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Máquinas, superpalabras y humanidades: un asombro mistraliano CULTURA|OPINIÓN Crédito: Archivo

Máquinas, superpalabras y humanidades: un asombro mistraliano

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Mia Dragnic García
Por : Mia Dragnic García Socióloga y militante de la Coordinadora Feminista 8M.
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La inteligencia artificial vuelve sobre esa tensión que pensó Gabriela Mistral frente a las máquinas de su tiempo. En los comienzos chilenos de la radio y la televisión, la universidad estaba en el centro de este problema. Experimentaba con los medios mientras discutía sobre su función pública.


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“Al hogar de la Palabra, que llamamos Escuela o Colegio, ha llegado un competidor formidable: la Imagen[1]”. Gabriela Mistral escribió esta frase en 1956, cuando la televisión todavía no había entrado realmente en los hogares chilenos.

Era la TV, como celebraría poco después La Nación, “un augurio promisorio del futuro[2]”. En esos años, la televisión en Chile permanecía en el terreno de la experimentación universitaria. Algo similar había ocurrido treinta años antes con la radio, cuando en 1922,  Arturo Salazar y Enrique Sazié hicieron viajar el sonido desde la Casa Central de la Universidad de Chile. Todavía en ciernes como industrias, la radio y la televisión plantearon un problema que acompañaría a cada nuevo medio. Si una voz o una imagen podían viajar, ¿qué hacer viajar con ellas?, ¿quién tendría la palabra?, ¿qué saberes entrarían en circulación y hasta dónde debía extenderse su alcance? La técnica parecía ensanchar el campo de acción de la universidad y, al hacerlo, obligaba a interrogar su oficio y los confines de su comarca. Mistral estaba pensando exactamente en esa frontera. Mientras algunos profesores observaban al nuevo huésped con alarma, ella reconoció en su irrupción una posibilidad. “Desde siempre consideré la Imagen como una especie de superpalabra”, agrega.

Había visto, en el México de José Vasconcelos, el cine y la radio incorporarse a la educación rural, y reconocía en esos “inventos magníficos” una potencia admirable, esto es, su capacidad de atravesar la geografía desigual de la cultura. Imaginó esos medios alcanzando un pueblo cordillerano o una cárcel, burlando distancias que la escuela no lograba franquear. No enfrentó la palabra a la imagen, quiso pensar en la fuerza de ambas, pero advirtió a la vez que esta amplitud no determinaba el sentido de su acción. La misma fuerza que permitía extender la escuela podía también actuar en su contra; a esa deriva la llamó “Contra-Escuela”. En este mismo texto da cuenta de algo central cuando comenta que al interpelar a los propietarios de los cines sudamericanos por “la calamidad de ciertos espectáculos”, era recurrente que atribuyesen responsabilidad al “gusto popular”. El gusto, en esa explicación, existe antes de lo que la propia industria selecciona y hace circular, y el público termina apareciendo como autor de una oferta que nunca había elegido.

Cambiaron las máquinas, pero esta lógica persiste. Lo que Mistral pone en cuestión es quién produce los contenidos y, con ello, una forma de autoridad que presume conocer el deseo de los otros. En la actualidad, un sinfín de clics y reproducciones dejan tras de sí una estela que los empresarios cinematográficos mistralianos difícilmente habrían imaginado. Setenta años después, esa pretensión dispone de instrumentos de una precisión inédita. Sin embargo, entre registrar lo que hacemos y saber lo que queremos persiste una distancia. Nuestras acciones dejan rastros sobre esa superficie que modifican las condiciones de lo que irá apareciendo en ella. Aquello que elegimos vuelve entonces bajo otra forma y reorganiza el campo de nuestras elecciones. La cadena parece impecable porque el razonamiento se cierra sobre sí mismo como un uróboros.

La inteligencia artificial vuelve sobre esa tensión que pensó Gabriela Mistral frente a las máquinas de su tiempo. En los comienzos chilenos de la radio y la televisión, la universidad estaba en el centro de este problema. Experimentaba con los medios mientras discutía sobre su función pública. Hoy, esta situación es diferente. Las universidades continúan siendo espacios de investigación y creación tecnológica; sin embargo, buena parte de las infraestructuras digitales que ordenan el acceso a la información se desarrollan y gobiernan desde grandes corporaciones privadas. Aunque participan de esa transformación, dependen crecientemente de los servicios que estas proveen y adaptan sus prácticas a sistemas que no controlan.

Observar de manera comparada estos dos momentos es un ejercicio que no busca fabricar un pasado arcádico para oponerlo a las miserias del presente. Las instituciones de educación superior históricamente estuvieron ligadas a la formación de élites gobernantes y religiosas, y las primeras experiencias de radiodifusión tampoco constituyeron por sí mismas proyectos democráticos. Lo que importa señalar aquí es cómo la producción de tecnologías y las decisiones sobre sus usos se han desplazado progresivamente hacia el ámbito privado, mientras los criterios del mercado han ganado terreno en las formas en que lo público define sus propios fines y prioridades.

Las humanidades conocen bien los efectos de esta lógica. Viven desde hace décadas bajo el anuncio de su propia desaparición. Su ocaso se proclama periódicamente y, con él, se renueva la exigencia de probar su utilidad.

En Chile, esta cuestión adquirió una literalidad difícil de superar. Hace pocos días, la ministra de ciencia sostuvo que quienes provienen de la filosofía, la historia, el lenguaje o la docencia podrían encontrar oportunidades como “vendedores o servicio al cliente” en la industria de la inteligencia artificial. Más tarde precisó que se refería al cargo de Customer Success Manager. La aclaración cambia el nombre por uno en inglés corporativo, pero deja intacto un supuesto bastante más antiguo. Cuando la capacidad de adaptación al mercado se convierte en medida del valor de un saber, todo lo que no responde a sus demandas se torna prescindible. Las declaraciones de la ministra suscitaron numerosas y justificadas respuestas de repudio. Contestar con una lista que enumere las utilidades de las humanidades correría el riesgo de confirmar que el valor de un saber se mide por los rendimientos que exhibe. El debilitamiento del papel público de las humanidades no empezó con una controvertida declaración ni con el último recorte presupuestario. El presente ha llevado el problema a otra escala, pero su historia, como sabemos, es más larga.

Una sociedad puede disponer de máquinas extraordinarias para producir respuestas y perder al mismo tiempo la capacidad de comprenderlas. Defender las humanidades como una reserva de carreras o empleos sería aceptar los términos en que el problema ha sido planteado. Las humanidades son un espacio de conflicto por los sentidos con que organizamos la vida común. Su materia es el desacuerdo y la heterogeneidad del mundo humano. En ellas, la duda y la imaginación mantienen abierta la posibilidad de interrogar aquello que aparece como evidente. Así, pensar históricamente permite sustraer lo que parece dado a la fuerza de lo inevitable.

La universidad tiene una responsabilidad particular en el cuidado de ese espacio, desde el cual interrogar las transformaciones tecnológicas y disputar públicamente sus orientaciones. La imagen no terminó desplazando a la palabra, aunque transformó profundamente sus condiciones de circulación. Quizás haya allí una lección para este nuevo asombro ante la inteligencia artificial, pues ninguna tecnología decide por sí sola qué saberes permanecerán y cuáles estaremos dispuestos a perder. Mistral abrió la puerta a la máquina, y claro que hizo bien. La cuestión nunca fue cerrarla. Sigue siendo preservar la posibilidad de preguntar qué entra con ella, qué dejamos fuera y quiénes están en condiciones de decidirlo.

[1] Gabriela Mistral, “Imagen y palabra en la educación”, en Magisterio y niño, selección de Roque Esteban Scarpa, Santiago de Chile, Editorial Andrés Bello, 1979, pp. 195–205. Texto fechado en julio-agosto de 1956.

[2] La Nación, Santiago de Chile, 6 de octubre de 1957.

 

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.

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