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Escritores que desaparecen CULTURA|OPINIÓN Crédito: EFE

Escritores que desaparecen

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Pablo Bravo Pérez
Por : Pablo Bravo Pérez Periodista y escritor.
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Uno de los casos más recientes es “El Contrabando Ejemplar”, de Pablo Maurette, último ganador del Premio Herralde de Novela, y quien visitó recientemente Chile para participar en el ciclo La Ciudad y las Palabras, de la Universidad Católica.


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Durante las últimas décadas se ha podido detectar en la narrativa escrita en español una variante propia y muy particular de la metaliteratura, es decir, de aquella corriente cuyo objeto es la literatura en sí misma. Se trata de novelas sobre escritores que desaparecen, que dejan de escribir, que mueren antes de terminar una obra y que, de alguna manera, se transforman en obsesiones para otros escritores. A partir de la búsqueda de esos autores y de sus libros, de los manuscritos que dejaron inconclusos o de las razones que los llevaron a abandonar la escritura, se ha podido configurar una nueva -y valiosa- capa literaria.

Uno de los casos más recientes es El Contrabando Ejemplar, de Pablo Maurette, último ganador del Premio Herralde de Novela, y quien visitó recientemente Chile para participar en el ciclo La Ciudad y las Palabras, de la Universidad Católica. El narrador y protagonista es Pablo, un aspirante a escritor que decide consumar un robo literario: terminar y hacer pasar por propia una novela que había comenzado a escribir un amigo suyo que ha fallecido, Eduardo.

Pablo viaja a Madrid para recuperar el relato que Eduardo nunca terminó, pero que pretendía explicar lo inexplicable: el infortunado destino de Argentina que, durante el siglo XVII, configuró su economía a partir de un sistema de comercio clandestino tan sofisticado e institucionalizado que llegó a ser conocido como “contrabando ejemplar”. Decidido a apropiarse de la novela imposible de Eduardo, Pablo se embarca en una empresa que es al mismo tiempo literaria y personal. Para encontrar el manuscrito tendrá que reconstruir la historia de su amigo, pero también su propia biografía.

La referencia a Madrid permite recordar otra novela en la que un escritor muerto deja una obra inconclusa que otro debe recuperar. Se trata de Llámame Brooklyn, publicada en 2006 por Eduardo Lago, escritor, traductor, crítico literario y periodista nacido en la capital española en 1954 y residente en Nueva York desde los ‘80.

La novela obtuvo el Premio Nadal, además del Premio de la Crítica y el Ciudad de Barcelona. Su trama argumental es relativamente sencilla. Néstor Chapman, colaborador de un periódico español en Nueva York, recibe el encargo de recuperar, ordenar y publicar un libro dejado incompleto (“Brooklyn”) por su amigo Gal Ackerman al morir. Para cumplir con ese encargo, Néstor debe leer y ordenar los cuadernos que dejó Ackerman y sumergirse en la vida de su amigo hasta compenetrarse con él. La tarea de recuperar la obra termina convirtiéndose también en una tarea de reconstrucción de su autor. Néstor debe, finalmente, redactar la versión definitiva de la novela, de modo que los estilos y las personalidades de ambos terminan mezclándose de manera inseparable.

Llámame Brooklyn es la novela de un buen conocedor de las técnicas narrativas del siglo XX, con homenajes a autores como Joyce y Faulkner, entre otros. El resultado es una obra literaria notable.

Otro caso, más conocido en Chile, es el de Roberto Bolaño y Los Detectives Salvajes, publicada en 1998 y ganadora ese mismo año del Premio Herralde. En este caso, la historia es impulsada por la búsqueda de la misteriosa poetisa mexicana Cesárea Tinajero. De ella apenas quedan rastros. Se sabe que fue la única mujer del grupo vanguardista estridentista en los años ‘20, se cree que escribía una suerte de poesía visual (de la que solo queda un poema inacabado). También se sabe que abandonó el estridentismo y que, posteriormente, fundó su propio movimiento literario, el realismo visceral.

Los jóvenes poetas que la buscan, Ulises Lima y Arturo Belano, son a su vez fundadores de una suerte de segunda vuelta del realismo visceral durante los ‘70.  Así, seguimos las pistas de ambos por México y durante su periplo europeo, mientras la novela reconstruye el ambiente literario del Distrito Federal y las vidas de los poetas latinoamericanos que migraban a Europa en busca de nuevos horizontes

Es Los Detectives Salvajes uno de los ejemplos más épicos de esta literatura sobre escritores que desaparecen. Pero la novela que probablemente más ha llevado al extremo este tópico fue escrita por otro autor, quien compartió directamente con Bolaño en Cataluña: Enrique Vila-Matas. Bartleby y compañía, publicada en 2000 (obtuvo el Premio Ciudad de Barcelona), es una creación extraordinaria que aborda uno de los principales traumas de los escritores: dejar de escribir.

La obra se constituye como un canon de autores contagiados por el “síndrome de Bartleby, el escriba que ha dejado de escribir”. Se trata, según Vila-Matas, de un mal endémico de las letras contemporáneas: la pulsión negativa o la atracción por la nada que hace que ciertos creadores, aun teniendo una conciencia literaria muy exigente, no lleguen a escribir nunca; o escriban uno o dos libros y luego renuncien a la escritura; o bien, después de poner en marcha una obra, queden un día literalmente paralizados para siempre.

El origen del nombre está en Bartleby, el escribiente, el relato de Herman Melville protagonizado por un oficinista que, ante cualquier petición, responde: “Preferiría no hacerlo“. Vila-Matas toma a este personaje como referencia de todos aquellos escritores que, por distintos motivos, prefieren no continuar. De hecho, el narrador de Bartleby y compañía, Marcelo, publicó una novela hace más de dos décadas sobre la imposibilidad del amor y, después de aquello, abandonó la creación literaria.

Marcelo es un oficinista, como el Bartleby original. Finge una falsa depresión para dejar de trabajar y regresar a la escritura: se dedica a redactar notas al pie de página para un libro que no existe, dedicado a aquellos escritores que han renunciado a escribir o a seguir publicando.

La lista es inabarcable, es imposible para uno como lector común conocer a todos los autores mencionados. Aparece Rulfo y la pregunta constante sobre las razones que lo llevaron a pasar tantos años sin escribir. Aparece Pepín Bello, figura clave de la Generación del 27, junto con su voluntad de permanecer en el anonimato. Aparece Rimbaud y la pregunta de por qué se “jubiló” de la poesía a los 19 años. Aparece Beckett, que dejó de escribir en su lengua natal para hacerlo en francés. Aparece Kafka, cuya vida de oficinista y escritor vuelve a plantear la tensión entre el trabajo cotidiano y la literatura. También están los escritores que intentaron permanecer ocultos en el más puro anonimato, como J. D. Salinger y Thomas Pynchon. Y está Tolstói, con su dramática huida durante la vejez, que significaría no solo una renuncia a la literatura sino también un escape de la vida terrenal.

En Bartleby y compañía, Marcelo realiza una extensa reflexión sobre la literatura contemporánea: Vila-Matas juega deliberadamente a cruzar los límites entre novela y ensayo.

Por cierto, el libro puede leerse como un catálogo de quienes abandonaron la literatura, pero también como la historia de alguien que vuelve a escribir precisamente a partir de esta aparente contradicción. Una frase del suizo Robert Walser citada en el texto resume de manera particularmente precisa esta paradoja: “Saber que no se puede escribir es una forma de escribir“.

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.
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