación moral.
Las épocas de decadencia no comienzan cuando se deja de discutir, sino cuando se deja de discutir lo decisivo. La conciencia se ocupa de abstracciones mientras la vida sigue otro curso.
Eso ocurre en parte importante de la derecha chilena. Desde hace años convirtió la “batalla cultural” o “batalla de las ideas” en la forma privilegiada de comprender su disputa con la izquierda. Cree haber descubierto el centro de la política, pero lo que ha descubierto es una forma de abandonarla.
El error es conceptual. “Batalla” supone ejércitos. El avance de uno es retroceso del otro. El adversario deja de ser alguien con quien alcanzar una comprensión superior y deviene un obstáculo. La política se enajena en guerra doctrinaria, pero la política comienza donde tal abstracción termina y los diferentes reconocen que comparten una existencia histórica y un destino.
La inversión es más profunda en el conservadurismo. Quienes creen combatir el liberalismo permanecen encerrados en él. El liberalismo reduce la vida política a economía y moral. La economía es entregada al mercado; la moral privada domina la discusión pública. Entre ambas se esfuma la política: se eclipsan el Estado, la representación, el territorio, el pueblo, la producción y las condiciones sociales de una existencia humana. La batalla cultural acepta íntegramente esa mutilación.
En economía, el horizonte se reduce a la defensa del modelo o correcciones marginales. Hay críticas al economicismo en los think tanks de derecha, pero permanecen en lo doctrinario sin penetrar en la estructura productiva, la dependencia tecnológica, la financiarización, la concentración económica o las formas contemporáneas de alienación del trabajo y la vida. Se toca la superficie del neoliberalismo, no sus condiciones históricas de existencia.
En moral, la inmensidad de lo cultural termina reducida a aborto, identidad sexual, tipo de familia, libertad religiosa. Son cuestiones importantes, pero la comunidad no se modifica sólo porque cambien normas privadas. Sobre todo, no cuando el trabajo impide fundar la familia, cuando la vivienda niega descanso e intimidad, cuando el crédito sustituye al ahorro, cuando las ciudades marginan a sus habitantes, cuando el territorio se vacía, cuando el trabajo pierde fuerza creadora y deviene rutina impotente, cuando la productividad se estanca y el conocimiento no se integra a la producción. Ninguna moral privada sustituye las condiciones sociales de una vida humana.
La torpeza también es estratégica. La derecha pone al centro de su batalla precisamente lo que históricamente la divide. Décadas estuvo absorta en controversias religiosas y morales, mientras el Estado, la organización nacional y la cuestión social eran relegados. La realidad histórica cambió bajo sus pies. La “Crisis del Centenario” y el malestar popular estalláronle en la cara. Entre 1910 y 1938 Chile atravesó un ciclo de incertidumbre, violencia e inestabilidad.
El país vuelve a enfrentar una crisis eminentemente política. Se debilita la legitimidad institucional, el sistema de partidos pierde representatividad, la burocracia se coopta y se torna ineficaz, la productividad se inmoviliza, la investigación es marginal, el trabajo no genera realización. Ésas son las cuestiones que decidirán el siglo XXI chileno, no la moral de la antigua pieza matrimonial.
Es menester reconstituir las fuerzas políticas de la República: reformar el Estado, la representación, el municipio, la escuela; integrar territorio y nación; elevar la productividad con ciencia y tecnología; crear las condiciones sociales para que la familia deje de ser mera exhortación moral.
Comparada con la magnitud de esas tareas, la batalla cultural revela su banalidad. Cuanto más se entrega a ella la derecha, más separa sus ideas de la vida, los principios de sus condiciones de realización y la patria de las fuerzas capaces de sostenerla. Al creer librar su batalla, abandona la tarea política central: conformar un mundo común.
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