CULTURA|OPINIÓN
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Valparadisea
“Ecfrásticos” son aquí los poemas del autor, aunque a este nunca le gustó esa clasificación, si bien concede que dicha palabra le hace a fin de cuentas pleno sentido. Tal palabra alude a una descripción minuciosa de lo que Correa- Díaz ha observado en el puerto, calles, bares, cafés y personajes.
“Odisea” es una palabra que, coloquialmente, tiene también el significado de alguna situación complicada en la que por largo tiempo abundan aspectos adversos o desagradables, y en 2025 se publicó el libro “Valparadisea”, en clara alusión a dicho significado y a nuestro puerto de Valparaíso. ¿Es Valparaíso una odisea? ¿Vivimos allí lo que en tal sentido puede llamarse una “odisea”? El libro aludido es de Luis Correa-Díaz, del sello Altazor de la contigua Viña del Mar, y tiene prólogo de Ignacio Vásquez Caces.
Del libro se afirma por el prologuista que se trata de un peregrinaje por una “geografía delirante” que solo puede hallarse en Valparaíso, una ciudad “desahuciada” –se dice también-, pero nunca o solo en apariencia olvidada y en la que se hermanan la “locura y la esperanza”, o sea, una desesperanzada locura. Una ciudad que en su pasado salió a navegar con velas desplegadas y viento favorable, y que luego pasó a mostrar sus magulladuras”.
“Ecfrásticos” son aquí los poemas del autor, aunque a este nunca le gustó esa clasificación, si bien concede que dicha palabra le hace a fin de cuentas pleno sentido. Tal palabra alude a una descripción minuciosa de lo que Correa- Díaz ha observado en el puerto, calles, bares, cafés y personajes de Valparaíso.
“Valparaíso, qué disparate eres, qué loco, puerto loco de cabeza con cerros desgreñada”, celebró en su momento Pablo Neruda, porque la ciudad no es mágica, sino loca, loquísima. Neruda fue otro atento y aplicado observador de una ciudad que se mece y mece, interminablemente, como si habitara en un balcón, y sin que se decida a zarpar de nuevo. Valparaíso es bravo y nos engaña con lo que parece su letargo.
El libro de Correa-Díaz, delgado como una cerbatana o como el hilo de un volantín extraviado por un niño en cualquiera de los cerros. El texto del autor abre con una “Cueca porteña” y concluye con el relato de otro niño –“Toñito- , que subió a una micro -la número 501- sin saber dónde iba a parar, mientras la casas y calles porteñas continúan sosteniéndose solas.
Todavía no sabemos bien qué es Valparaíso. Entonces, “no puedo ni quiero hablar a nombre de la ciudad de Valparaíso”, declara el autor, mientras pervive el enigma de la Torre Barón, a inicios de la Avenida España, o a su término, en donde se levanta la esfera inconfundible de un reloj que no indica ninguna hora. Una torre vacía, entonces, “como un árbol seco y hueco”.
Valparaíso está siempre, y no solo una de sus iglesias, en un “moderado peligro de derrumbe”. Hoy nuevamente dañado por temporales y un mar que luce como odisea, el paseo marítimo más vibrante y hermoso de toda la región de Valparaíso, que es la Avenida Altamirano que sube a Playa Ancha y desciende hacia el plan de la ciudad, es también un espacio que fue arrebatado al mar. Por lo mismo, en días de perfecta calma veraniega, el océano hace saltar gotas frías y saladas desde las rocas que estrellan las olas hasta alcanzar el rostro de los transeúntes.
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