CULTURA|OPINIÓN
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El arte no está en la herramienta
Que millones de personas tengan una cámara en el teléfono no convierte a millones de personas en grandes fotógrafos. Que millones tengan acceso a herramientas de generación musical tampoco producirá automáticamente millones de grandes compositores.
Durante años he vivido entre dos mundos que a veces parecen avanzar a velocidades distintas: el de la tecnología y el del arte.
En ingeniería, la innovación es parte natural del oficio. Aparece una nueva tecnología y la pregunta suele ser qué podemos hacer con ella, qué problema resuelve, qué posibilidades abre. En el mundo artístico, en cambio, cada nueva herramienta parece obligarnos primero a discutir si usarla es legítimo.
Hoy esa discusión tiene un nombre: inteligencia artificial.
He escuchado a músicos decir que utilizar inteligencia artificial “no es hacer música”, que es hacer trampa, que quien la utiliza no es realmente músico. Incluso conozco artistas que la usan, pero después graban instrumentos o voces encima y prefieren no decirlo. No necesariamente porque estén disconformes con el resultado, sino porque temen que sus pares deslegitimen su trabajo al saber cómo llegaron a él.
Eso me parece mucho más interesante que la tecnología misma.
Porque entonces ya no estamos hablando solamente de música. Estamos hablando de identidad.
Para muchos de nosotros, ser músico no consiste únicamente en producir determinados sonidos. Es también una forma de presentarnos ante los demás, de decir quiénes somos, qué pensamos, qué sentimos y cómo entendemos la existencia. La música que escuchamos y hacemos construye pertenencia. Nos reconocemos en determinados artistas, géneros, escenas e incluso tecnologías. Por eso, cuando aparece una herramienta capaz de intervenir profundamente en la creación, no amenaza solamente determinados oficios: remueve identidades.
Y esta no es la primera vez que ocurre.
La grabación modificó nuestra relación con la interpretación. Los sintetizadores permitieron producir sonidos que ningún instrumento acústico podía generar. Las cajas de ritmos fueron acusadas de reemplazar bateristas. El sampling convirtió grabaciones existentes en materia prima para nuevas obras. La edición digital permitió corregir interpretaciones y la afinación automática modificó voces después de grabarlas.
Cada una de esas tecnologías alteró aquello que, en su momento, alguien consideraba auténtico.
Walter Benjamin observó tempranamente cómo la reproducción técnica transformaba nuestra relación con la obra de arte. Marshall McLuhan nos enseñó después que las tecnologías no son simples herramientas neutrales: también modifican nuestra manera de percibir y relacionarnos con el mundo.
Quizás la inteligencia artificial sea el próximo capítulo de esa historia.
Hay, además, algo que rara vez reconocemos cuando hablamos de creatividad: crear no consiste necesariamente en tener una obra perfectamente terminada dentro de la cabeza y luego limitarse a ejecutarla.
Quienes hacemos música conocemos un proceso bastante más incierto.
Uno tiene una idea. Toma una guitarra, se sienta frente a un teclado o abre un programa. Prueba. Escucha. Cambia un acorde. Borra. Se equivoca y descubre que el error era interesante. Improvisa. Vuelve atrás. Conserva una parte y descarta veinte.
Hasta que aparece algo que uno mismo no había imaginado exactamente de esa manera.
Y entonces ocurre esa experiencia que muchos creadores conocemos: escuchar lo que acabamos de hacer y preguntarnos, con cierta extrañeza:
¿De dónde salió esto?
La obra empieza a adquirir vida propia.
Con inteligencia artificial, al menos en mi experiencia, ese fenómeno no desaparece. Cambia la interfaz.
Propongo, escucho, rechazo, modifico, vuelvo a intentar. Algo me sorprende y decido conservarlo. Otra cosa no representa lo que busco y la elimino. Cambio la dirección. Insisto.
Es decir: decido.
Y quizás hemos subestimado cuánto de la creación artística consiste precisamente en decidir.
No pretendo decir que tocar un instrumento durante treinta años sea equivalente a escribir una instrucción en un computador. Evidentemente no lo es. Existen oficios, habilidades corporales, conocimientos y tradiciones que merecen respeto y que ninguna tecnología vuelve inútiles.
Pero tampoco deberíamos confundir dificultad con valor artístico.
Existe, además, un aspecto incómodo de esta discusión.
Durante buena parte de la historia reciente de la música, producir bajo ciertos estándares requirió recursos que no estaban al alcance de todos: instrumentos costosos, estudios de grabación, equipos, músicos de sesión, técnicos, tiempo y redes de contactos.
Quienes tuvimos acceso a parte de ese mundo podemos olvidar que allí también existía una forma de privilegio. No necesariamente buscado ni ilegítimo, pero privilegio al fin: había personas que podían transformar sus ideas en una producción y otras que, simplemente por falta de recursos, no podían hacerlo.
La inteligencia artificial está reduciendo algunas de esas barreras.
Una persona que jamás podría contratar una sección de cuerdas puede hoy experimentar con una. Un compositor que no puede pagar músicos de sesión puede escuchar una aproximación a lo que imagina. Una persona con sensibilidad musical, pero sin los medios económicos o técnicos necesarios para producir una canción, puede comenzar a materializarla.
Eso no democratiza el talento.
Democratiza el acceso.
Y son cosas muy diferentes.
Que millones de personas tengan una cámara en el teléfono no convierte a millones de personas en grandes fotógrafos. Que millones tengan acceso a herramientas de generación musical tampoco producirá automáticamente millones de grandes compositores.
Seguiremos necesitando sensibilidad, criterio, curiosidad, experiencia, cultura y, sobre todo, algo que decir.
Quizás por eso la pregunta frente a una obra creada con ayuda de inteligencia artificial no debería ser solamente: “¿Quién hizo esto?”
Tal vez haya otra pregunta igualmente importante:
“¿Quién tomó las decisiones?”
¿Quién reconoció que entre cien posibilidades había una que significaba algo? ¿Quién descartó las otras noventa y nueve? ¿Quién cambió de dirección? ¿Quién decidió que aquello estaba terminado? ¿Quién encontró allí una emoción y quiso compartirla con los demás?
Porque quizás el arte nunca estuvo completamente en las manos que ejecutaban.
Quizás estuvo, desde mucho antes, en la sensibilidad de quien escogía.
Y ahora debo contarle algo.
Esta columna no fue escrita de la manera tradicional.
Nació de una conversación que mantuve con una inteligencia artificial.
Las experiencias son mías. Las ideas, las dudas, los argumentos y la posición que intento expresar también. Durante nuestra conversación fui explicando lo que pensaba, agregando ejemplos, corrigiendo conceptos, rechazando algunas formulaciones y aceptando otras. Busqué una manera de defender esta posición sin descalificar a quienes piensan distinto.
La inteligencia artificial escuchó —en el sentido tecnológico de la palabra—, ordenó, propuso y finalmente ayudó a transformar aquella conversación en el texto que usted acaba de leer.
Yo decidí qué quería decir. La máquina me ayudó a encontrar cómo decirlo.
Exactamente el proceso que esta columna intenta discutir.
Por eso, si llegó hasta aquí sin saberlo; si estuvo de acuerdo, discrepó, se molestó, se identificó o alguna frase consiguió hacerlo pensar antes de conocer cómo había sido escrita, quisiera dejarle una última pregunta:
¿Cambió el valor de lo que acaba de leer ahora que sabe cómo fue hecho?
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