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Tecnificar incorporando la conservación de la naturaleza CULTURA|OPINIÓN Crédito: Archivo

Tecnificar incorporando la conservación de la naturaleza

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Olga Barbosa
Por : Olga Barbosa Codirectora del Instituto de Ecología y Biodiversidad, IEB. Investigadora Universidad Andrés Bello.
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El futuro de nuestra producción agrícola dependerá de nuestra capacidad de mirar más allá de una sola función y comprender la riqueza que existe en las conexiones. Porque, finalmente, conservar la biodiversidad también significa conservar nuestra propia posibilidad de vivir bien en este planeta.


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Con frecuencia presentamos la conservación y la producción como caminos incompatibles: la conservación como naturaleza intacta -un parque nacional, un área protegida-, y la producción como un paisaje intervenido cuyo único fin es maximizar el rendimiento.

Mientras mantengamos esa mirada, será difícil responder a la triple crisis que enfrentamos: cambio climático, pérdida de biodiversidad y contaminación. Son desafíos interconectados que hacen incierto cómo produciremos, conservaremos y habitaremos nuestros territorios.

Hace casi dos décadas, el Programa Vino, Cambio Climático y Biodiversidad del Instituto de Ecología y Biodiversidad, muestra que los paisajes vitivinícolas de Chile permiten conservar y producir a la vez, porque bosques y matorrales nativos, corredores biológicos, aves, insectos y microorganismos del suelo no son componentes aislados, sino procesos que sostienen la producción y le dan identidad al vino, su terroir.

El vino chileno es parte de la imagen país, y un producto tremendamente sofisticado: su elaboración exige tiempo y conocimiento científico. Desde los años 60 incorporó investigación de primer nivel, gracias en parte al envío de profesionales becados a universidades prestigiosas. Lo sé no solo por los libros de viticultura, sino porque lo vi de cerca.

Mi abuelo, Ruy Barbosa Popolizio, fue el primer enólogo chileno titulado formalmente, tras obtener, gracias a una beca, un doctorado en Viticultura y Enología en la Universidad de Turín. Esto marcó el inicio de la enología como disciplina académica en Chile. Desde ahí, como profesor, decano y rector de la Universidad de Chile, además de ministro de Estado, impulsó la profesionalización y el desarrollo científico de la enología nacional. Para él y su generación, el rigor científico no era un adorno: era la base de la tecnificación.

Supongo que eso influyó en que yo, aunque estudié algo distinto a él, terminara volviendo al mismo lugar, pero para mirar otra cosa: la naturaleza. En su época, lo urgente era tecnificar, mientras que en la mía, entender los procesos ecológicos que sostienen esa tecnificación. Pensé, por un tiempo, que ambas miradas, tecnificación versus naturaleza, eran una contraposición, pero se demostraron complementarias: la producción de uvas, y luego el vino, no ocurre sin innovación tecnológica ni sin la naturaleza del lugar. Una no reemplaza a la otra, la necesita.

En estos 20 años de investigación y codesarrollo de soluciones para una producción más sustentable, hemos demostrado que no necesitamos cambiar el paisaje. Necesitamos cambiar la forma de entenderlo.

Cuando comprendemos que un paisaje funciona por las relaciones entre sus componentes, la biodiversidad deja de ser una lista de especies para convertirse en la red que sostiene esos sistemas. Eso nos ayuda a entender que no hay que decidir entre conservar o producir, sino producir fortaleciendo los procesos ecológicos de los que depende la propia producción.

Conservar bosques nativos, recuperar corredores biológicos o favorecer el control natural de plagas no son gestos románticos: son soluciones basadas en la naturaleza que fortalecen procesos ecológicos existentes y hacen más resilientes los sistemas productivos. Durante décadas intentamos producir en la naturaleza, no con ella. Para seguir avanzando en este cambio de mirada, necesitamos, sobre todo, una colaboración honesta y urgente entre ciencia y sector productivo.

El futuro de nuestra producción agrícola dependerá de nuestra capacidad de mirar más allá de una sola función y comprender la riqueza que existe en las conexiones. Porque, finalmente, conservar la biodiversidad también significa conservar nuestra propia posibilidad de vivir bien en este planeta.

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.
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