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Peter Thiel: el enemigo del Papa que seduce a las élites ANÁLISIS

Peter Thiel: el enemigo del Papa que seduce a las élites

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Héctor Cossio López
Por : Héctor Cossio López Editor General de El Mostrador
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Guido Girardi retrata a Peter Thiel como algo más que un magnate tecnológico: un ideólogo que desconfía de la democracia y concentra poder en datos, política y energía. Su choque con León XIV y su avance en Argentina vuelven urgente esa advertencia.


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Hay una escena en el ensayo de Guido Girardi que funciona como puerta de entrada a Peter Thiel: uno de los hombres más influyentes de Silicon Valley llega a Roma para dictar conferencias privadas sobre el Anticristo. La imagen podría parecer excéntrica, pero el mérito del texto está en demostrar que detrás de esa obsesión religiosa existe una arquitectura política coherente. Thiel no es solo un empresario conservador. Es un ideólogo que desconfía de la democracia liberal, reivindica el poder concentrado, financia dirigentes y controla una de las infraestructuras de datos y de vigilancia más poderosas del mundo.

Girardi parte de una declaración que Thiel hizo en 2009 y que todavía organiza buena parte de su pensamiento: “Ya no creo que la libertad y la democracia sean compatibles”. Para Thiel, la democracia se vuelve problemática cuando las mayorías utilizan el voto para sostener impuestos, redistribución o regulación que limitan la libertad económica. Si el sufragio produce decisiones equivocadas, el problema termina siendo la propia capacidad de las mayorías para decidir.

*Lea aquí el texto completo “Thiel: el enemigo del Papa”

Ahí aparece una de las conexiones más lúcidas del ensayo. En Zero to One, Thiel sostiene que los negocios exitosos construyen monopolios. Girardi observa la misma lógica en política: donde la competencia introduce fricción y límites, el poder concentrado permite actuar. Por eso lo vincula con Curtis Yarvin y el pensamiento neorreaccionario, que imagina al Estado como una empresa administrada por un CEO soberano. La tesis deja de ser una discusión entre izquierda y derecha. Lo que Thiel cuestiona es algo anterior: si el voto, la separación de poderes y los contrapesos deben seguir gobernando sociedades dominadas por tecnologías cada vez más complejas.

La diferencia entre Thiel y un filósofo marginal es que dispone de infraestructura para llevar esas ideas a la práctica. Palantir, cofundada por él y financiada inicialmente por In-Q-Tel, el fondo vinculado a la CIA, trabaja con defensa, inteligencia, seguridad, migración y grandes bases de datos estatales. Girardi formula una paradoja difícil de ignorar: Thiel advierte que el miedo a amenazas globales podría legitimar un Estado de vigilancia total, pero gran parte de su poder económico proviene de construir herramientas capaces de integrar y analizar información masiva sobre poblaciones enteras.

El ensayo agrega otro elemento: Thiel no solo invierte en empresas, también invierte en dirigentes. J.D. Vance pasó por su ecosistema empresarial, recibió su apoyo financiero para llegar al Senado y terminó convertido en vicepresidente de Estados Unidos. Para Girardi, eso revela un horizonte político de largo plazo: Trump puede representar la fase disruptiva, pero Thiel piensa más allá de una elección y busca consolidar una generación política más compatible con una visión donde regulaciones y controles democráticos son obstáculos.

Es en ese punto donde el papa León XIV adquiere un papel central. Girardi lo presenta como el adversario intelectual que enfrenta a Thiel en el terreno más profundo: qué es el ser humano, qué significa progreso y quién tiene legitimidad para decidir el futuro. León XIV no discute desde la izquierda. Su respuesta nace de una tradición cristiana que acepta la tecnología y la iniciativa privada, pero las subordina a la dignidad humana y al bien común. Su advertencia frente al “paradigma tecnocrático” apunta a la concentración de datos, algoritmos e infraestructura en pocas manos y al riesgo de que productividad, eficiencia y capacidad tecnológica terminen definiendo cuánto vale una persona.

Ese choque se vuelve más claro frente al transhumanismo. Thiel se ha interesado en proyectos que buscan superar límites biológicos mediante tecnología. En la lectura de Girardi, esa aspiración se conecta con la idea de liberar a la innovación de frenos morales y políticos. León XIV responde desde el extremo opuesto: una humanidad “aumentada” no puede convertirse en criterio para relegar a otra considerada improductiva o descartable. La disputa es sobre quién define el sentido del progreso.

La actualidad vuelve más inquietante el diagnóstico. Girardi plantea que Argentina podría transformarse en un laboratorio político para Thiel. El antecedente es Próspera, en Honduras: una ciudad privada levantada bajo el régimen de las ZEDE que terminó chocando con la soberanía hondureña. Argentina ofrece algo más ambicioso: un gobierno nacional encabezado por Javier Milei, ideológicamente cercano a Thiel y dispuesto a profundizar desregulación y apertura al capital tecnológico.

Ahora apareció un dato material que fortalece esa lectura. Como informó El Mostrador, Thiel Macro LLC compró alrededor de US$76 millones en acciones de Vista Energy, uno de los principales operadores de Vaca Muerta. La participación es cercana al 1% y no implica control de la compañía ni del yacimiento, pero confirma su entrada directa a un sector estratégico. Su fondo mantiene además posiciones en compañías energéticas estadounidenses. En paralelo, Milei ha promovido la Patagonia como posible polo para centros de datos. Energía, capacidad computacional, inteligencia artificial y procesamiento masivo de datos comienzan así a formar una misma cadena de poder.

Chile aparece dentro de esa cartografía por una razón aún no aclarada. Peter Thiel se reunió con el Presidente José Antonio Kast en La Moneda. El Gobierno reconoció la cita, pero la describió como breve y protocolar y se negó a revelar su contenido. No existe evidencia pública de que hayan conversado sobre Palantir, minería, energía o datos. Precisamente por eso el silencio importa: Thiel combina inversiones estratégicas, infraestructura de vigilancia, influencia política y una concepción explícitamente crítica de la democracia.

La fuerza del ensayo de Girardi está en haber unido esas piezas antes de que varios hechos comenzaran a darles materialidad. Su advertencia no consiste en que Thiel sea “de derecha” ni en que deba ser combatido desde la izquierda. El riesgo es más profundo: que las decisiones fundamentales empiecen a trasladarse desde instituciones sometidas al voto hacia estructuras privadas que concentran capital, algoritmos, energía, datos y capacidad de cálculo.

Por eso la pregunta final es tan incómoda. Si Thiel tiene razón en desconfiar de un Estado que acumula demasiada información, vigilancia y poder sin contrapesos, ¿por qué ese mismo poder dejaría de ser peligroso cuando está en manos de corporaciones y multimillonarios no sometidos al sufragio? Ese es el verdadero clivaje que Girardi propone mirar: no izquierda contra derecha, sino democracia contra concentración tecnocrática del poder.

Thiel lleva años preguntándose cómo liberar a la tecnología de las limitaciones de la democracia. León XIV formula la pregunta inversa: cómo impedir que el poder tecnológico termine liberándose de la humanidad misma.

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