CULTURA|OPINIÓN
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“Cuento chileno sobre un plinto vacío” de Matías Correa: la ausencia como articulador
Es un texto que parece mínimo, a ratos intrascendente, pero que a partir de su examinación acuciosa, relecturas mediante, crece como esos artículos chinos a los cuales les echas agua y se transforman en algo que jamás esperaste, pues ni siquiera se parecen tanto a la imagen referencial.
En Cuento chileno sobre un plinto vacío (O La Cosa de la Plaza), la última entrega editorial del natural de Santiago Matías Correa (1982), confluyen cuatro herencias de distinta naturaleza, que consideran lo literario, lo histórico-social y lo filosófico. 1) La literatura de Paul Auster, 2) el plinto vacío de Plaza Italia, 3) la creación de una narración propiamente chilena y 4) el asunto de la originalidad. Estos incitadores convergen en un solo punto de fuga, articulador de la totalidad del relato: la ausencia.
En cuanto a su estructura, Cuento chileno sobre un plinto vacío (o La Cosa de la Plaza) recuerda a lo que Borges hizo con “La intrusa”: un encabezado que refiere a la transmisión encadenada, oral y anónima (u oculta) de aquellas historias que, de alguna u otra forma, se volvieron tradicionales –y más importante todavía, configuradoras– del sur hispanoamericano. “El cuento se lo escuché a Agustín Rivas Guamparito. Y dado que tan bien parado no queda, o no tanto como le habría gustado, me pidió que si iba a robarle el cuento, mejor no mencionara su nombre. Salvo por ese detalle, el resto de lo que contó –el enredo de la mochila, el viejo de las cajas y la parrilla de piñas– lo repito tal como lo recuerdo”.
Quien habla es el sargento primero Rivas, o el paco-artista, que es lo mismo, quien se dedica a la plástica. Su obra consiste en un amasijo siempre creciente construido a partir de la unión de fierros reutilizados que Rivas encuentra en los alrededores del plinto vacío de Plaza Italia. En palabras del narrador, “una superposición aglutinadora de vestigios que te dejaba aturdido”. El paco-artista le muestra la obra, siempre creciente, a nuestro narrador por medio de fotos de su celular. Un work in progress. Como poseído por el enjambre malicioso de un mantra, el protagonista de Cuento chileno sobre un plinto vacío (o La Cosa de la Plaza) comprende qué hay más allá del conjunto, así como también de las partes, aunque jamás lo revela. Y concluye: “Conservando las partes sueltas de un tiempo y un lugar rotos, montaba una historia que era siempre la misma, siempre distinta”.
“Rivas componía la ciudad a su manera”.
La fábula de Cuento chileno sobre un plinto vacío (o La Cosa de la Plaza) trata acerca de una ramificación específica del cuento narrado, escuchado y vuelto a contar. Si bien desconocemos la identidad exacta de quien cuenta la historia –quien conoce a Matías Correa en el mundo de los vivos podría asegurar que se trata de una autoficción, pero ese es otro asunto–, sí sabemos que se dedica a la escritura: “un autor publicado, un escritor respetable”. Cierto día recibe la llamada de un amigo editor que lo invita a colaborar en una antología de cuentos chilenos. Dinero mediante, por supuesto, lo que vuelve la propuesta irresistible, pese a que nuestro protagonista no tiene idea en qué rayos se ha metido. Esta escena sencilla, además de aportar con la pértiga de verosimilitud mediante la cual pivotea la totalidad del libro, ilustra la precariedad del medio literario nacional.
Apenas nuestro escritor recibe el comprobante de transferencia y la pantalla del teléfono se va a negro, cae en un profundo pánico. “¿A qué me había comprometido? ¿Alcanzaría a escribir desde cero un cuento en tan poco tiempo? ¿Cuándo había cumplido con un encargo dentro de plazo? ¿No sería más fácil reciclar o intervenir otro cuento? ¿Qué cosa hacía de un cuento un cuento chileno? ¿Qué tan inmoral puede ser plagiarse a sí mismo? ¿Y robarse el cuento de otro? ¿Un poquito? ¿Nada?, me pregunté”.
De aquí en adelante, el protagonista de Cuento chileno sobre un plinto vacío (o La Cosa de la Plaza) se abocará a encontrar aquella historia chilena con la que pueda salvar el oficio de la escritura, “escribir un texto que pudiera pasar por chileno”, sea lo que sea que eso signifique. Y es, precisamente, Rivas quien se lo proporciona, a cambio de un completo y una cerveza.
Con elementos resolutivos que recuerdan a Cuento de Navidad, de Dickens, más aspectos siempre presentes en la obra de Auster –como la pérdida, el azar y el silencio en el lenguaje, o bien, la querencia por el vacío– fundan las cimbras que terminan por definir esta última entrega de Correa.
Cuento chileno sobre un plinto vacío (o La Cosa de la Plaza) es un texto que parece mínimo, a ratos intrascendente, pero que a partir de su examinación acuciosa, relecturas mediante, crece como esos artículos chinos a los cuales les echas agua y se transforman en algo que jamás esperaste, pues ni siquiera se parecen tanto a la imagen referencial.
“Texto quiere decir tejido” –afirma Roland Barthes, y continúa–: “pero mientras que, hasta aquí, siempre se ha tomado este tejido por un producto, un velo completamente hecho, detrás del cual se encuentra, más o menos escondido, el sentido (la verdad); nosotros ponemos el acento, ahora, en el tejido, [en] la idea generativa de que el texto se hace, se trabaja a través de un entrelazado perpetuo; perdido en este tejido –esta textura– el sujeto se deshace, como una araña que se disolvería en las secreciones constructivas de su tela. Si nos gustan los neologismos, podríamos definir la teoría del texto como una hifología (hyphos es el tejido y la tela de araña)”.
Bastante de esto hay para descubrir en la nueva propuesta de Correa.
Cuatro Jumbitos.
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